El trato de los adversarios políticos

José Manuel Otero Lastres

La mayoría de las profesiones son actividades que suelen ejercitarse unilateralmente: de un lado, hay un cliente que demanda unos servicios y, de otro lado, un profesional que los presta. Así sucede, por ejemplo con los arquitectos y los médicos. El que desea construirse una casa le encarga los planos a un arquitecto, el cual, solo o con otros miembros de su propio estudio, proyecta y diseña la viviendo solicitada. Y en el caso de un médico sucede lo mismo: para devolver la salud al enfermo estudia con minuciosidad y rigor el estado del paciente, compone un cuadro lo más completo posible de sus síntomas para acertar en el diagnóstico, y le receta los remedios más adecuados.

Lo que trato de subrayar se ve con más claridad si nos centramos en la abogacía. En efecto, en el ejercicio de la abogacía ante los Tribunales hay, por lo general, dos versiones contrapuestas sobre la realidad de los hechos sometidos a la decisión judicial. Una parte relata lo que, según ella, ha sucedido y frente a esta postura se opone otra en la que otro profesional del Derecho ofrece una versión en todo o en parte diferente. Y ambas versiones tienen la intención de convencer al que ha de juzgar, cuya convicción se forma generalmente a través del resultado de la prueba. Al final del proceso, el juzgador considerará como realmente sucedida la versión que considere demostrada.

 Pues bien, a pesar de rivalizar de ordinario con otro profesional de la abogacía, se suele decir que el abogado es la parte despojada de sus pasiones. Con lo cual se está poniendo de manifiesto que el abogado no es enemigo del abogado contrario, ni del cliente de este, sino que es simplemente un profesional que defiende los intereses de su cliente que es la contraparte. Por eso, la abogacía está sometida a unos códigos éticos de conducta que son cuerpos de reglas morales que deben gobernar la profesión y que, sin olvidar la exigible rivalidad en la disputa de la contienda jurídica, persiguen que el trato entre los profesionales de la abogacía discurra por los cauces de la cordialidad profesional. Y es que los abogados, como dice su Código Deontológico, deben mantener recíproca lealtad, respeto mutuo y relaciones de compañerismo.
Algo parecido debería suceder en la política, que es cada vez más una profesión que tiene por objeto la prestación de un servicio temporal en defensa de los intereses de los ciudadanos. Pues bien, la creciente profesionalización de la actividad política y el hecho singular de que el “puesto de trabajo” depende del voto de los ciudadanos, están rodeando la profesión política de un clima de excesiva exasperación de los ánimos de los políticos rivales. Y es que el fin de la conquista del voto ha acabado por justificar el empleo de todo tipo de medios destinados a tal efecto, incluidos las más innobles.

El deterioro de las relaciones cordiales y de cortesía desde el comienzo de la democracia hasta hoy ha sido progresivo. Es verdad que siempre hubo rifirrafes entre políticos, como cuando Alfonso Guerra llamó al presidente Adolfo Suárez “tahúr del Mississippi” o a la ministra Soledad Becerril “Carlos II vestido de Mariquita Pérez”. Pero el ambiente general que había entre los políticos rivales era muy respirable y esas frases no pasaban de ser “gracietas” que demostraban el ingenio del que la decía y divertían al personal. La dureza de trato empezó con José María Aznar contra Felipe González y alcanzó su punto más alto cuando el entonces candidato a la Presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, acusó de “indecente” en un debate televisado a su contrincante Mariano Rajoy, a la sazón presidente del Ejecutivo.

Aunque parecía imposible que empeoraran las relaciones entre presidente del Gobierno y jefe de la oposición, todo parece indicar que hoy el trato entre Pedro Sánchez y Pablo Casado ha llegado a un punto de tal frialdad que prácticamente no se hablan. Como ha escrito en La Razón Carmen Morodo, aunque son de generaciones diferentes, se conocen desde hace años, y hasta ahora habían mantenido una relación personal “cordial” y hasta “buena”. Sin embargo, desde que uno es presidente y el otro líder de la oposición, esas relaciones son pésimas sobre todo desde que Sánchez hizo público su acuerdo de Gobierno con Unidas Podemos. Como señala la indicada periodista “ya no son diferencias políticas, sino también personales, de confianza, las que han acabado cortocircuitando los necesarios canales, al menos de diálogo, que debe haber siempre entre el Gobierno y líder de la oposición”. Los dos —añade— “acumulan afrentas personales que trascienden lo político e invalidan cualquier perspectiva de simple diálogo”.

 Lo malo de todo cuanto antecede es que estas agrias relaciones personales entre los líderes de los dos partidos mayoritarios existen también entre los simpatizantes y votantes de ambas formaciones políticas, hasta el punto de que parece existir una división radical en la ciudadanía en la que ha tenido mayor influencia lo emocional que lo racional. No digo, entiéndaseme bien, que la crispación social en la que estamos inmersos los ciudadanos sea consecuencia de las muy malas relaciones entre ambos líderes políticos. Se deben, al menos en lo que se refiere a una parte de la ciudadanía, a la política radical y extremista del gobierno de coalición al que le va mejor, según sus propios líderes crispar que templar. Desde el 21 de febrero de 1981 había desaparecido afortunadamente el llamado “ruido de sables” y alguien deberá responsabilizarse de que haya renacido este movimiento minoritario, inaceptable e incompatible con la convivencia democrática constitucional. En todo caso, los políticos, aunque no están sometidos a Códigos Deontológicos, deben tratarse con respeto mutuo, recíproca lealtad, y relaciones de compañerismo para ayudar a “serenar” las crispadas relaciones entre los ciudadanos.

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