Limitación de mandatos

Antonio M. CarmonaAntonio Miguel Carmona-(director diario progresista)

No conozco a nadie imprescindible. Creo que, más allá de los liderazgos, tan necesarios como arriesgados, lo que funciona en una sociedad moderna son los equipos que, bien coordinados, llevan a una empresa, a un gobierno o a una nave hacia el puerto al que se desea ir.

La perpetuación en el poder es una fuente de vicios y carencias, que, visto como digo que el imprescindible no existe, conviene evitar redactando una norma que ponga un límite temporal a un trabajo público de relevo necesario. Ochos años, dos legislaturas, un barrera al tiempo y a la inercia.

Se me dirá que, si alguien es muy bueno para un puesto, ¿para qué cambiar? Créanme si les digo que la mayoría de los cargos públicos piensan que son los mejores para desempeñar la función encomendada. Sin embargo, mala es la época en la que dependemos de alguien del que se dice que es muy bueno.

Los buenos han de ser los equipos. Los líderes, tan escasos últimamente, deben ser capaces de coordinar el conjunto, representar el trabajo y comunicar las ideas. Sin embargo, ahora los líderes ni coordinan, ni representan, ni comunican.

Uno no puede ser concejal toda la vida. Por muy querido que uno sea, tampoco debemos mantenernos en un cargo de alcalde hasta que el tiempo arrugue nuestro corazón, porque, si hemos sido incapaces de aupar un relevo y crear equipos ambiciosos, ¿nos podemos considerar aptos para gestionar los bienes y servicios públicos?

No se trata de ejercitar la voluntad, casi siempre interesada, de irse para evitar males mayores o irse para no irse, sino la de estipular por ley una limitación de mandatos que obligue a las organizaciones políticas a formar equipos compactos, crear cantera y mejorar la política y por lo tanto la democracia.

Además, si se puede aportar tanto valor añadido como para creerse imprescindible, yo no digo en esta carta que se tenga que abandonar la política, ése es otro tema, sino que pueden desempeñarse otros puestos tan relevantes, menos o más, que el actual del que se piensa que uno es imprescindible.

De lo contrario la carcoma hará que monje se crea propietario del hábito. Que lo público confiera ese color privado del cargo público o alto funcionario que parece creerse que ha sido él el que se ha inventado su propia función. Pero, no, el hábito, pertenece al convento.

 

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