Holanda

holandaramonveloso@ramonveloso.c

veloso-articuloEn los años sesenta, la emigración española  entraba en Holanda por ferrocarril a través de la estación de Roosendaal, el Valle de las rosas, para trabajar en la reconstrucción de Rotterdam, Ámsterdam y otras ciudades holandesas destruidas durante la Segunda Guerra Mundial. Gallegos, andaluces o extremeños compartimos con los turcos trabajos para rehacer Europa y así también poder contribuir al sostenimiento económico y recuperación de la dignidad de nuestras familias, casi sin participar en la vida diaria del país. Ahora, los españoles vamos a la tierra de los holandeses para conocerlos o para trabajar compartiendo un mismo espacio político de paz, democracia y cooperación diferente al de Antaño, ambos como súbditos del Imperio Español.

Lo habitual es entrar por el aeropuerto de Schiphol, y si es abril, disfrutaremos en la aproximación a tierra del espectáculo multicolor de los campos de tulipanes de Bollenstreek que nos anticipan la llegada a un país multicultural, trabajador y divertido que compite en amabilidad con los pueblos mediterráneos haciéndote mudar rápidamente la idea preconcebida que tienes cuando viajas a un lugar desconocido hasta que te  sumerges en su cotidianidad. En un santiamén, el tren que parte del aeropuerto alcanza la estación central de Ámsterdam, superas el vestíbulo y se te abre una ciudad hecha a la medida del ser humano. Tranvías, canales, comercios, terrazas, mercados o museos conforman el paisaje urbano. Y bicicletas, muchas bicicletas, forman parte de la vida de diarias de los holandeses. Nos parecerá extraño pero eran habituales en nuestras ciudades y pueblos  hasta los años setenta. Aún recuerdo la hora de salida de los trabajos la ingente cantidad  de  biciclos que colapsaban la Plaza de España.

Es un país pequeño, un continuo de urbes pequeñas y medianas, agrícolas o industriales, de servicios, puerta europea  de entrada y salida de mercancías  de  todo el mundo, especialmente a través del puerto de Rotterdam, el solo mueve más mercancía que todo el sistema portuario español, o de los grandes ríos navegable, Rhin, Maas o Waal, por los que transita gran parte del comercio industrial de la Banana Azul, es decir, la mayor concentración de población, industria y riqueza del mundo. Y como toda Europa, una tupida red de ferrocarriles nos permite viajar por todo el país despreocupados de horarios gracias a la alta frecuencia de servicios.

Si nos acercamos a Volendam descubriremos la sensación de estar más bajos que el nivel del mar a la vez que conoceremos la Holanda más tradicional de molinos, quesos y pesca, para después trasladarnos a Den Haag, La Haya, y visitar las instituciones públicas holandesas.

Si nos dirigimos al sur del país, hacia Maastricht, podemos conocer Harlem, Alkmaar,  Utrecht,  Hertogenbosch, Eindhoven, Weert, Groningen hasta llegar a nuestro destino,  cuna del nacimiento de la actual Unión Europea, ciudad más antigua neerlandesa  junto con Nimega, y se dice que la menos holandesa.

Para terminar no podemos dejar de acudir a Breda, a la que todos reconocemos por el cuadro  velazquiano  de Las Lanzas recogiendo el momento de la rendición del sitio de Breda pero que oculta  el  comienzo de la pérdida de peso de España como potencia mundial.

En fin, mucho que conocer y admirar  para que al marchar y dejar atrás aquella cotidianidad  permanezca un recuerdo que la memoria se encargará de idealizar con la imaginación, agrandándose a medida que nos alejemos en el tiempo. Entonces, necesitaremos volver para ponernos al día.

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