La guerra de las lenguas

ramon-casadoRamón Casadó Sampedro

Vivimos en un extraño país en el que se confunden con mucha facilidad los términos «definirse» y «alinearse», los conceptos «defiendo que…» y «mantengo que…». Es como si estuviese escrito que cuando uno no es «rojo» se debe a que se está teñido de «azul», que cuando uno no se ubica a la «derecha» es porque pertenece a la «izquierda», o que cuando uno no se define como «pro» es porque confraterniza con los «anti». ¡Pues, no!, ¡me niego en rotundo a vivir en una sociedad catalogada y estructurada en compartimentos estancos! El gris existe con una amplia gama de matices. También, entre el rojo y el azul existe una gran policromía de colores, y no digamos nada de los posicionamientos posibles que puede haber entre la derecha y la izquierda.

Si han seguido mis artículos anteriores, intuirán que no soy muy dado a escribir sobre temas locales, más que nada porque me siento más cómodo nadando en aguas internacionales, en las que controlo mejor las corrientes y los acantilados traicioneros. Sin embargo, sin que sirva de precedente, hoy voy a hacer una excepción, motivado por algunas declaraciones que han tenido lugar estos últimos días y que no me han dejado indiferente. Por supuesto, no quiero empezar sin dejar bien claro que lo que vierto aquí son opiniones estrictamente personales, dejándome llevar por la razón y la lógica como únicos argumentos válidos.

Pues bien, hablemos de la lengua, ese traje a medida del que cada cual presume y del que todos se consideran propietarios. Desde siempre, he tenido la convicción de que un idioma constituye la máxima expresión, cultural y social, que puede darse en una determinada comunidad, convirtiéndose en una verdadera seña de identidad, en un gran logro que nos llena de orgullo. Para mí, resulta muy fácil entender que una persona nacida en Galicia se sienta orgullosa de hablar en gallego, y lo mismo digo de las nacidas en otras zonas o Comunidades poseedoras de un idioma o de un dialecto propio. Es más, si mis notables limitaciones lingüísticas me lo hubiesen permitido, soy de los que se hubiesen sentido encantados de poder dominar todas las lenguas habladas en nuestro país, pero por desgracia eso tendrá que ser en otra vida porque en ésta ya no doy para más.

Ahora bien, no confundamos el tocino con la velocidad: una cosa es valorar todas y cada una de las lenguas habladas en nuestra geografía nacional, apoyar su difusión y divulgación, su desarrollo y enseñanza, y otra muy distinta es entrar en la dinámica de jugar a imponer un idioma por encima de otro. La imposición es un recurso facilón propio de los nacionalismos pasionales, esos que cuando tienen frio no dudan en combatirlo arropándose con la bandera o con un diccionario de la Real Academia de turno. Es entonces cuando el idioma deja de ser un vehículo cultural de todos para convertirse en el arma política de algunos, y también cuando se incurre en el error de considerarse mejor gallego, mejor catalán o mejor habitante de Villa Botijos de Arriba, si se habla más horas en el idioma autóctono. Cuando se entra en esta dinámica, la lengua común, la que actúa como aglutinante general, es vista como la gran enemiga, como la parienta malvada de la globalización cultural, cuando en realidad es todo lo contrario.

Sinceramente, me cuesta comprender que no pongamos en valor que somos la cuna de una de las lenguas más habladas en el mundo y una de las que tienen una gramática más rica. Nuestro idioma, el español, se considera como lengua de referencia en casi la mitad de los países del planeta, mientras que aquí, en determinadas zonas y Comunidades, es considerado como si de un leproso se tratase, como un apestado cuyo uso debiera ser limitado al máximo. Y no me sirve como justificación que en la época del dictador las tornas fuesen al revés, porque si aquello estuvo mal lo de ahora no es mejor. Tan penoso es avergonzar a una persona porque hable en gallego como arrinconar a otra por usar el español, y si no que se lo digan a los comerciantes catalanes que han sido multados sistemáticamente por rotular en el idioma común. Podían hacerlo sin problema en inglés, en zulú o en chino mandarín, pero no en la lengua que se expandió a lo largo y ancho del territorio nacional.

Una sociedad democrática y respetuosa con los valores culturales y sociales que en ella anidan jamás debe imponer una creencia sobre otra, una costumbre sobre otra, una lengua sobre otra. Muy al contrario, debería velar por mantener los canales que permitan el libre acceso de todos los ciudadanos a cualquiera de las opciones, porque en la elección está la riqueza y sólo eligiendo somos verdaderamente libres. En este contexto, aplaudo la iniciativa de Ciudadanos – Ferrol, para derogar varios artículos de la ordenanza municipal de normalización lingüística, porque la «normalización» no debe confundirse con «imposición» y mucho menos con «obligación». En Ferrol, al igual que en los restantes municipios de Galicia, las actuaciones administrativas aconsejan ser cursadas en los dos idiomas que coexisten en nuestra tierra y que nos enriquecen, ya que esto no va de persecuciones ni de guetos, sino de mostrar respeto hacia todas las sensibilidades. Por supuesto, otro cantar es plantearse si Ciudadanos ha hecho bien metiéndose en semejante jardín a ocho semanas de las elecciones generales, sobre todo porque regala artillería pesada a quienes cosechan votos tiranizando al invasor.

Pero bueno, como en su día se dijo: «todo concepto es discutible y discutido…».

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10 comentarios

  1. Luis María Taboada

    Ramón, quiero felicitarte por este artículo de «la guerra de las lenguas». Estoy totalmente de acuerdo en cada uno de los razonamientos que expones. Yo respeto a los que me hablan en gallego, pero espero que ellos me respeten a mi por hablar en español, el idioma de mi país. Lo perfecto es compartir, que creo que es lo que Ciudadanos propone y no que en nuestro ayuntamiento solo se use el gallego.
    Difundiré tu artículo, Ramón.
    Felicidades por tu artículo.

  2. Boas, para empezar, creo que non se pode opinar sobre o caso sen ler a Ordenanza Municipal de Normalización Lingüística do Concello de Ferrol, que poderán atopar en https://www.ferrol.es/arquivos/documentos/normativa/normalizacion_linguistica.pdf . O que especifica é que internamente, para a relación con empresas radicadas en Galicia, e por defecto, empregará a lingua galega. A pesar diso, nela garántese por completo o dereito dos cidadáns de Ferrol a ser atendidos en calquera das linguas oficiais, en virtude de artigos coma o 1.3, que reza «Os cidadáns e as cidadás teñen dereito a ser atendidos/ as e obter copia ou recibir notificacións da documentación municipal no idioma oficial da súa elección».

    Por outra banda, a argumentación empregada polo señor Casadó adoece de certas fraquezas. A primeira delas é na que fala de igualdade ou imposición: a nivel educativo, non existe unha paridade en canto ó uso das dúas linguas oficiais, polo tanto, partimos dunha situación de desigualdade. De feito, últimamente o galego estaba a ser atenazado neste eido por colectivos que clamaban o dereito de decidir en qué idioma tiñan que ser educados os seus fillos, cando a idea debería ser a da non imposición -nin polo estado, nin polos proxenitores- e o equilibrio bilingüe, usando ambas por igual.

    Respecto ó trato ó español, a verdade é que no Concello de Ferrol non debería ter queixa. En canto a uso, segundo datos do IGE de 2013, so o 36% dos ferroláns se declaran usuarios habituais do galego, o 11% o usaría de forma exclusiva. mentres que un 23% se declara monolingüe en español. Polo tanto, a nivel inmersivo, unha persoa ten o dobre de posibilidades de non falar nunca galego no entorno familiar -que é o lugar de maior influencia para un individuo, sobre todo na súa fase de desenrolo- que de non falar español. En canto a titulares periodísticos, ainda que isto xa a nivel autonómico, os que máis abundan en materia discriminatoria son aqueles nos que se discrimina a galegofalantes.

    En fin, verán vostedes que tanto a ordenanza e a administración local, coma a cidadanía de Ferrol, distan moito de ser uns integristas galegofalantes. Para nos, a posición de Ciudadanos non pasa de ser máis que unha pose política que aboga polo centralismo cultural en detrimento da riqueza que supón a variedade existente no territorio estatal.

    Un saúdo

  3. Alberto, aunque no comparto tu opinión, agradezco tu comentario. Ni Ciudadanos representa un centralismo nacional, ni se me pasó por la cabeza tildar la realidad ferrolana como integrista. En mi ánimo tan sólo está defender la igualdad de oportunidades ente dos lenguas de las que me siento orgulloso.

    Un saludo.

  4. Estoy de acuerdo:La libertad individual no puede ser modulada por ninguna ley; aun más: Una ordenanza municipal no debe en ningún caso matizar lo que recoge la Constitución Española, que es el derecho a utilizar el castellano y el deber de conocerlo. Lamento que algunos sigan negando que desde algunas corrientes de pensamiento se pretenda obligar a utilizar el gallego, lo que da cuenta del poco talante democrático de aquellos que tratan de imponer sus ideas a los demás.

    Gracias por darnos voz a tantos, y gracias a Ciudadanos por decir la verdad.

  5. Ten graza que sexan os castellanohablantes os que falen de imposición do galego. Se queres imos todos xuntos polos edificios administrativos de Ferrol e tamén polos establecementos comerciais para ver qué pasa realmente cos galegofalantes. Eu creo que xa vai sendo hora de deixar de falar de oídas; a situación do galego é moi preocupante e, mentres, estes novos Ciudadanos poñendo máis paos nas rodas.

    • No se trata de poner palos en las ruedas, todo lo contrario, se trata de cuidar y proteger a una gran lengua como es el gallego, pero también valorando a la otra lengua oficial. En una comunidad bilingüe, como es la nuestra, resulta poco apropiado que el Concello sólo considere oficial a una.

  6. Como galega ata as trancas, orgullosa dá miña terra e dás miñas raíces, pero “Castellanohablante”, ai mamaíña, terrible pecado!!!, sinto unha enorme mágoa ao ver, ou neste caso ler, como a lingua segue a ser unha arma politicamente arroxadiza e que, como di Ramón Casadó, pasásemos dun extremo ao outro, de ser politicamente repimible e culturalmente reprobable, a ser menos galegos se falamos castelán.
    Na miña casa os meus pais sempre falaron galego “de portas para dentro”, precisamente por esa época que lles tocou vivir e polo mesmo motivo que me educaron na lingua española, e resulta que agora que cambiaron as tornas, eu son menos galega porque non falo habitualmente galego, un galego que os meus devanceiros non “entenden” cando escoitan o telexornal, pero iso xa é “fariña doutro costal”.
    Aquí do que falamos e dunha ordenanza municipal, vixente desde o ano 1997, na que é natural que prime o galego, que é a lingua oficial, como tamén o é que todas as persoas que constitúen o concello úseno como primeira opción e que todas as comunicacións se fagan neste idioma. A dialéctica xorde cando se trata de deixar oco ao español como segunda opción. Non acabo de ver que problema hai en que o idioma oficial da comunidade conviva co español, nun texto bilingüe, para facilitar os trámites de todas as persoas, sexan galego falantes ou non, como se veu facendo ata de agora. Neste punto, o comentarista “Narón Aberto” remitirame ao artigo 1.3 da normativa no que, efectivamente, dase o dereito a ser atendidos e obter copia ou recibir notificacións da documentación municipal no idioma oficial da súa elección, o problema e que ese dereito non é “instantáneo” senón que, como reza o artigo 5.3, hai que “demandalo formalmente” asi que, chegados a este punto, case é mellor pedir a un amigo, a un coñecido ou ao tradutor da páxina da Xunta de Galicia, que cho traduza, non vaia a ser que no período entre presentar a solicitude no rexistro e que o Concello che conteste, finalice o prazo da comunicación que desexas traducir.
    Doutra banda, quédame a vaga sensación dunha certa xenreira cara aos galegos “castelán falantes” que me fai lembrar as historias contadas polos meus pais, e os meus avós, pero có signo cambiado. Deixemos de usar o idioma como unha arma política, como unha etiqueta máis coa que “encaixar” ás persoas e demosle a liberdade que merece, gañada ao longo dos anos.
    Para acabar, pido desculpas se, a pesar do tradutor da Xunta de Galicia, metín algún cazapo no meu texto, pois o meu galego é de «andar pola casa» e non estou ao tanto dos últimos, e moi habituais, cambios na Normalización Lingüística.

  7. Muchas gracias por tu contribución, Remedios, muy bien detallada y sobre todo argumentada. Has sabido recoger la esencia fundamental de lo que quería resaltar en mi artículo, pero por desgracia la instrumentalización política que muchas veces se hace del uso de las lenguas impide tratar el tema con toda la objetividad que requiere.