Navidades inquietantes

Gabriel Elorriaga

Gabriel Elorriaga F.

No es fácil deducir por qué Pedro Sánchez consideró oportuno obsequiar a los españoles con unas Navidades inquietantes cuando lo deseable era que estas fiestas fuesen un paréntesis de paz o una amable tregua en que la Lotería Nacional, la Nochebuena, las campanadas de la Puerta del Sol o el concierto de Año Nuevo de Viena copasen los vértices informativos de unos días de encuentros familiares y concordia política. No lo digo porque me parezca mal que se vaya a celebrar un Consejo de Ministros en Barcelona el viernes 21 de Diciembre del 2018, justamente la víspera del puente o acueducto navideño. Es una seña de autoridad en la ciudad de mayor población y nombradía del Reino junto con Madrid como referencia urbana más representativa de los ecos sociales de la Nación. Por mi gusto no solo se deberían celebrar allí actos de Gobierno, por controvertidos que pareciesen, sino que quizá deberían celebrarse alternativamente dichos Consejos o una vez al mes en sede oficial indiscutible. Eso significaría hacer visible la presencia institucional permanente del Gobierno en un territorio en el que unos insensatos llevan demasiado tiempo haciendo sonar la matraca del separatismo con los medios que les facilita una mínima distancia geográfica que no provoca otra lejanía que la estimulada por la tensión artificial política y cultural abonada deslealmente con los recursos conjuntos de la economía española.

Hecha esta aclaración positiva hacia la celebración de este o cualquier otro acto de Gobierno en Barcelona, cabe preguntarse ¿Por qué ahora y no antes ni después del viernes 21 de Diciembre de 2018? ¿Por qué no el viernes 4 de Enero, víspera del puente de Reyes, para ofrendar los regalos de los Reyes Magos a Quim Torra, o el 11 de Enero, pasadas las fiestas pero vivo el lunes de Pascua tan celebrado en Cataluña? ¿Qué hay de especial en la fecha elegida, aparte de tener a los catalanes y a los demás españoles con el alma en vilo sobre si dialogan o no dialogan Sánchez y Torra o sobre qué dialogan y si los Mossos cumplen o no cumplen con su deber de mantener el orden público? Por de pronto solo han conseguido que se hable de cuantos policías serán dedicados a proteger al Gobierno en el edificio de la Lonja o a suplir las deficiencias posibles atribuibles a mala fe o a la simple incompetencia de quienes ostentan oficialmente la representación del Estado en Cataluña.

 
Es difícil valorar razonablemente las sobreactuaciones de Pedro Sánchez que, entre viaje y viaje al exterior, ha establecido esta fecha en su calendario estratégico. ¿Para intentar salvar en última instancia los Presupuestos Generales del Estado de una derrota parlamentaria? ¿Para envolverse en la cáscara del patriotismo constitucional, una vez detectada la catástrofe del feudo andaluz y para intentar cortar la hemorragia del voto hacia Ciudadanos y Vox? ¿O solo para llegar a la fiesta de Magos en la Moncloa a ver si los Reyes se apiadan y le dejan algún regalito inesperado en sus zapatos presidenciales? Es un enigma. Pero lo lógico es que los españoles estemos perplejos sin saber por qué Pedro Sánchez ha decidido tocar zafarrancho de combate en fecha prenavideña y sin que exista ningún síntoma de que la situación vaya a mejorar y, por el contrario, amenaza con enquistarse y endurecerse cara al año próximo sin que se hayan tomado las medidas oportunas para neutralizar la infección.

Las inquietudes sembradas en estas vísperas navideñas no proceden del miedo a los disturbios de unas bandas callejeras frente a las que sobra el desmesurado cuerpo de Mossos que se ocupa del orden público en Cataluña cuando se lo permite el mando político de la Generalitat. Tampoco porque corra ningún riesgo la celebración formal de un Consejo de Ministros en un edificio prestado no representativo del patrimonio del Estado y custodiado por la Policía Nacional. Las inquietudes de estos días están originadas por la conducta confusa y claudicante de Pedro Sánchez en su afán de mantener con diálogos imprecisos y contrapartidas indignas una política de apaciguamiento sin otro objeto que prorrogar la confluencia parlamentaria que le sirvió, en su día, para una moción de censura pero cuya continuidad condicionante de un Gobierno es nociva para los intereses de España. El proceso estancado temporalmente con la aplicación del Artículo 155 de la Constitución por el Gobierno de Rajoy está agudizado y encanallado por meses de insinuaciones traicioneras, de impunidad y de inoperancia ante las marrullerías separatistas. Sánchez no parece haber aprendido las consecuencias de su humillante actitud ante la altanería de Torra y Puigdemont alzados sobre un artificio parlamentario catalán excedido de sus atribuciones. Es la inanidad de Pedro el Dialogante y su indefinición lo que hace inquietantes las Navidades de 2018 en las que nadie comprende que beneficios para la unidad de España van a derivarse de esta excursión colectiva a Barcelona.
Gabriel Elorriaga F.

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