Los hijos de Licaón y el misterio de los hombres lobo

Juan Julio Alfaya
El primer hombre lobo reconocido fue Licaón, rey de Arcadia, un gobernante que cometió una serie de atrocidades entre las que se incluye intentar engañar a Zeus y servirle un plato con carne de uno de sus hijos en la Tierra. Ante esta aberración,
Zeus condenó a Licaón y a todos sus descendientes a convertirse en hombres lobo.
Licaón tuvo muchos hijos, se calcula que unos 50. Como es de suponer, los hijos de Licaón crecieron y se multiplicaron, adoptando los más diversos nombres y apellidos, pero conservando todos los malos instintos de su padre.

Antonio de Torquemada, que no tiene nada que ver con el inquisidor, afirma en su
«Jardín de flores curiosas»(1575) que en el reino de Galicia se halló un hombre que
andaba escondido por los montes y que de allí salía a los caminos cubierto de un
pellejo de lobo. Si hallaba algunos chavales alejados de sus padres, los mataba y se
hartaba de carne joven. Lo más probable no es que se cubriera con un pellejo de
lobo, sino que se convertía en hombre lobo con la aparición de la luna llena. Esto lo
descubrió el cronista medieval Gervase de Tilbury.

En el siglo XIX apareció en Galicia un tal Manuel Blanco Romasanta, natural de Regueiro, Orense, que no era propiamente un hombre lobo, sino un psicópata, autor confeso de 13 asesinatos, otros dicen que 17. Medía 1,37 metros. Era tímido
y tierno. De facciones ligeramente afeminadas, sabía leer y escribir, algo poco habitual en la Galicia rural de aquellos días. También cosía y bordaba. Nació con un extraño síndrome de intersexualidad por lo que en la partida bautismal figura como Manuela Blanco Romasanta. Fue diagnosticado de licantropía clínica debido a sus
delirios licantrópicos, de ahí su fama infundada de hombre lobo.

Romasanta describía así uno de sus delirios en los juzgados de Allariz (Orense):
«La primera vez que me transformé fue en la montaña de Couso. Me encontré con
dos lobos grandes con aspecto feroz. De pronto, me caí al suelo, comencé a sentir
convulsiones, me revolqué tres veces sin control y a los pocos segundos yo mismo
era un lobo».
Por los hábitos lobunos, se supone que era de noche, pero Manuel (o Manuela) nos
deja con la incógnita de si había o no había luna llena.

Homo homini lupus

Es más creíble y realista el comediógrafo latino Plauto cuando dice «Lupus est homo
homini, non homo, quom qualis sit non novit»; (lobo es el hombre para el hombre, y
no hombre, cuando desconoce quién es el otro). Séneca, que conocía la frase de
Plauto, la remató con su habitual elegancia: «el hombre es algo sagrado para el
hombre», con lo que estoy totalmente de acuerdo y es uno de los principios por los
que trato de regir mi vida.

Fue Thomas Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII, quién adaptó la frase de Plauto
como «Homo homini lupus» (el hombre es un lobo para el hombre) que hace
referencia a los horrores y barbaridades que el ser humano ha sido y sigue siendo
capaz de cometer, desde la Prehistoria hasta el día de hoy.

Este sería un final muy pesimista sin el contrapunto de san Francisco de Asís que
veía hermanos y hermanas en todo lo creado, desde el hermano lobo y el hermano
sol hasta la hermana muerte, que esta sí que es difícil de aceptar como hermana.

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