Detergentes para el nacionalismo

Manuel Molares do Val
El mundo vive convulsiones, guerras, desastres, asesinatos en masa y crímenes horrendos, mientras lo que ocurre en Cataluña es una pintoresca anécdota, la pelea entre Villarriba y Villabajo para dictaminar la calidad de su detergente para lavar platos.

En Cataluña todo es más desmesurado que en el resto de España. Hay un germen de locura que crea personajes portentosos como Gaudí o Dalí, grandiosos espectáculos como los de La Fura dels Baus.

Y también tipos que movidos por similar pero desordenada chifladura hacen creer a grandes masas que en su tierra nació la civilización, que hasta los griegos fueron sus torpes imitadores y que allí nacieron Colón, Cervantes, El Cid, Santa Teresa…

En Cataluña se desarrollan más que en otros lugares creencias esotéricas, sectas, movimientos antivacunas y otras extravagancias que, unidas a las chifladuras anteriores, crean un sentimiento de pueblo elegido merecedor de la independencia, con el idioma local como tótem que adorar y nexo entre tantas disparidades.

Esa locura en la que cayeron muchos catalanes les llevó a creer que siendo independientes el mundo envidiaría su parque de maravillas y pelearía por invertir allí.

Llegarían las empresas más vanguardistas y “cool”, el Silicon Valley se iba a vaciar porque se iría a Barcelona, y la capital del cine, Hollywood, también se trasladaría allí.

Pero a Cataluña, centro del planeta, el anuncio de independencia la está llevando a una ruina de la que huyen las empresas en pelotones.

Entre tanto, el resto de España en lugar de gozar de sus fiestas permanentes se recrea en sus leves tragedias, procesionando triste como en Semana Santa.

Unos se han vuelto fantasmones, los otros siguen siendo unos trágicos.

Villarriba y Villabajo compiten sin saberlo por cuál usa el peor detergente tras darse un buen banquete.

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