Un orden de factores que altera el producto

ramon-casadoRamón Casadó Sampedro

Anda circulando estos días por internet la enésima profecía apocalíptica que predice el fin de la Humanidad para el próximo día 23 de septiembre o, por lo menos, si no es el fin, avanza que constituirá un «antes» y un «después» en el transcurrir de nuestras vidas.

Los presuntos «profetas» no terminan de ponerse de acuerdo acerca de cuál será la causa exterminadora, y así unos defienden que será un experimento que, en esa fecha, pondrá en marcha el acelerador de partículas situado en Suiza, que tendrá como resultado la apertura de un monstruoso agujero negro que se tragará por completo a la Tierra, no dejando rastro de ella. Otros afirman que la catástrofe vendrá asociada a la reunión que ese día se celebrará entre el presidente de USA, Barack Obama, y el Papa Francisco, cumbre que aprovechará un sofisticado grupo terrorista para lanzar un ataque nuclear con armas de ultimísima generación. También, dentro del abanico de posibilidades, se habla de que un club elitista, de esos que dirigen los designios del Mundo desde la sombra, tras haber dado un ultimátum de 500 días para que los diferentes gobiernos luchasen contra el cambio climático, provocarán un enorme cataclismo medioambiental, como castigo a la desidia y despreocupación que obtuvieron como respuesta. Por último, no faltan los adeptos al recurrente meteorito, del tamaño de tres o cuatro campos de fútbol, que caerá en la costa oeste de Norteamérica (los yanquis siempre con su afán de ser los protagonistas), provocando devastadores terremotos, gigantescos tsunamis y espesas nubes de polvo que cubrirán la luz del sol durante siglos.

En mi modesta opinión, nada de lo descrito sucederá. El próximo día 23 de septiembre será un día más de la historia, y la profecía habrá pasado a ser un relato morboso que animó la curiosidad de muchos y que sólo sirvió como arma lucrativa para unos pocos. Sin embargo, sí que tengo claro que no necesitamos de un agente externo para garantizarnos una más pronta que tardía auto destrucción, pues nos estamos esmerando en hacer méritos en esa dirección, sembrando dudas razonables acerca de si merecemos el calificativo de seres «humanos».

Me van a permitir que en este artículo eleve un poco el tono de mi indignación, ya que ante las imágenes que estoy contemplando estos días, consecuencia directa del trato que están recibiendo los refugiados sirios, siento verdadera vergüenza. Bueno, en realidad experimento un auténtico «asco», repugnancia de pertenecer a una de las partes más desarrolladas del Mundo, que presume de ser la cuna de muchas civilizaciones, y que no es capaz de tener la talla humanitaria que la ocasión requiere. Para mí, lo que está sucediendo en Europa estos días constituye una muestra más que sobrada de que la Unión Europea es un proyecto fallido, pues no existe empresa de envergadura, que tenga visos de éxito, en la que sus miembros por lo menos no se pongan de acuerdo en los aspectos más urgentes y básicos.

¿Y qué es más urgente y básico que salvaguardar las vidas humanas? ¿Acaso el niño de tres años que apareció muerto en una playa turca o los miles de sirios agolpados sobre las vías de la estación de Budapest no valen mucho más que la mejor de las cumbres de la Unión Europea? Por supuesto que sí, pero nuestra hipocresía occidental nos lleva a ser solidarios, aunque un solo un poquito, a ser comprensivos en los ratos libres.

Estos días, he oído mucho hablar de la limitación de recursos, del efecto llamada, de los peligros que acechan a la pervivencia del cristianismo, de lo demagógico que resulta aparentar que hay café para todos. A los que así piensan y se expresan me gustaría que pasasen un solo día en la frontera turca jugándose la vida para llegar a Europa, me gustaría verlos matándose por subir a un tren en un Hungría con destino a ninguna parte. Estoy totalmente convencido de que no tardarían ni 24 horas en cambiar de discurso, pues resulta muy cómodo lanzar máximas grandilocuentes desde la comodidad de un despacho oficial, sobre todo cuando las vidas en juego son las de los demás.

Los recursos son limitados, nadie lo pone en duda, sobre todo después de pasar por una terrible crisis que nos ha diezmado a todos. Bueno, a casi todos. Pero incluso unos recursos escasos deben ser administrados con criterios de justicia y de cohesión social, atendiendo a lo más básico primero y a lo menos imprescindible después. Yo, personalmente, me sentiría de nuevo orgulloso de ser europeo si mañana se celebrase una cumbre de Jefes de Estado con el objeto de reducir a la mitad el presupuesto militar de los respectivos países de la Unión Europea, para después destinar esos recursos a ayudar a quienes más lo necesitan, incluidos a quienes llaman a la puerta de nuestras fronteras suplicándonos una oportunidad para seguir viviendo. Pero, no, eso es mucho pedir, ya que entraríamos en confrontación directa contra los intereses de los grandes grupos de poder, que no ven una ocasión de negocio en socorrer a unos pobres harapientos y sí en los grandes proyectos armamentísticos, siempre lucrativos.

Porque no nos engañemos. Son precisamente los grandes grupos de poder los que provocan y nutren los diversos conflictos que tienen lugar sobre la faz de la Tierra, laboratorios ideales para ensayar nuevas estrategias, probar las más recientes armas y dar salida a los stocks almacenados. Así, el engranaje siempre permanece en movimiento, lucrando cada vez más a los mismos. Más tarde, cuando se produce el éxodo masivo de refugiados, nos echamos las manos a la cabeza, afirmando: «¡qué terrible guerra!», «¡Pobre gente!», «¡Qué lástima que no podamos hacer nada!».

Pues da la casualidad de que sí que se puede, y mucho. Buena prueba de ello son esas plataformas de familias españolas que, a lo largo y ancho de nuestra geografía, están dando un verdadero ejemplo al brindar sus casas para acoger a familias refugiadas. Estoy completamente seguro de que muchos integrantes de esas plataformas no son personas que pasan por una situación económica boyante, es más, puede que algunas de ellas estén padeciendo las consecuencias de los umbrales de la pobreza, pero aun así constituyen una atalaya de civismo que debería sonrojar a nuestros gobernantes, en el supuesto de que las entendederas de estos les permitiesen interpretar la iniciativa.

Resulta oportuno afirmar que muchos de los refugiados sirios que están llegando a Europa pertenecían a las clases medias de su país (en Siria, como en el resto del Mundo, las clases altas van a su «rollo»), ya que las clases bajas no pueden permitirse pagar las grandes sumas de dinero que exigen las mafias a cambio de «facilitar» la entrada en Europa. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que nos encontramos ante una avalancha de recién llegados altamente cualificados, muchos de ellos con carreras universitarias o estudios superiores. Alemania es perfectamente consciente de ello, y por eso, a hurtadillas y practicando un combate esquizofrénico con el gran capital, ha aceptado acoger a un mayor número de refugiados, no como gesto solidario sino como inversión futura. Me pregunto, ¿cuántas mentes brillantes habrá entre los recién llegados?, ¿cuántos futuros Premios Novel?, ¿cuántas patentes venderá Alemania en las próximas décadas gracias al trabajo de esas mentes? Por desgracia, los alemanes han sabido sacar partido económico hasta de la solidaridad, así están donde están.

No quiero finalizar este artículo sin mostrar mi consternación ante el trágico accidente que tuvo lugar ayer, en el rally de A Coruña. Quiero expresar mi más sentidas condolencias a los familiares de las víctimas, y mis mejores deseos de recuperación para los heridos. Desde la oportunidad que me brinda este medio, les envío mis verdaderas muestras de afecto.

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