El «no» que se transformó en un «si»

ramon-casadoRamón Casadó Sampedro

Durante estos días hemos escuchado mucho eso de «preguntar a la gente es bueno», «la verdadera democracia consiste en preguntar al pueblo», «es importante saber la opinión de la ciudadanía». Este tipo de aseveraciones son ciertas, siempre y cuando se basen en la honestidad y en el juego limpio, ya que en caso contrario pueden tornarse en verdaderas trampas mortales, en instrumentos maquiavélicos en manos de intereses concretos y particulares. Pero, para concretar la afirmación, pongámonos en antecedentes.

Por de pronto, hay que decir que la monstruosa deuda que tiene Grecia no surgió de forma súbita o por arte de magia, en absoluto, sino que es el fruto de varias décadas de gobiernos nefastos y de despilfarros por doquier, aderezados por la obsesión de un pueblo que vivió por encima de sus posibilidades y que creó un contingente público no sostenible. Como es natural, para que un país se endeude tiene que existir alguien o algo que preste dinero, y aquí es donde entran en juego las grandes instituciones financieras a nivel mundial, deseosas de hacer negocio con las necesidades provocadas por la mala gestión.

La jugada era muy clara: había que conseguir que Grecia entrase en el euro para así poder prestarle dinero con tranquilidad, ya que, en caso de quiebra del país heleno, al estar bajo el paraguas del BCE los acreedores tendrían garantizada la devolución de su inversión. Esta es la explicación de que instituciones financieras como Goldman Sachs ayudasen a «maquillar» las cuentas que Grecia presentó a la euro zona, datos contables que dibujaban a un país con sus balances completamente cuadrados cuando la realidad resultaba ser exactamente la contraria. Con los datos reales en la mano, Grecia jamás habría entrado en el euro y eso lo sabían quienes estaban deseosos de hacer negocio.

Pero el país heleno entró en la zona euro y las instituciones financieras, incluida la gran banca francesa y alemana, prestaron dinero a mansalva a cambio de jugosos intereses. Hasta que ocurrió lo inevitable, lo que era más que evidente: Grecia se declaró insolvente y no pudo devolver ni siquiera los intereses. Corría el año 2010 y Europa, tal y como figuraba en el guión, corrió al rescate, que consistió en tapar los desmanes de un país despilfarrador y las prácticas poco sensatas de unas instituciones financieras demasiado ambiciosas. Este primer rescate consistió en cambiar la deuda de manos, dado que el gobierno griego pudo saldar su deuda con la banca privada a cambio de acumular otra mayor con las tres instituciones que conformaban la Troika (FMI, BCE y Comisión Europea).

El primer recate griego no sirvió para nada ya que nadie aprendió la lección. Por una parte, la gran banca privada, cómplice de lo ocurrido, se fue «de rositas» recuperando su inversión, mientras que, por otra parte, Grecia no enmendó sus desatinos. En lugar de hacer reformas de calado tendentes a modernizar la economía, a conseguir hacerla competitiva, se limitó a aplicar un duro plan de recortes impuesto por la Troika, lo que conllevó una caída en picado del PIB griego y de su consumo interno. Grecia asumió una espiral que la empujó a recaudar menos y a endeudarse más, perfecto caldo de cultivo que sería el precursor del segundo rescate, en el año 2012. En éste, la Troika, utilizando nuevamente el dinero que todos los ciudadanos europeos habían pagado mediante impuestos, volvió a financiar al país heleno, imponiéndole más recortes y más medidas absurdas que destruían su economía. Incluso llegó a perdonársele parte de la deuda (la famosa «quita»), ya que ahora la gran banca privada no tenía que asumir costes, pero sí los ciudadanos de los diversos países de la euro zona. En realidad, como mencioné en mi anterior artículo, ya no importaba que Grecia pagase toda su deuda primaria, impagable a todas luces, sino que se asumía, como contraprestación, el cobro de apetecibles intereses prolongados infinitamente en el tiempo.

Antes de proseguir, conviene que aclare un poco en qué consiste esto del «rescate», porque a primera vista podría parecer que el prestamista, en este caso las instituciones que conformaban la Troika, entregaban de una vez todo el montante del dinero a cambio de que el prestatario, Grecia, cumpliese con unas exigencias y con unas garantías de  devolución. No, el mecanismo no funcionó así. Tanto en el primer rescate como en el segundo, la financiación al país heleno se hizo de forma escalonada, y siempre quedaba supeditada la siguiente entrega a que se cumpliesen unos objetivos y a que se devolviesen unos intereses fijados para fechas concretas. Grecia llegó a pagar hasta casi un 35% de intereses por el dinero que recibía, aunque también es justo decir que las condiciones del segundo rescate fueron mucho más positivas, pues el país consiguió financiarse con tasas inferiores al 2%.

En febrero de este año, ya con Syriza en el poder, Grecia y la Troika se pusieron a negociar la entrega del último tramo del segundo rescate. Según la propuesta, el país heleno recibiría 7.200 millones de euros a cambio de nuevas concesiones en materia de recortes, dinero que garantizaba los pagos que el gobierno griego tenía que abonar al FMI y al BCE hasta el mes de agosto. Una vez más en las negociaciones las instituciones que conformaron la Troika confundieron el término «austeridad» con el de «reformas estructurales», y una vez más un gobierno heleno se negaba a admitir que un país no puede vivir por encima de sus posibilidades. Así, se entró en una dinámica de propuestas y de contrapropuestas, en la que se elevó el tono y en la que se emplearon descalificaciones personales de todos los gustos y colores. Finalmente, cuando la representación teatral parecía llegar a su fin, cuando el acuerdo se daba por hecho, el primer ministro griego, Alexis Tsipras, se sacó un conejo de su chistera, y abandonó la mesa de negociaciones afirmando que: «aquello no lo firmaba sin consultar primero al pueblo griego».

Y he aquí el planteamiento último: el famoso referéndum. Alexis Tsipras lo justificó diciendo que sólo había obtenido el 35% de los votos en las elecciones generales de su país (que le faltaba legitimidad, vaya), y que no podía contravenir lo enunciado en el programa electoral con el que ganó las elecciones, muy explícito y contrario a la aplicación de más recortes. En otras palabras: que había ganado las elecciones prometiendo que no habría otro ataque de austeridad y que ahora no quería incumplir la palabra dada, a no ser que el pueblo griego le dijese: «Venga, Alexis, puedes incumplirlo sin problema. Prometemos seguirte hablando».

El anuncio de la convocatoria tuvo daños colaterales casi inmediatos, como la implantación de un «corralito» financiero a la banca griega o el cierre de la bolsa de Atenas, ambas medidas todavía en vigor. ¿Y todo esto para qué? Pues sencillamente para nada, por mucho que se quiera, a posteriori, mitificar la consulta. Para empezar, en el referéndum que se celebró el pasado domingo, se le preguntó al pueblo griego si estaba conforme, o no, con las medidas de austeridad impuestas por Europa y por el FMI para entregar el último tramo del segundo rescate, sin tener en cuenta que la pregunta resultaba del todo absurda por ser atemporal. En efecto, el referéndum se celebró cinco días después de que expirase la fecha máxima para el cobro pendiente del segundo rescate, por lo que los ciudadanos griegos fueron preguntados por un pacto que ya no se podía aplicar en el supuesto de que ganase el «SÍ». Después del referéndum, sólo cabía la posibilidad de negociar las condiciones de un tercer rescate, condiciones que no tenían por qué coincidir con las que sometían a votación. Por otro lado, la pregunta que figuraba en las papeletas de la consulta era digna de superdotados, ya que aunaba, con especial gracia, lo retorcido, lo enredoso y lo indescifrable. La verdad es que hasta la piedra de «Rosetta» resultaba más legible.

Al final, el pueblo griego votó, no lo que entendió sino lo que quiso entender. El resultado de las urnas arrojó un rotundo «NO» a las políticas de austeridad impuestas desde Europa y el FMI, resultado que le permitió sacar pecho al gobierno heleno y presumiblemente le facultaba para abordar nuevas negociaciones en las que no hubiese medidas de recortes y sí estructurales. Pero no, no fue esa la interpretación que Alexis Tsipras hizo del resultado de la consulta. Muy al contrario, metió en una carpeta el rotundo «NO» del pueblo griego, y se fue con ella a Europa para negociar un «SÍ» a nuevos recortes.

Y la cosa no queda ahí. En la petición del tercer rescate, que el gobierno heleno ha formulado a Europa, se contemplan recortes mucho mayores que los que se sometieron a votación, concretamente 12.000 millones de euros frente a los 8.000 millones de euros que solicitaba la Troika con anterioridad. El elenco de medidas, ahora negociables y antes «líneas rojas», tienen todas que ver con la austeridad, tales como: congelación de pensiones hasta el 2021 (en realidad, una bajada encubierta), subida generalizada de diversos impuestos (entre ellos el IVA), acabar con las prejubilaciones, retraso sustancial de las jubilaciones, y un largo etc. En la propuesta griega, que empieza a verse con buenos ojos desde Europa, no se incluyen reformas estructurales de peso, ni tampoco se habla de cómo se va a reducir el mastodóntico sector público griego. Por supuesto, el ejército griego sigue siendo intocable (se reduce el gasto en 300 millones de euros de un presupuesto de 5.000 millones), y lo mismo podemos decir de los privilegios de la Iglesia Ortodoxa, a la que se destina un buen pellizco de los presupuestos del Estado y que, por no pagar, no paga ni impuestos. En cuanto a las medidas tendentes a aumentar la productividad del país, sencillamente brillan por su ausencia.

En apenas 24 horas, Alexis Tsipras decidió cambiar de Ministro de Finanzas y hacerse un lavado de cara ante Europa, porque está convencido de que el pueblo griego no voto «NO» a la austeridad, él cree que votó «SÍ» pero exigiendo más pasta por medio. Es por eso que ahora pide más de 50.000 millones de euros, repartidos en los próximos tres años, un nuevo gesto para endeudarse todavía más, si cabe, pero garantizando un trienio tranquilo en el que está asegurado el pago de intereses. Después, ya se hablará de un cuarto rescate, de un quinto, de la restructuración de la deuda, de otra restructuración más. En fin, un nuevo capítulo de una huida hacia adelante en toda regla.

Y lo peor es que este fin de semana habrá apretones de manos, el champán correrá a raudales, y el lunes ya no hablaremos de «corralito» mientras las bolsas suben como locas. Todo esto porque la tragedia grecorromana ha cerrado un nuevo acto, después de que los contribuyentes europeos asuman, con el pago de 50.000 millones de euros adicionales, que el dinero está mejor en las grandes instituciones financieras que en sus bolsillos.

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