Los signos de los tiempos del político de hoy

José Manuel Otero Lastres

Se puede decir, sin demasiada precisión, que “los signos de los tiempos” son acontecimientos significativos generalizados que marcan las características de una determinada época. Por su propia vinculación al correspondiente período de tiempo, los “signos de los tiempos”, lejos de ser permanentes y uniformes, son cambiantes en la medida en que los de cada época van impregnando su tiempo con sus propias particularidades, que resumen, insisto, el sentir generalizado del momento.

Pues bien, como en todo, en política –que es lo que ahora me interesa- en cada época hay una manera de actuar ad extra(en la relación políticos-ciudadanía) y ad intra (las relaciones de los políticos entre sí) que caracteriza el comportamiento generalizado con el que los políticos de cada época ejercen su actividad de gestionar los intereses generales de los ciudadanos.

Para que se me entienda mejor. En la transición, los signos de aquel momento eran la concordia y la generosidad. Todo el mundo tenía algo que reprocharse y, sin embargo, en lugar de dedicarse a “pasar la cuenta al enemigo”, los dirigentes de entonces optaron por dejar de lado los agravios particulares y se dedicaron en común a construir una convivencia democrática al amparo de la nueva Constitución. Los “signos” de aquel tiempo no podían, en consecuencia, venir marcados por la confrontación y el enfrentamiento, sino por el deseo de buscar la avenencia, la transacción, el compromiso, la conformidad y la unión en todo lo que permitiese superar los desgraciados tiempos pasados sobre los que se convenía que jamás deberían repetirse. Lo remarcable es, como apuntaba con anterioridad, que estos signos de aquel tiempo impregnaban la manera de ser de la generalidad de los políticos de entonces.

El tiempo de nuestros días ha cambiado y con él los signos que lo caracterizan. Hoy la generosidad y la concordia con la que los coetáneos de 1975 afrontaron el cambio de régimen ha dejado paso una especie de crispación, de “belicosidad”, que se ha convertido en la atmósfera política que mejor conviene a las formaciones políticas que depredan el dolor del populismo.

Y, como no podía ser de otro modo, ha cambiado también el modelo del político actual, que navega, como el pez en el agua, en el ambiente del conflicto y de la confrontación. Ahora interesa distraer a la ciudadanía, mostrarle señuelos, para que miren hacia ellos y no hacia lo que de verdad es importante. Por eso, ha cambiado también el modo de hacer política: ciertos profesionales viven obsesionados por la imagen y lo que les interesa es el “cortoplacismo”.

Mariano Rajoy escribió a propósito de Alfredo Rubalcaba con ocasión de su reciente fallecimiento: “Sabía mirar más allá del próximo cuarto de hora y contaba con un discurso sólido que merecía ser escuchado porque destacaba por encima de consignas publicitarias y eslóganes ramplones; un discurso que se basaba en la racionalidad y en los argumentos, no en la búsqueda de un enemigo artificial contra el que legitimarse. Tal vez por ello fue un adversario admirable, que nos obligó a dar lo mejor de nosotros en cada momento”.

Pues bien, si ponen ustedes todo esto en negativo, tendrán descritos perfectamente los “signos de los tiempos” de buena parte de los políticos de hoy, aquéllos a los que lo que les interesa es favorecer y extender el disenso y la confrontación, los que crispan a la sociedad y que tienen la enorme habilidad de imputar a sus incautos adversarios que son los que generan crispación.

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