Trescientos sesenta y cinco días de infarto

Federico Quevedo-(el confidencial)

A mi no me cabe la menor duda de que tal día como el 21 de diciembre de 2011 cuando Mariano Rajoy tomaba efectivamente posesión de su cargo, era bastante consciente de lo que se le venía encima. Pero tengo también la impresión de que, si bien el nuevo Gobierno sabía que la situación era mala, probablemente desconocía hasta que extremo podía llegar a serlo. Tres factores han hecho que el Gobierno del PP haya tenido que gobernar a golpe de decreto y traspasando todas las líneas rojas que ellos mismos se habían impuesto y haciéndolo, además, en contra, no ya de su programa electoral, sino de su misma esencia ideológica:

1.- La constatación de un déficit público muy superior a lo que sólo unas semanas antes reconocía oficialmente el Gobierno saliente. Déjenme recordarles lo que yo escribía en los primeros días de enero de 2012 sobre este asunto: Es decir, susto o muerte. Y eligió susto en aquel momento, si, pero eso solo era el principio, porque la realidad fue todavía mucho más dolorosa y el déficit heredado llegó al 9% del PIB obligando al Gobierno a elegir después, también, muerte.

2.- La evidencia de que frente a las previsiones más optimistas realizadas por el anterior equipo de Gobierno, la recesión se volvía a instalar en nuestro país y de la manera más dolorosa y descarnada posible, provocando un aumento del desempleo espectacular, lo que unido a la necesidad de aplicar la medicina del ajuste ha llevado a un drama social de proporciones colosales cuya máxima expresión la hemos vivido con los suicidios provocados por desahucios. Aún así, el Gobierno no se amilanaba en esos primeros compases de la legislatura y atacaba uno de los principales problemas de nuestra economía, la rigidez del mercado de trabajo, sabiendo que le iba a costar la primera huelga general de la legislatura. La reforma, siendo corta, dará sus frutos en cuanto la economía empiece a despegar, entre otras cosas porque ha desmantelado la estructura excesiva de poder de los sindicatos de clase.

Esa, y no otra, era la única razón por la que UGT y CCOO, de acuerdo con el PSOE y a las puertas de las elecciones andaluzas –luego volverían a repetir la estrategia con las elecciones gallegas y vascas como objetivo-, convocaron una huelga general. “La cuestión es la siguiente, ¿había y hay razones para manifestarse? Objetivamente, si. Las había hace mucho tiempo, esa es la cuestión de fondo. Las había cuando en el Gobierno se sentaba un presidente del Partido Socialista que hizo el mayor recorte social que se ha hecho jamás en la democracia española, cuando congelo las pensiones y le bajó el sueldo a los funcionarios, cuando hizo una reforma laboral que consagró el despido libre y gratuito, cuando hizo una reforma para alargar la edad de jubilación a los 67 años, cuando dedicó miles de millones de euros a reflotar entidades financieras sin que eso revirtiera en liquidez para empresas y familias, cuando mintió negando la crisis y después afirmando que había brotes verdes, cuando volvió a mentir diciendo que el déficit era del 6% y en realidad sabía que estaba por encima del 8%…”. Marzo de 2012. La izquierda comenzaba ya a tomar la calle como respuesta a lo que había perdido en las urnas. Sin embargo, el Gobierno que había comenzado con firmeza la legislatura, empezaba a perder el paso, como puse de manifiesto en este Dos palabras muy leído y muy comentado entonces, titulado La única alternativa de Rajoy: salir del Euro.

3.- Si ya la cosas empezaban a torcérsele al Ejecutivo, la crisis de Bankia vino a poner la puntilla. El Gobierno creyó que con las medidas de enero y el primer decreto de reforma financiera iba a conseguir meter en vereda a los mercados financieros, pero lejos de eso Bankia puso de manifiesto hasta que extremo de gravedad llegaba la crisis de nuestro sistema bancario y que el Gobierno no acertó a ver. Todo se le volvía en contra, y hasta los ‘amigos’ proclamaban golpes de estado que acabaran con un Gobierno legítimamente constituido. Las semanas que el Gobierno vivió más peligrosamente acechaban su propia estabilidad amenazada por el riesgo de un rescate a la griega que en la mitad del mes de julio parecía inevitable y el propio Gobierno lo asumía así. Lo cierto es que los fundados temores surtieron efecto y Rajoy lograba su primer éxito en Europa cuando el presidente del BCE empezó a enviar mensajes a los mercados sobre una posible intervención del banco emisor en el mercado de deuda que frenara la presión sobre la prima de riesgo española. Pero para entonces el Ejecutivo ya había empezado a sufrir un notable desgaste en la opinión pública.

A pesar de que esos tres factores habían conseguido desestabilizar las previsiones y los planes del Gobierno, el Ejecutivo de Rajoy superaba el ecuador de su primer año a trompicones pero dispuesto a encarar el segundo semestre en mejores condiciones y con dos convocatorias electorales a las vista. Pero nadie contaba con Artur Mas y su ofensiva soberanista, y que eso iba a condicionar el debate político de los meses siguientes, hasta llegar a hoy. En esas circunstancias no cabía ninguna duda de la necesidad del país de mantener la estabilidad política, a pesar de las protestas en la calle. O Rajoy, o el caos, y es que la única opción real de imitar en España la alternativa de Escocia pasa por un Gobierno fuerte en Madrid que encauce por la vía de la legalidad el desafío independentista, y lo haga de común acuerdo con el principal partido de la oposición.

Si Mas abría un frente, en el Gobierno había algunos dispuestos a alimentar el debate, como evidenció el ministro de educación, José Ignacio Wert, conscientes de que eso podía beneficiar al PP en la cita electoral gallega, crucial para un Rajoy al que en ese momento incluso se empezaba a cuestionar en su propio partido por los sectores más radicales, los mismos que abrieron la puerta a la crisis electoral del PP vasco. Lo cierto es que las elecciones gallegas, las vascas e, incluso, las catalanas evidenciaban que a pesar de la crisis y los ajustes, el mayor castigo electoral lo sigue sufriendo el Partido Socialista, probablemente porque el electorado todavía tiene muy en cuenta la herencia que dejó tras ocho años de Gobierno. Pero las elecciones catalanas iban más allá y ponía de manifiesto hasta que punto de despropósito había llegado Artur Mas, y como de una Cataluña mal gobernada se había pasado a una Cataluña ingobernable, análisis que no ha cambiado a pesar del pacto de Gobierno entre CiU y ERC.

El primer aniversario de la victoria electoral del PP se cumplía en medio de fuertes protestas en la calle por los recortes y una nueva huelga general que sumaba otro fracaso sindical y ponía de manifiesto la distancia cada vez mayor entre la sociedad civil y la clase dirigente, y eso a pesar de que Mariano Rajoy se acercaba al final del año, a su primer aniversario como presidente del Gobierno habiendo conseguido el que, desde mi punto de vista, es su mayor éxito: haber alejado casi definitivamente de España el fantasma del rescate y encarar un difícil 2013 con buenos augurios en lo que a la crisis de deuda se refiere. Pero si ese es el dato positivo a poner en el fiel de la balanza, y no es menor, en el negativo pesa mucho más la indignación social en un país en el que nada parece funcionar como es debido, y eso obstaculiza, y de que manera, nuestra capacidad de recuperación.

Los primeros 365 días de Rajoy como presidente del Gobierno han terminado en unas tablas que, si bien son un buen resultado para un Gobierno que encaraba una de las situaciones más difíciles que haya vivido este país en muchas décadas, dejan también de manifiesto las enormes carencias en términos de programa político que tiene el Ejecutivo de Rajoy y lo mucho que queda por hacer para darle la vuelta a todo aquello que no termina de funcionar. Al Gobierno hay que reconocer capacidad de aguante y resistencia en la adversidad, pero también hay que reprocharle que no haya abierto el camino de las grandes reformas que pueden hacer de este un país distinto y mejor, empezando por la reforma constitucional que arregle el desaguisado autonómico y ponga orden en el modelo territorial. Un año después, yo creo que el Gobierno aprueba a pesar de la dureza del ajuste, pero es un aprobado pendiente de ratificación y que sea notable o suspenso va a depender de la voluntad política que ponga el Ejecutivo a la hora de hacer las grandes reformas que el país necesita y del grado de consenso que logre alcanzar con el principal partido de la oposición para llevarlas adelante.

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