Europa y el ridículo del Brexit

Pedro Sande García
Buscando el título de este artículo, estuve barajando dos posibilidades: «Europa y el ridículo del Brexit» o «Europa y lo absurdo del Brexit». Al final, por un motivo que desconozco, me incline por el que incluye la palabra «ridículo» pero, en realidad, se ajusta más el que usa la palabra «absurdo» en su acepción: Contrario y opuesto a la razón, que no tiene sentido. Había una tercera posibilidad, utilizar los dos adjetivos. Estoy seguro que hay muchos calificativos en el diccionario para describir una situación histórica que a la hora de escribir estas palabras sigue en punto muerto, en la prórroga de la prórroga, pero que, sin duda, se está convirtiendo en el mayor ridículo del club de la Unión Europea desde su fundación hace más de 60 años.

Todo este absurdo tiene su origen en el año 2015 cuando el Parlamento Británico aprobó la celebración del referéndum para la salida de la Unión Europea. La consulta a los ciudadanos se celebró el 23 de junio de 2016 y el resultado fue: el 51,9% de los votantes del Reino Unido y Gibraltar aprobaron el Brexit (Britain-Reino Unido + Exit-Salida) contra el 48,1% que votaron por el Bremain (Britain-Reino Unido + Remain-Permanencia). Aunque en el momento de su celebración no era una exigencia de los ciudadanos si ha sido una constante que ha sobrevolado la opinión pública en el Reino Unido desde que este se incorporó a la entonces CEE en el año 1973. Creo que la celebración de este tipo de consultas es un derecho fundamental que los ciudadanos de un país deberían de tener a la hora de tomar decisiones, decisiones de todo tipo, no lo pongo en duda. La cuestión es que nadie se esperaba el resultado final y esto provocó, que durante mucho tiempo se analizaran los perfiles de los votantes: edad, el nivel cultural y económico, sexo, población rural o urbana, población del norte o del sur. El resultado es que, en algunos casos, se despreciaron grupos de población por el sentido de su voto, como si la opinión de unos tuviera más valor que la de otros. De lo que no podemos, ni deberíamos tener ninguna duda es que, ante todo, hay que respetar la decisión tomada por los ciudadanos del Reino Unido y de Gibraltar.
Todas mis dudas recaen sobre aquellos que con una ligereza propia de la mediocridad que se ha instalado en la clase política (lo que no es un mérito exclusivo de la española), han convocado y alentado dicho referéndum. Y no por convocarlo, sino por la forma de hacerlo. No creo que se deba hacer una pregunta de esta envergadura como si fuese un simple test. Ante una decisión que condicionará el futuro de un país, la pregunta se debería formular poniendo previamente sobre la mesa las condiciones, las consecuencias, las ventajas y los inconvenientes. Uno de los rasgos de la mediocridad de los políticos actuales es la facilidad que tienen para la bravuconada verbal, y la timidez y el miedo a la hora de actuar. Los que de manera ostentosa hacían gala de querer irse ahora no saben cómo hacerlo, y los timoratos que defendieron la permanencia tampoco saben qué hacer. En el momento de la verdad, cuando hay que tomar decisiones valientes, nadie sabe manejar esta sinrazón. Brexit, ni siquiera la palabra es original, su origen está en el año 2012, cuando en lo peor de la crisis económica, se barajó la posibilidad de que Grecia pudiera salir de la Unión Europea, Grexit.

Para saber cuál ha sido, a lo largo de estos años, la posición del Reino Unido en la Unión Europea me van a permitir hacer un breve repaso a la historia. En el año 1957 se firma el Tratado de Roma, por el que se constituye la Comunidad Económica Europea, los seis países fundadores fueron: Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos. El 1 de enero de 1973 se produce la primera gran ampliación, Dinamarca, Irlanda y el Reino Unido entran en el selecto club. Es en esa década cuando el Parlamento Europeo aumenta su influencia en los asuntos de la todavía CEE y, en 1979, es elegido por primera vez por sufragio universal. En 1981 Grecia pasa a ser el décimo miembro de la CEE y, cinco años más tarde, se suman España y Portugal. En 1986 se firma el Acta Única Europea, tratado que constituye la base de un amplio programa de seis años, destinado a eliminar las trabas a la libre circulación de mercancías a través de las fronteras de la CEE, y que da así origen al “mercado único”. En 1993 culmina la creación del mercado único con las “cuatro libertades” de circulación: mercancías, servicios, personas y capitales. La década de 1990 es también la de dos tratados: el de Maastricht (Tratado de la Unión Europea-UE) en 1993 y el de Ámsterdam en 1999. En 1995 ingresan en la UE tres países más: Austria, Finlandia y Suecia. Los acuerdos firmados en Schengen, pequeña localidad de Luxemburgo, permiten gradualmente al ciudadano viajar sin tener que presentar el pasaporte en las fronteras. Es en el período 2000-2009 es cuando el euro se convierte en la nueva moneda de muchos europeos. En 2004, diez nuevos países ingresan en la UE, seguidos por Bulgaria y Rumanía en 2007. En 2009 entra en vigor el Tratado de Lisboa y en 2013 Croacia se convierte en el 28º miembro de la UE.

La UE es un club al que gradualmente se han ido incorporando nuevos miembros y en el que también se han ido ampliando las competencias y los requisitos para pertenecer a dicho club. Y es aquí donde aparece la peculiaridad de este club, las condiciones para ser miembro se pueden personalizar y el Reino Unido es un claro ejemplo de ello. Se aceptó que no adoptara el Euro y mediante una «cláusula de opción» se permitió su no pertenencia al espacio de Schengen. Dicha cláusula le permite no ser miembro del club de Schengen pero si participar en determinados ámbitos, lo cual es algo controvertido ya que si, hasta la fecha, como miembro del club de la UE se le permitían tener excepciones ahora se le permite no ser miembro del club de Schengen pero si tener algunos derechos.

Si añadimos a estas «condiciones especiales», el continuo debate que, desde su ingreso, ha habido en la opinión pública británica sobre su pertenencia o salida de la Unión Europea, nos encontramos en la situación actual. A todo ello añadimos que en el momento de las decisiones valientes, a la hora de resolver de una vez por todas si me voy o me quedó, es cuando aparece una clase política incapaz de asumir sus responsabilidades, ejercer liderazgo y sin la valentía para manejar una situación que ellos mismos han creado. Una situación absurda y quizás una de las situaciones de mayor ridículo histórico, no solo del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, también de toda la Unión Europea.

Pertenecer a un club exige cumplir con unas condiciones para acceder, y requiere cumplir con unas normas y compromisos. Es cierto que en un club tan complejo es necesario cierto grado de flexibilidad ante los diferentes intereses y sensibilidades, pero también es cierto que hay líneas rojas que no se debe permitir que se traspasen. Y esto no es exclusivo del Reino Unido. La Carta de los Derechos

Fundamentales de la Unión Europea es un documento que contiene provisiones de derechos humanos y fue proclamado por el Parlamento Europeo, el Consejo de la Unión Europea y la Comisión Europea el 7 de diciembre de 2000 en Niza. Posteriormente revisado el 12 de diciembre de 2007 en Estrasburgo y es de obligado cumplimiento después de la firma del Tratado de Lisboa. En dicha Carta se recogen los Derechos Fundamentales de la Unión Europea y es legalmente vinculante para todos los países con excepciones para Polonia y, como no, para el Reino Unido. Hoy, algunos países del club han tenido que ser advertidos ante su incumplimiento reiterado de determinados aspectos recogidos en la Carta y referentes a los derechos humanos. De nuevo la timidez y la política de salón permiten que haya países que incumplan sistemáticamente con estos derechos fundamentales de la UE.

El Brexit es la historia de un país miembro que primero quiso pertenecer al club pero con sus condiciones, y lo logró, ahora quiere irse pero también con sus condiciones. Ya que así lo han decidido sus ciudadanos, espero que se vayan, pero aceptando que cuando lo hagan ya no pertenecerán a la Unión Europea y por lo tanto sus relaciones serán las de un país no perteneciente a la UE.

Europa debe ser firme en sus convicciones, dejando claro que la pertenencia a su club exige unas condiciones de acceso y unos compromisos de permanencia. Aquel que no quiera pertenecer, porque así lo han decidido sus ciudadanos o porque quiera permanecer aislado regresando a la Europa de las tribus, está en su derecho. La Unión Europea debe de ser más contundente, debe de dejar de perder el tiempo con los que no quieren estar y dedicarse a resolver los problemas comunes que afectan a los que si quieran estar y, por favor, acabar con este absurdo y dejar de hacer el ridículo.

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