Desde la Frouxeira en estado de dolce far niente

Pedro Sande García

 

Son las once y media de la mañana y me encuentro recostado en mi silla de playa contemplando la Frouxeira. Al pensar en el estado en el que me siento, en mi cerebro el área de Wernicke escribe la palabra italiana dolce far niente, cuyo significado «ociosidad que resulta agradable», ni más ni menos, describe con precisión lo que en estos momentos recorre todo mi organismo. Es la segunda vez que hoy contemplo la Frouxeira, la primera, sobre las nueve y media de la mañana, lo hice en compañía de Bimba, mi pequeña peluda. Como pretendo cumplir con las normas y leyes, al margen de mi acuerdo con ellas, la contemplación temprana la hice sin pisar la arena de la playa, lugar prohibido para los compañeros de cuatro patas.

Se habrán fijado ustedes que he utilizado de manera reiterada, hasta en tres ocasiones, palabras derivadas del verbo contemplar, término que según la RAE tiene como uno de sus significados «poner la atención en algo material o espiritual». Desde hace mucho tiempo, creo que desde mi remota antigüedad, he dejado de ver y hasta de observar la Frouxeira. Me ocurre que cuando estoy ante ella los verbos ver, observar, mirar, oír y oler se funden en uno solo, el verbo sentir. Y claro, no les iba a decir que estuve a primera hora de la mañana sintiendo la Frouxeira, sonaría muy cursi, y por eso he decido usar el verbo contemplar. Un verbo que, al margen de lo que diga la RAE, me produce la misma sensación que sentir, fusionando en una palabra el ver, el mirar, el observar, el oír y el oler.

Hoy he bajado a la playa a una hora inusual para lo que son mis costumbres, suelo ser más tardío pero dado que es domingo, hace un día espléndido y la naturaleza, este año, ha decidido que las pleamares reduzcan la superficie de arenal a disfrutar, es por lo que mi presencia ha sido a una hora temprana. Que nadie piense que la pleamar convierte el arenal de la Frouxeira en una pequeña cala, ninguna fuerza de la naturaleza ha sido capaz de reducir la inmensidad de la Frouxeira, sus kilómetros de arena siguen estando disponibles para el disfrute de los animales de dos patas. Lo de animales, salvo excepciones, con todo el cariño del mundo. Lo que ocurre es que para algunas cosas soy muy tradicional y me sigo sentando en el lado derecho, la parte cercana a la playa pequeña, lugar a donde mis padres me llevaron por primera vez con muy pocos días y al que nunca he faltado, manteniendo una fidelidad, creo que es mutua, que se transmite a lo largo del árbol genealógico.

La primera versión de estas palabras las he escrito sobre el móvil, me refiero al teléfono. Dado mi estado de ánimo me hubiera gustado hacerlo en un pergamino sobre el que bailará la luz del sol, de la misma manera que lo hizo Filipo de Atenas desde Nápoles cuando le escribió una carta a Lucio Anneo Séneca en el año 55 de nuestra era (El hijo del César, John Williams). Como esto último no ha sido posible me conformo con el diabólico e increíble invento que es el móvil, evito usar la palabra teléfono ya que la transmisión de sonidos por la acción de la electricidad ha dejado de tener sentido.

Vuelvo a mi posición de dolce far niente desde donde veo, siempre hay excepciones como la de los gritones a los cuales podrían aplicarles la misma normativa
que a los compañeros de cuatro patas, a muchas personas disfrutando, quizás también en un estado de dolce far niente, de la Frouxeira. Caminantes, bañistas, niños fortificando sus castillos, corredores, contempladores, buscadores de bronceado y ociosos en general. Yo seguiré volviendo por las mañanas, por las tardes, haga sol o caigan chuzos de punta y sin duda me quedaré en silencio contemplando, sobre la Frouxeira, esa puesta de sol tan grandiosa como la que se puede disfrutar en otros lugares del mundo como en cabo Sunion o en la isla de la Juventud.

Cada uno de nosotros tenemos un lugar mágico, yo lo tengo desde mi más remota antigüedad, un lugar que estamos obligados a conservar, un lugar en el que todos los sentidos se funden en uno solo. Sé que ustedes lo tienen y sé que ustedes han adivinado cuál es el mío, no haría falta que se lo dijera pero quiero que sea la última palabra con la que termine este artículo. Por eso les digo ahora cuídense mucho y me despido de ustedes, en estado de dolce far niente, desde la Frouxeira.

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