Arenas movedizas

Gabriel Elorriaga Fernández

El indeciso resultado de las elecciones internas del Partido Popular, a la espera del congreso decisivo, se produce sobre el suelo de arenas movedizas sobre las que han varado a la política Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, provocando un tiempo peligroso para España, a la espera de que se produzca un rearme ideológico que la ponga a salvo del asalto del separatismo y el izquierdismo de la vieja escuela revolucionaria.

Los españoles vivimos un verano inquietante sin merecerlo, gracias a la actuación de dos políticos que han antepuesto su individualismo al patriotismo. Pedro Sánchez activó una moción de censura con la exigua minoría de 84 diputados sin haber comprometido programa alguno pero entendiéndose con unos turbios aliados que no pretendían otra cosa que ejecutar un golpe contra la unidad nacional o contra la monarquía parlamentaria. Decidió aprovechar el amplio rechazo a la presidencia de Mariano Rajoy como aglutinante circunstancial negativo a sabiendas de que no podría pagar el precio de sus oscuras negociaciones. Por su parte, Mariano Rajoy, ante la inevitabilidad de la trama destructiva disfrazada como moción de censura constructiva, sabiendo que su retirada desactivaría el ataque automáticamente, si bien obligándole a disolver las Cortes Generales y convocar elecciones desde un Gobierno en funciones, con la posibilidad de proponer un candidato unitario de su partido, no fue capaz de presentar la dimisión que se le demandaba tanto por sus adversarios como por sus amigos.

Unas elecciones en caliente nunca hubiese dado unos resultados peores que la de que una España en crisis tenga que hacer frente a la fractura separatista desde un gobierno sin la mínima base parlamentaria en que apoyarse. Un gobierno establecido sin programa previo, sin apoyo electoral suficiente y sin un compromiso público con unos principios irrenunciables. Tenemos un presidente que nunca ganó unas elecciones y una oposición pendiente de reunificarse para estar en condiciones de afrontar la lucha política con eficacia. La prórroga -veremos hasta cuando- de la bonanza económica y el sopor vacacional adormecen a los españoles cuando deberían estar más despiertos.

La confusión creada por este lamentable paisaje está dando lugar a que grandes sectores de la población española permanezcan mudos y marginados mientras ocupan la actualidad las minorías separatistas y reclama el pago de sus favores la extrema izquierda, soñando el asalto a la gran nación, potencia económica y democrática, desde las barricadas del rencor y la ignorancia. Solo se encuentran cómodos en esta coyuntura aquel que considera que estar en La Moncloa es la más alta satisfacción que cabe a un ser humano y quien cree que ser registrador de la propiedad en Santa Pola le redime de todas sus deficiencias políticas.

Las hipotecas establecidas para llegar a La Moncloa por la puerta de atrás se van pagando a plazos pero no se sabe lo que ocurrirá cuando se llegue al límite de lo admisible desde la dignidad del Estado. La cuerda de presos vigilados por sus amigos y los fugitivos reclamados por la justicia a otros países de Europa paseándose con cargo al erario publico constituyen el ridículo internacional más bochornoso del que es tan culpable quien permite la farsa como intento de distensión como aquel al que, en su día, se le escaparon delante de sus narices y a la vista de sus barcos abarrotados de policías ociosos. El espectáculo grotesco está reforzado por las nuevas proclamas anticonstitucionales en el Parlamento y en la Generalidad de Cataluña que consiguen mantener la sensación de que la unidad de la nación se debate en terreno inseguro.

La ocupación de RTVE para la causa de una izquierda aliada con el separatismo amenaza con convertir el más potente medio informativo en altavoz del revanchismo patológico recordatorio del fracaso de los abuelos. Se llama distensión a la claudicación y laicismo a un catecismo sectario. La nación desorganizada puede ser engañada a golpes de propaganda y su lenta erosión es admitida como prórroga del mandato de un presidente no elegido pero legalmente suficiente para paralizar la capacidad de reacción de un Estado replegado por falta de liderazgo.

En este escenario se van a encontrar los electores del PP y de Ciudadanos que, hasta hace poco, confiaban en mantener la estabilidad esencial del sistema con la alternativa de un socialismo leal a la Constitución y con una valoración objetiva de la Transición. Los resultados de unas elecciones internas en el seno del Partido Popular nos demuestran que, aún devastado por la sombra de la corrupción y la inoperancia ideológica, conserva su capacidad de liberarse de la resignación. A la espera de un congreso que será decisivo sería un error creerse que una reorganización del aparato partidario sería por sí sola una oferta electoral suficiente. España va a necesitar una oferta electoral muy potente para salir del bache en que se encuentra el centro-derecha. No bastará reagruparse en las filas resultantes de un congreso restringido. Se impone un ánimo de reconquista para un pueblo desencantado. Un nuevo mensaje de confrontación ideológica que no solo despierte a los compromisarios del PP sino a sus votantes. Es necesario presentar a los españoles la certeza de un suelo firme para que puedan liberarse de las arenas movedizas sobre las que los han dejado unos políticos sin sentido del Estado.

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