Sueños y nostalgias

Gabriel Elorriaga Fernández (Diario Crítico)

Con motivo de la reelección de Obama, por muy escasa diferencia, el diario «El País» redactó un titular equívoco: «Estados Unidos vuelve a soñar». No se sabe si quiere decir que el resultado abre el camino a renovadas ilusiones o que los votantes «obamistas» han sido unos soñadores fuera de la realidad.

Lo cierto es que el famoso sueño americano, «the american dream», siempre es una aspiración de futuro y no la prorroga de un pasado que salva su continuidad por los pelos y con una mayoría de bloqueo adversa en el Congreso. Dos candidatos nostálgicos del pasado, Obama de Clinton y Romney de Reagan, se disputaron la presidencia con un electorado dividido en dos bloques impermeables. Consiguió Obama su segundo mandato, con menos entusiasmo que el primero, con menor capacidad de iniciativa y sin la novedad exótica de su primera aparición. Si bien el mundo ha cambiado mucho en los últimos cuatro años, los políticos han cambiado poco, tanto en el poder como en la oposición.

La relativa reforma sanitaria, conocida como «Obamacare» quedará como un paso positivo, frente al triste espectáculo de millones de personas sin cobertura médica en una gran potencia económica. Guantánamo sigue sin cerrarse y los repliegues militares solo son la consecuencia lógica de operaciones ya cumplidas que han llegado hasta donde podían llegar, es decir, a establecer regímenes menos amenazantes en los países intervenidos. El desafío nuclear de Irán marcará una futura estrategia, hoy impredecible pero difícilmente resoluble por las simples presiones económicas y diplomáticas de la primera fase de Obama. La economía seguirá el rumbo condicionado por una crisis global multipolar que no se corregirá con las decisiones exclusivas de un presidente, de un partido, ni de una sola nación. El panorama no es para muchos sueños.

Los republicanos tampoco se atrevieron a ofrecer grandes cambios sino restricciones y obstrucciones a la labor de Obama, llegando a extremos contraproducentes en los círculos del «Tea party» que no consiguió moderar por si solo el sentido común de Romney.

Se han enfrentado dos conceptos de América descafeinados, desde dos mitades preestablecidas e incomunicadas: una tradición liberal que no muere pero no crece y una renovación, más mediática que real, desgastada por su poca eficacia que, tan poco ha crecido sino bajado de tono. Dos fórmulas nostálgicas para ir tirando, como las viejas canciones americanas: «volver a empezar» y «recordar aquellos tiempos del ayer». Estas melodías de baja intensidad no son, en sí mismas, buenas ni malas. Quizá el milagro de la política sea que se adapten instintivamente a la conveniencia de tiempos de incertidumbre y confusión que vive el mundo. El continuismo y la prudencia son como un tratamiento de reposo. En vez de «the american dream» nos encontramos con la perspectiva de una cura de sueño mecida por nanas nostálgicas. Los problemas los provocarán los locos sueltos e iluminados que nunca descansan en el resto del mundo, mientras dormitan los de siempre en el viejo partido republicano o en el desgastado partido demócrata.

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