Paradojas

Gabriel Elorriaga F.
La actual política española es más paradójica cada día. Los enemigos de las instituciones están en las instituciones. No hay nadie contra las instituciones fuera del círculo gubernamental. Es un afán provocado por el mismo deseo de permanecer a toda costa sobre los edificios oficiales aunque sus columnas se agrieten. Ni siquiera una pandemia de dimensión universal es suficiente para modificar el desvarío de unos gobernantes que alientan todas las fórmulas que impiden gobernar eficazmente.

Si un ciudadano pasea una bandera española es un maldito fascista pero si un separatista se manifiesta con una enseña ilegal es un aceptable nacionalista con el que hay que negociar. Si una persona acata la Constitución vigente sin haberla jurado ni votado su actitud no tiene valor significativo. Pero si se trata de un miembro del Gobierno que prometió cumplirla y hacerla cumplir como condición para acceder al cargo, se considera que es libre de expresar sus ideas y propósitos contrarios que deben prevalecer contra lo que se prometió al asumir voluntariamente sus funciones dirigentes. Si se cometen delitos de sedición o rebeldía contra el Estado no se procura reforzar el código penal sino que se estudia cómo aguarlo para que tales delitos puedan quedar inmunes. Si un gobernante considera que el cristianismo contradice el laicismo deseable en la enseñanza no se comprende que se busquen maestros en Cataluña para que los niños musulmanes puedan ser convenientemente educados en el Islam. Si se desea que los españoles conozcan más idiomas que el suyo ¿Por qué se debilita la enseñanza de la gramática vehicular desde la cual son más accesibles las lenguas extranjeras y las lenguas vernáculas?

Si fue necesario proclamar el estado de alarma para confinar a la ciudadanía ante la primera ola de la pandemia ¿Cómo basta con la firma de una secretaria de Estado para transmitir una orden de confinamiento a los cinco millones de habitantes de la comunidad madrileña? ¿Por qué corrige el Gobierno al ejecutivo autonómico de Madrid que se comporta correctamente y no a los ejecutivos independentistas que actúan por libre? ¿Por qué consiente el grupo mayoritario de la coalición de Gobierno que sus socios minoritarios se manifiesten hostiles contra el sistema que los mantiene en vicepresidencia y ministerios y admiten que no guarden igual respeto que ellos hacia la Corona o hacia los jueces que se imponen a sí mismos?

Es muy difícil presentarse como rebelde anticapitalista y antisistemático y demandar el apoyo de los empresarios y el equilibrio financiero. Como lo es ordenar a las fuerzas de seguridad del Estado que eviten el caos en las calles y abrir expediente a quienes cumplen las órdenes con celo. Es desalentador que se preparen leyes habilitantes para subordinar el Poder Judicial al partidismo cuando es general la queja por la excesiva politización de la justicia. Romper las normas que obligan a consensos mixtos es humillar al Poder judicial bajo las suelas podridas de los comités parciales. Sustituir una ley que establece un procedimiento para obtener una mayoría más manejable es un fraude. ¿Qué teme el Gobierno cuando da señales de querer asaltarlo habilitando una ley de reforma para someterlo a una simple mayoría parlamentaria que evite la necesidad de negociar consensos objetivos?

El asalto contra la separación de poderes que simboliza la preeminencia de la Corona sería más grave que la sustitución de un Gobierno incapaz de salvaguardar el espíritu constitucional. Un Gobierno que provoca tensiones entre el poder central y las autonomías leales y se muestra débil en favor de las tribus desleales es un desgobierno que debe ser cambiado lo antes posible. Hay muchos que creen que, a pesar de todas las paradojas, España, tras su larga era de reconstrucción y de regeneración, está condenada fatalmente a un bache en su historia como padeció otros con sus dos “republiquetas”. No debemos dejarnos invadir por ese pesimismo escéptico. España, como otros países del mundo, va a tener una ocasión de regenerarse y actualizarse cuando, tras la llegada de las vacunas, el planeta inicie otra era de esplendor. Aquellos obstinados en la resistencia a toda costa de sus prejuicios no prevalecerán. Nuestros nietos heredarán una patria hermosa como nosotros la hemos heredado. Las paradojas y los virus no se mantienen en vigor más de una penosa temporada. Con las vacunas contra el virus llegarán las vacunas contra el populismo.
 

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