Balance de un desatino

Gabriel Elorriaga F.

Parece mentira que hayan pasado tan pocos días. Aún quedan frontales en algunos balcones perezosos de recoger su color para volver al gris vulgar de la normalidad. Ante la justicia de Bruselas se desarrolla el culebrón surrealista de un prófugo que se considera presidente de una fantasmagórica República Catalana a la vez que aspira a ser incluido en una lista de candidatos a diputado de la Asamblea Parlamentaria de una Cataluña autonómica para competir por el puesto de presidente de una comunidad autónoma dentro del marco constitucional español y para ostentar de nuevo la representación traicionada del Estado Español en Cataluña. Los reos de rebelión, sedición, prevaricación y malversación enseñan en la capital de la Unión Europea la señal de alarma de un riesgo de desintegración de las bases nacionales de Europa. Puigdemont y sus consejeros vagabundos deambulan bajo control como la Santa Compaña y sus seguidores de antaño sufren persecución por la justicia o toman posiciones cara a unas elecciones invernales como los comerciantes preparan su campaña de Navidad. La aplicación del Artículo 155 de la Constitución no parece haber molestado mucho sino más bien haber aliviado algo a los catalanes de las angustias provocadas por una indigestión de propaganda separatista financiada con caudales públicos malversados.

No es fácil comprender porque se empeñaron tanto aquellos políticos en impulsar la proclamación de una ficticia República sabiendo que no tenían medios ni estructuras mínimas para romper un Estado Constitucional. Sí tenían modales para hacer pasar un mal rato a sus convecinos y al resto de los españoles durante varios meses. Un largo mal rato difícil de perdonar que ha sido un puntapié al bienestar y a la convivencia de la mayoría. Han dañado una economía que marchaba viento en popa. Han deteriorado la buena imagen tradicional de Cataluña en Europa y han cuestionado el cartel de paz y estabilidad que favorece al turismo español sin beneficio para nadie. Han hecho perder energías necesarias para abordar problemas reales, distrayendo las energías de la nación en recomponer la deriva de unos chiflados con los instrumentos de la ley y el orden.

Si miramos la cara positiva de este desatino hemos de reconocer que han hecho resucitar un patriotismo que parecía dormido. Ha hecho que los españoles vean como su unidad y fortaleza es estimada en el mundo entero. Ha conseguido que sea más fácil sentirse unidos bajo una misma bandera que divididos por intereses parciales. Ha roto la asfixiante atmósfera provinciana, desinformada y engañosa con la que se intoxicaba la mentalidad de un pueblo. Ha favorecido que los ciudadanos se enteren de para lo que sirven una Constitución, un Rey, un Senado, un Gobierno y unos Tribunales. España ha resultado beneficiada por haber sido clamorosamente traicionada sin beneficio para nadie porque las grandes naciones necesitan ser estimuladas en su marcha por las espuelas de la historia. Esperemos que no sea necesario volver a estimularnos en mucho tiempo.

Los aguafiestas de siempre advierten que la tropa de Puigdemont puede volver a la carga si las próximas elecciones de diciembre dan unos resultados que permiten volver a repetir la fracasada estrategia del “proces”. Ven la probabilidad de que una Cataluña partida por gala en dos permanezca intacta en su tesitura, como si nada hubiera pasado o, precisamente, por haber pasado lo que ha pasado. Es una falsa profecía basada en la idea de que los pueblos son equipos inertes, como las fichas de ajedrez, divididas para siempre en blancas y negras. Es absurdo pensar que la deslocalización de empresas, el rechazo de todas las naciones del mundo y las mentiras y cobardías de los dirigentes independentistas no hayan hecho mella en el sentido común de un pueblo, aunque perviva en parte de él un sentimiento amargo de frustración.

Es absurdo pensar que la recuperación del españolismo latente en banderas y manifestaciones no responda a una movilización de la abstención perezosa que hasta ahora parecía resignada a una ausencia imperdonable de la presencia de España en el territorio de un autogobierno extraviado. Es difícil pensar que no van a jugar otras caras, otras alianzas y otras esperanzas en unos futuros comicios que, por todo lo que ha pasado, van a ser planteados en distintas condiciones y con muy difícil pronóstico. Pero, aún en el peor de los casos, quienes son responsables de un fracaso, si aceptan participar en unas elecciones convocadas de acuerdo con las leyes del Estado que pretenden repudiar y por las autoridades que dicen desconocer, están obligándose a sí mismos a volver a empezar desde la calle con otros métodos y otros medios y sin recaer de entrada en las mismas conductas delictivas y las mismas malversaciones. Estamos en una situación básicamente diferente que va a provocar diferentes escenarios políticos. El camino de rosas de la separación sin costes ha pasado a la historia y el porvenir de los nacionalismos excluyentes se ha vuelto tan oscuro que tendrá que alumbrarse con velas de cera como aquellas con que embadurnaron el pavimento de las calles de Barcelona en fúnebre ritual hace semanas.

Cuando unos conspiradores de tres al cuarto abandonan su país y entregan su suerte a las marrullerías y aplazamientos de un abogado de fuguistas es que han fracasado y lo saben. Cuando las instituciones que han manipulado a su servicio siguen funcionando con normalidad en su ausencia es evidente su fracaso. Si quienes violentaron la legalidad para proponer una República soberana vuelven a competir a través de los canales constitucionales propios del Reino que daban por periclitado es que saben que sus procedimientos no fueron eficaces para conseguir resultados reales. Esto es así y nadie puede imaginar que los fracasados de ayer, que no contaban en ningún caso ni con una mayoría de voto popular ni con una rebeldía clamorosa, van a recoger la cosecha de sus fracasos como si fueran triunfos. El balance del desatino es favorable para la unión y adverso para el separatismo. Se analice como se analice, ganó España sin más armas que las palabras de un Rey y la aplicación de las leyes, para bien de Cataluña y de todos. Las elecciones podrán marcar un punto y aparte o un punto y seguido pero en ningún caso la simple continuidad del desatino.

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