España suma

Gabriel Elorriaga

Por Gabriel Elorriaga F.

  En Navarra se ha pactado una candidatura única para las elecciones autonómicas. La conciencia de que lo que se dirime es la existencia misma de aquella comunidad foral como componente singular, histórico y político de la nación española ha tenido la fuerza de convicción suficiente para allanar recelos y rivalidades entre las tres formaciones con opciones de voto en aquel territorio: Partido Popular, Ciudadanos y Unión del Pueblo Navarro. A esta coalición la han titulado “Navarra Suma”. Está muy bien.

Lo que no está tan bien es que esta iniciativa no haya tenido paralela una convergencia nacional capaz de garantizar una mayoría absoluta titulada “España Suma”, ante unas elecciones generales en que se dirime algo de más envergadura que la identidad de Navarra como es la unidad de España. Porque por muchos matices y polémicas con que se presenta la campaña electoral lo que pesa severamente sobre su resultado es la integridad territorial de España y la estabilidad de su sistema constitucional.

 Puede alegarse que el Partido Socialista también es una formación española y constitucional. ¡Ojalá fuese cierto! Lo es teóricamente pero ha dejado de serlo en la práctica del sanchismo desde que, a partir de una moción de censura basada en la coincidencia crítica de fuerzas separatistas y antisistema contra un Gobierno, el promotor de la moción decidió convertir aquel conjunto ocasional en base de sustentación de un Gobierno con pretensiones de permanencia.

Es evidente que el sentimiento constitucionalista es abrumadoramente mayoritario en el electorado y que si tal sentimiento estuviese reflejado en un acuerdo de Estado que incluyese al Partido Socialista no cabría ninguna duda sobre la integridad institucional de nuestro país. Pero, desgraciadamente, el candidato Pedro Sánchez ha elegido malas compañías para perpetuarse en el poder. Compañías de exigencias chantajistas que venden sus votos parlamentarios a cambio de concesiones, negligencias o impunidades que van arruinando desde dentro la solidez del Estado. Sánchez ha elegido permanecer en la presidencia aunque su pedestal se asiente sobre las ruinas de España como nación. Por tanto el bloque constitucionalista pesa exclusivamente sobre tres partidos, Popular, Ciudadanos y Vox que, a pesar de la insidia sanchista, mantienen una capacidad de convocatoria suficiente para movilizar la mayoría numérica de votantes pero no para garantizar que esta mayoría de votantes signifique automáticamente una mayoría de escaños en el Congreso de los Diputados.

El esquema bipolar sigue en pie, a pesar de la apariencia tripartita, como en toda democracia estable, pero no se refleja en la existencia de dos grandes partidos sino en la existencia de dos bloques con capacidad para elegir un presidente. El bloque de centro-derecha está, desgraciadamente, partido en tres formaciones esencialmente compatibles, pero el bloque de la izquierda no está partido porque no se pretende acumular sobre ningún acoplamiento racional sino sobre un montón de escombros contradictorios. Ni tan siquiera está claro que deseen a Sánchez como presidente sino que solo coinciden en evitar que llegue a la presidencia cualquiera que pueda interrumpir un proceso de demolición. El bloque de la izquierda, pulverizada entre divergencias nacionalistas, populismos diversos y sanchismo es un campo de minas sobre el que Pedro Sánchez podría predominar por su método preferido: sobrevolando. Se trata de volar gracias a un impulso hacia delante que haga un Gobierno más ligero que el aire sin programar donde podrá aterrizar una vez que tome altura.

Existen veintiséis circunscripciones electorales que se reparten menos de seis escaños al Congreso cada una. En estas provincias las formaciones menores situadas a la derecha solo restarán escaños a aquella con la que sus principios les hubiese permitido pactar antes, como les permitirá pactar después. Pero en muy peores condiciones y beneficiando a los adversarios comunes. En todo el territorio se eligen senadores en cada provincia en proporciones de uno o tres a repartir entre los dos primeros partidos. Los votos a los partidos menores solo servirán para minimizar el voto popular constitucionalista y para romper la imprescindible mayoría del Senado para imponer la autoridad en Cataluña. Es comprensible que cada partido pueda hacerse sus propias ilusiones. También es comprensible que tengan deseo de contabilizar sicológicamente votantes, aunque sean votos inútiles tirados a la papelera de la historia, soñando que a medio o largo plazo marcarán tendencias o señalarán evoluciones en un futuro. Pero los votantes deben saber que el sistema no está hecho para complacer a partidos ni configurar Gobiernos sino exclusivamente para elegir en el Congreso a un presidente. Una sola persona que pueda obtener el respaldo suficiente de congresistas y no de electores. Dicho de una manera más directa: el sistema solo sirve para decidir si el próximo presidente va a ser Pablo Casado o Pedro Sánchez. Una sola persona que pueda conjuntar una mayoría de congresistas. La configuración del Gobierno viene después y será monocolor o multicolor, de coalición o de concentración, con participaciones de unos o de otros. Pero esta composición es un hecho posterior al encumbramiento de una persona y los dirigentes partidarios solo pueden pensar en con quien prefieren tratar a la hora de hacer valer sus ideales.

A los políticos de auténtica vocación hay que suponerles una dosis mínima de realismo y patriotismo. Por ello deben saber que no todas las encuestas están equivocadas, aunque las haga Tezanos, ni los tres partidos están en iguales condiciones ni tienen la misma capacidad de presentar candidaturas apoyadas en una cierta nombradía y arraigo y tienen la misma capacidad de poner en juego equipos de acción electoral conocedores del terreno. El 28-A todos saben lo que se juega, que no es sacar más o menos puntos en la tabla, como un equipo de futbol en la liga, sino marcar el sentido de la marcha de España según sus ideas. Se trata de plantearse si seguiremos siendo una nación europea, próspera y tranquila o nos deslizaremos, como en tiempos de la nefasta II República, hacia un Frente Popular heterogéneo, ingobernable y fanatizado. Es una lástima que antes de llegar a donde hemos llegado no se haya acordado una España Suma. Solo cabe esperar que, a pesar de las dificultades y los sentimientos provocados por la trilogía partidista, los españoles sepan votar como si España Suma existiese. Que no se dejen manipular como zombis por quienes rebuscan aires de ultratumba para resucitar divisiones y destruir la concordia laboriosamente conseguida por sucesivas generaciones. El retroceso a barricadas irreales de fanatismo es la resta pavorosa que le puede hacer al pueblo español un político con vocación de empleado de pompas fúnebres que gobierna y pretende seguir gobernando a España en base a la división de la mayoría de los españoles y con la imprescindible colaboración de los antiespañoles. Los electores van a tener la dificultad de saber sobreponer lo que conviene de lo que se mueve en la escena de las rivalidades entre afines. Hay que esperar que, aunque los políticos no hayan sido capaces de hacerlo a su debido tiempo, a la hora de la verdad sean los españoles los que sepan votar como si España Suma existiese.

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