! María ! Apóstol de los apóstoles

Pepa Antón

! María !…Tan solo esa palabra hizo tambalearse al universo.
Y es que el primer testigo de la Resurrección de Cristo fue una mujer y se llamó María.

María Magdalena, soñada de fuego, hecha de barro, valiente, delicada, ardiente, siempre intrépida. A la que se le perdonó todo, por haber querido tanto, baña los pies del Maestro con lágrimas y con perfume de nardos.
! Poco le importa a María lo que dirán unos cuantos!  Ella sabe que el Señor le perdonó sus pecados. Sus siete demonios, siete. La envidia, el rencor, el abuso hacia los otros, la lujuria, el egoismo, la soberbia, el mirar hacia otro lado.

Y ya, desde ese momento, liberada de sus males y amándolo con locura, decide seguir sus pasos.

! Imagínense la escena !  Israel y sus aldeas, los polvorientos caminos, el Profeta, sus discípulos y aquel grupo de mujeres con ellos, a todos lados. Casi una provocación que rayaba en el escándalo. Pero Cristo rompe moldes, injusticias, prejuicios. Come con los publicanos, perdona a las prostitutas, hace milagros en sábado y las quiere tener cerca, como a Juan o a Santiago.

No cuesta, demasiado, imaginar el desprecio de las mismas lugareñas, ni todos los comentarios de aquellos hombre, ufanos de sentirse los mejores, los más justos, los más sabios . ! Mujeres !……Si, si ….Mujeres… que tal vez si el Jueves Santo, en aquel patio siniestro, en vez de responder Pedro lo hubiera hecho María, otro gallo habría cantado.

Porque ella siguió sus pasos, camino de aquel Calvario, amparando sus caídas con el amor de su llanto.
Con coraje y con firmeza, disimulando su espanto, lo adoró en aquella cruz, cuando todos los demás lo habríamos abandonado. Y tan sólo al descenderlo de aquel patíbulo santo, dejó brotar su amargura, su terrible dolor desesperado, mientras aquella Madre cubría de ternura al mismísimo Amor desvencijado.

María, sin corazón ni esperanza, sin fortaleza ni ánimo, amortajando aquel cuerpo roto, frío, maltratado. ….Y cerrando aquellos ojos que le habían dado la vida ……y acariciando sus manos.

Y de nuevo, a toda prisa, vuelve el domingo, temprano, para mezclar, otra vez, sus lágrimas con los nardos. Sin importarle la piedra, ni la guardia, ni el juicio despiadado de judíos y romanos.

Pero el sepulcro está abierto y en su interior solamente unas vendas y un sudario.
Entonces increpa, firme, al que ella cree el encargado de vigilar aquel huerto.

« ! Señor, si te lo has llevado, dímelo que iré a buscarlo
Y una sencilla palabra cambió el rumbo de la historia llenándola de sentido.

! María ! . Apóstol de unos apóstoles pertinaces y cerrados a admitir la Buena Nueva. Hombres tristes, abatidos, temblorosos y apocados, incapaces de creerse lo que habían predicado.

María, apóstol de los apóstoles. Testigo privilegiado del momento en el que el mundo se transformó en algo nuevo.

María, la primera en anunciar a Cristo Resucitado.

 

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