Elegía a Adolfo Rey Seijo por el Almirante José Ángel Sande

María Fidalgo Casares.

Nos dejó hace unos días, pero la conmoción de su pérdida nos sigue sobrecogiendo…
Hay seres en el mundo que son tan especiales que ocupan un espacio único en la vida de los que le rodean y cuando faltan son irremplazables. Ese era el caso de  Adolfo Rey Seijo.

Me hubiera encantado escribir un obituario que le hiciera justicia, pero me pareció muy arrogante, ya que no le traté como médico ni como militar, sus dos facetas más brillantes. Me encontré con él ya retirado y se volcó conmigo ayudándome en mi trabajo de recuperación del pintor eumés Abelardo Miguel. Se ganó mi admiración y mi cariño para siempre. No escribí por tanto el texto que me hubiera gustado, aunque intenté ser fiel y sentida cronista del día de su despedida en su pueblo natal que tanto quería.

En ese texto comentaba que la intervención del Almirante José Ángel Sande había emocionado a todos y que intentaríamos reproducir sus palabras en su totalidad.

Pues bien, aquí las tienen, aunque bien saben los que oyeron las hermosísimas palabras de Sande en la iglesia de la villa, que su magnifica voz las elevó a la categoría de gran elegía.

Una voz que siempre impresiona, pero esta vez emocionó tanto que todos los presentes sintieron que asistían a un gran poema de duelo colectivo reconociendo a Fito Rey, ese ser humano tan extraordinario, en todas y cada una de sus palabras.

El General Rey Seijo y el Almirante Sande en.2008, en el Cuartel General de la Armada, cuando le impusieron la Gran Cruz del Mérito Naval
El General Rey Seijo y el Almirante Sande en 2.008, en el Cuartel General de la Armada, cuando le impusieron la Gran Cruz del Mérito Naval

 

Puentedeume, Iglesia Parroquial
27 de agosto 2.016
Señor Santiago… Madre del Carmen…
Señor y Dios: Tú que dispones de Cielo y Mar, señalas quién, dejando alegrías y fatigas del Mundo, ha de zarpar sobre el horizonte para, Tu Juicio mediante, gozar de Tu Eternidad.

Hoy has señalado al eumés, cirujano, general, hombre de mar y patriarca, Adolfo Rey Seijo.

Eumés de nación, humor y carácter, de serlo hizo bandera por donde pasó.

Cirujano de vocación y oficio, y, por ello, hombre de acción, directo, exigente… un punto brusco a veces… de hacerlo mejor cada día, religión hizo.

General, culmen de la excelencia en su profesión, la Sanidad de la Armada.

Hombre de mar… ¿quién, a la sombra del Breamo y bajo tu mirada, Señor Santiago, que por mar a esta tierra llegaste, quién puede ignorar la llamada que, desde Marola y Mirandas, el océano hace?
Adolfo lo era, y blasonando de serlo, ponía al aire buena parte de su corazón.

Patriarca… nacido en familia para quien cariño mutuo, amor al trabajo bien hecho, y respeto, fueron patrón de conducta, lo extendió a los suyos y a cuantos le conocimos.

Adolfo… Fito Rey… Peculiar, conspicuo ejemplar de ser humano, en cuyo corazón tantos cupimos que, finalmente, para él mismo insuficiente resultó.
Peculiar… si de eumés y hombre de mar se gloriaba, su bonhomía y capacidad de sentir y amar, ásperamente ocultaba… mas no aventó, como bien sabes, Señor, las ascuas, que, ocasionalmente, el aire de trastes y cuerdas de guitarra avivaban…pudiéndose entrever entonces el fuego que, tiempo atrás, sobre cubiertas de teca y bajo cielo almeriense, en él se había encendido…

Señor, Tú, que has hecho la tempestad que a su partida en nuestros corazones arbola, haz pronto… la calma que la Misericordia de Tu Juicio alumbra,
la calma que la Fe en Tu Palabra alimenta,
la calma que, de la Esperanza en reunirnos un día en Tu Gloria, brota.

Adolfo ya en Tu Azul, ten de nosotros, Señor, piedad, y escucha estos ruegos:

Habiéndole por hermano mayor tenido… presta, Señor Santiago, a sus hermanos de sangre el apoyo, ejemplo y cariño que de él antes recibían.

Como padre de familia… te ruego, Madre del Carmen, dispongas que su amor, contenidamente expresado a veces, se derrame en los suyos, y…
a Mari Carmen, y Maca, Adolfo, José, Nacho, Elena y Yago… y las perruscas…
envuelve en el calor que para ellos siempre soñó.

En tanto que camaradas de armas… Señor de los Ejércitos…
Dispón, en la nave de Tu Gloria, que,
tangones zallados y gallardetes al viento,
se apreste el portalón de estribor,
y al Arcángel que en el Breamo mora
envía a la meseta baja para que de guardamancebo oficie:
Un eumés… hombre de la Armada… y de bien…
en ella atraca.
AMEN.

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