Un día de lluvia en Nueva York

Pedro Sande García

No se crean ustedes que por escribir dos artículos seguidos cuya tema central sea
el cine me siento un crítico cinematográfico, ni lo soy ni pretendo serlo. Es mucho más
fácil y sencillo, en el último mes he ido tres veces al cine, algo inusual en mí caso que no soy ningún cinéfilo y ni siquiera creo llegar a la categoría de aficionado al cine.

Las tres últimas películas que he visto en la gran pantalla han sido: Downton
Abbey, Joker (sobre la que hablé en mi artículo en Galicia Ártabra del pasado 31 de
octubre) y la última creación de Woody Allen: Un día de lluvia en Nueva York. La primera de ellas, Downton Abbey, es un ejemplo de como una gran serie inglesa se puede convertir en una mala película. Con el mismo reparto, parte del mismo equipo técnico, el mismo guionista y creador de la serie, Julian Fellowes, y el director de cuatro episodios, Michael Engler, solo ha servido para crear un relato almibarado, que en algunos momentos roza la cursilería. Solo se salva la interpretación de dos damas memorables: Maggie Smith e Imelda Stauton. El crítico Jordi Battle ha definido con mucho acierto la película: «una caja de bombones expertamente diseñada por los mejores pasteleros británicos».

Los británicos nos tienen acostumbrados a producir series de grandísima calidad que pasarán a la historia de la televisión, muchos de ustedes las recordarán, clásicas como Retorno a Brideshead, la ya comentada Downton Abbey o Yo, Claudio y la actual y magnífica Peaky Blinders. Sobre esta última, de la cual estamos disfrutando de la  quinta temporada, su creador, Steven Knight ha dicho que espera llevarla hasta los inicios de la segunda guerra mundial, serían como mínimo dos temporadas más y que luego posiblemente la llevaría al cine. Espero que no le ocurra lo mismo que lo sucedido con Downton Abbey.

A estas alturas se preguntarán ustedes que tiene que ver el nombre de este artículo, la última película de Woody Allen, con todo lo que les acabo de contar. En
realidad desde un principio quería comenzar como lo he hecho, al fin y al cabo de lo que estoy hablando es de cine y Un día de lluvia en Nueva York no me inspira para dedicarle todas las palabras de un artículo.

He sido fiel a Woody Allen, creo haber visto todas sus películas y con la mayoría de ellas he disfrutado. Esta fue la razón para ir a ver su última obra, pero además había
varios motivos que incrementaron mi interés: la edad del director, las malas críticas que el filme ha tenido, que de nuevo recurriera a su icónica ciudad de Nueva York y por último, su litigio con Amazon por haber roto la compañía de Jeff Bezos el acuerdo con Woody Allen para producir cuatro largometrajes, entre los que se encuentra la última película del director neoyorkino.

Hay dos momentos que considero fundamentales para medir las sensaciones que
una película me transmite, la primera ocurre en cuanto salgo del cine y pongo los pies en la calle. No ocurrió nada diferente a lo que me había sentido a lo largo de la proyección, una película cordial, un tranquilo bienestar, ninguna sonrisa, tampoco tristeza y solo una sorpresa: el desenlace final.

La segunda sensación es la que se va construyendo con el paso del tiempo. ¿Alguna vez han intentado beber de un vaso vacío?, les recomiendo que lo hagan, yo lo he intentado y mi reacción ha sido mirar el vaso por dentro y por fuera buscando algo que no existe. Lo mismo me ocurrió con Un día de lluvia en Nueva York.
Lo hice, lo del vaso, de forma tranquila y pausada, de la misma manera que contemplo
una película de Woody Allen.

Un día de lluvia en Nueva York es una película elegante y que tiene dos
características que son denominador común de las últimas creaciones de Woody Allen, son amables y cordiales. He leído algunas de las críticas, escritas por los críticos de verdad, que se han vertido sobre ella. La mayoría han confundido la crítica
cinematográfica con la expectación creada debido a la no proyección de la película en
Estados Unidos, otras confunden la creación con los comportamientos individuales de su director. Por lo tanto no puedo añadir si estoy de acuerdo o en desacuerdo con ellas.

En el reparto desatacan tres intérpretes jóvenes a los que Woody Allen maneja con
la maestría que siempre ha tenido a la hora de dirigir actores. Gatsby (el papel que
encarna el actor Thimothée Chalamet) y que desde el primer momento que sale en pantalla transmite su papel de antihéroe, un papel que le hubiera gustado interpretar a Allen si tuviera 60 años menos. La actriz Elle Fanning interpreta el papel de Ashleigh, la novia de Gatsby y con el cual se va a pasar un fin de semana a Nueva York. Ambos representan una joven pareja poco creíbles en el mundo actual que no son reflejo de la juventud de nuestros días, entre otras cosas porque creo recordar que no hacen uso del teléfono móvil en ningún momento. Solo Selena Gómez, en su papel de Chan, es el único personaje que parece encajar en la historia pero en realidad esto no tiene ninguna importancia, al fin y al cabo estamos hablando de cine.
El desenlace final es lo más decepcionante que le he visto al director neoyorkino,
una lluvia artificial que adorna una escena que parece hecha con prisa y convierte lo que podría ser un romántico final en una secuencia apresurada, ridícula y sensiblera.

Me imagino que los que han tenido la paciencia de llegar hasta aquí habrán podido
comprobar que una cosa es lo que se pretende hacer, en este caso escribir, y otra es lo
que se escribe de verdad. Les había comentado que Un día de lluvia en Nueva York no
me sugería muchas palabras para hablar de ella pero creo que la realidad ha sido
diferente. Un consejo final, si quieren pasar un rato agradable vayan al cine.

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