El nuevo orden mundial.

José Carlos Enríquez Díaz 
 Que no nos engañen, la pérdida de soberanía política y económica es compartida por todos (Vox incluido), la economía de mercado neoliberal, la explotación del hombre por el hombre, el poder de la banca y las compañías internacionales también es compartido por todos.

No mandan los parlamentos y no mandan los gobiernos. Mandan los mercados y sus representantes supranacionales como el FMI.

Los poderosos deciden cuando deben empezar las guerras (no en vano ganan dinero con todas ellas), cuanto deben durar (Nixon y Ford fueron duramente reprendidos por acabar la guerra de Vietnam demasiado pronto). Si matar da de comer a los países ricos, matemos y comamos. Los muertos, no son de los nuestros. Y a los que huyan de la muerte, ya nos encargaremos de que no vengan a molestar en nuestra casa.

En los ocho años en los que José Luis Rodríguez Zapatero estuvo al frente del Gobierno las ventas de armas se multiplicaron por seis.

El cambio de postura del Gobierno socialista español en no cancelar la venta de armas a Arabia Saudí demostraba que los políticos usan la retórica a su antojo.

En una entrevista  el analista internacional Eduardo Luque,  reprochaba la postura que ha tomado el gobernante Partido Socialista Obrero Español (PSOE), presidido por Pedro Sánchez, de abrir la puerta a volver a vender armas a Arabia Saudí para no perder un contrato de 1800 millones de euros de venta de corbetas fabricadas por los astilleros españoles.

Estas medidas adoptadas demuestran la verdadera naturaleza de la política, pues queda claro que una cosa es la retórica, los discursos en los mítines, y otra cosa bien diferente, es cuando uno se pone a trabajar en la política real”, subrayaba Luque. Hoy en día podemos comprobar como no pierde actualidad el excelente consejo del salmista:” no confiéis en los príncipes…

La fuerza devastadora de la guerra genera pobreza. Los pocos fondos de los gobiernos se destinan a la compra de armas en lugar del desarrollo humano de los pueblos. Las guerras destruyen todas las infraestructuras sociales y hacen imposible que estas estructuras se puedan regenerar en el medio de la violencia de las armas que sólo generan muerte y destrucción.

¿Deberíamos los cristianos dar ejemplo y animar a la sociedad, gobiernos y organizaciones a trabajar por la justicia y los valores del Reino?

Vivimos en medio de un escándalo y tragedia de una humanidad que desearía una paz sin justicia. Eso es imposible, tanto bíblicamente como social y humanamente. En muchísimos rincones del mundo, la injusta pobreza destruye la paz. 

El Dios de Jesús no es sólo defensor y activista de los Derechos Humanos, sino la encarnación “divina” de esos derechos, oponiéndose a un tipo de mundo actual que miente, engaña y mata, diciendo que defiende los Derechos Humanos, mientras que los utiliza al servicio de su Dinero divinizado.

Mientras la vida física de un tercio de la población mundial se encuentra amenazada por el hambre, el sistema capitalista y los grandes estados siguen buscando su seguridad en el armamento y de esa forma legitiman la violencia militar, pensando que es necesaria para garantizar la paz del mundo.

Los cambios fronterizos los deciden ellos, y también quienes se deben beneficiar con la reconstrucción de los países destruidos por las guerras. Mientras tanto los poderosos hablan de amor, de milagros, de reconciliación y de paz…

Desde 1954, los socios del Club Bildelberg representan a la élite de todas las naciones occidentales: financieros, presidentes, primeros ministros, representantes del banco mundial. Un gobierno a la sombra que se reúne en secreto para debatir y alcanzar un consenso sobre la estrategia global.

Los Epulones multiplican sus beneficios mientras los pobres multiplican su número. Más de 1500 millones de seres humanos tienen que vivir cada día con menos de un euro, mientras los futbolistas mejor pagados del mundo ganan al año millones de dólares. Lo peor de esta descarnada coexistencia de Lazaros y Epulones es el descaro con que toleramos y contemplamos tanta injusticia, y también nuestro silencio.

Ni las iglesias ni los cristianos tenemos en nuestras manos la solución. Sin embargo somos portadores de una “conciencia excedente”, nacida de nuestra confianza en que las posibilidades inéditas y sorprendentes de Dios son viables en la historia.

Desde la perspectiva de los pobres la fe descubre la presencia de Dios al lado de los sacrificados y se niega a aceptar que la lógica que los excluye tiene la razón.

La humanidad clama por un nuevo orden mundial que no parece posible. Sin embargo sabemos cómo eliminar el hambre, sabemos cómo crear empleo, sabemos también como redistribuir la renta. Cada día son más necesarios los estilos de vida austera y solidaria.

La justicia, el amor y la paz son las grandes realidades que nos ofrece el Reino de Dios. ¿Quién se dedica a buscar la justicia sin desfallecer? ¿Quién  se apunta a construir un mundo más humano, más fraterno, donde todo dolor y sufrimiento sea compartido, donde cada uno sienta como propias las dolencias del prójimo?  

 No debemos olvidar que Jesús, nuestro Maestro, inició un  mensaje y camino de liberación al servicio de unos marginados que eran como los actuales: prostitutas, compradas y vendidas por comercio sexual; publicanos, manipulados por cuestión económica; niños sin familia, extranjeros rechazados por los judíos… Entre todos ellos se mantuvo, por ellos ofreció su Palabra. El  Evangelio no ratifica la distinción entre judíos y gentiles, sino que se abre, desde los pobres a todos los hombres y mujeres, por eso provoca escándalo.

La solidaridad cristiana no puede ser nunca la solidaridad de un espectador pasivo que contempla desde lo alto o desde lejos lo que aparentemente sucede desde una distancia que no le compromete.

Nuestra tarea es continuar la obra de Jesús. Decirles a los marginados de nuestro mundo que son  valiosos porque son amados por Dios. Y no sólo decirlo, sino demostrárselo a través de un amor y una entrega que se traduzca en gestos concretos de solidaridad que ayuden a las personas a vivir con mayor dignidad.

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