Falsos presupuestos

Gabriel Elorriaga

Gabriel Elorriaga Fernández

Los presupuestos significan cálculos o programas basados en previsiones consolidadas. Las ilusiones son solo conjeturas imaginativas. Las cuentas presentadas al Congreso de los Diputados por el Gobierno de Pedro Sánchez para iniciar su debate son presunciones que no merecen el nombre de presupuestos. No son cuentas sino cuentos. Se basan en unas previsiones de ingresos de un optimismo exagerado que da como probables unos incrementos de recaudación fiscal en un contexto de desaceleración económica, considerando que aumentarán los ingresos a pesar de una ralentización de la actividad económica. El procedimiento es elemental, apretar más al contribuyente. Por este camino, España corre el riesgo de incumplir el límite de déficit con el que se comprometió con Bruselas.

Lo peor de estas presunciones mal llamadas presupuestos es que se imaginan con cargo a impuestos que no han sido experimentados ni existe ninguna previsión sobre su éxito recaudatorio ni cómo quedarán tras el filtro parlamentario, dada la inseguridad de cualquier pronóstico sobre la conducta de un Congreso dividido frente a cada paso de un Gobierno que solo cuenta con 84 diputados y debe negociar con diferentes grupos parlamentarios que viven mirando a su propaganda electoral antes que a convergencias o concordancias en asuntos de administración doméstica. Ni para la aprobación de estos presupuestos ni para la aplicación práctica de medidas que hagan previsibles los ingresos que alimenten estas presunciones cuenta el actual Gobierno con un mínimo escenario de fiabilidad.

 Además de escasa y volátil la solvencia económica de las presunciones del Gobierno aún es más grave la insolvencia política. El Gobierno gesticula y modula su procedimiento presupuestario con concesiones y desigualdades con las que confía en supuestos apoyos sin que exista ningún compromiso establecido en firme con nadie. Ni el dividido Podemos ni ningún nacionalismo tienen unidad interior para garantizar acuerdos unitarios con los socialistas. El método es premiar al separatismo o regalar demagogia a cambio de nada. Los guiños sociales o las preferencias hacia Cataluña se oyen como quien oye llover por parte de aquellos a quienes van dirigidos o a quienes van a ser agraciados. No se sabe que van a decir, enmendar o votar ni la extrema izquierda ni los distintos soberanismos vascos o catalanes. No cuadran los cálculos económicos ni los cálculos parlamentarios. La Generalitat dice que incumplen con el Estatuto de Autonomía de Cataluña que señala en su Disposición Adicional Tercera que el Gobierno debe invertir en aquella Comunidad en función del peso del Producto Interior Bruto de esta. El PDCat y el PNV no se aclaran. La versión gallega de Podemos dice que el proyecto es absolutamente inasumible para Galicia.

Con todo en el aire, en el mejor de los casos, cuando no al capricho de cualquier conciliábulo en la “Casa de la República” en Waterloo o en cualquier cárcel, estos presupuestos son como un barquito de papel puesto a flotar sobre las aguas alborotadas por vientos electorales y comparecencias ante los tribunales de justicia. El Gobierno cree que se consolida si aprueba un proyecto que apaciente a unos socios desleales que continuarán su labor de erosión del Estado al día siguiente, lo mismo con Presupuestos que sin ellos. Con elecciones municipales, autonómicas y europeas en pocos meses se producirán unas confrontaciones en las que estos Presupuestos serán una carga para el socialismo tanto si son aprobados con sus desigualdades como si son rechazados por la levedad del partido gobernante. Solo serán estrategias ocasionales, formalizadas o sin formalizar, de un gobierno sin prestigio que intenta vender a cualquier precio la prórroga unos meses más de una presidencia sin votos.

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