El simbolismo político

Gabriel Elorriaga F.
  Con todos los partidos presentes en las elecciones convocadas por el gobierno central, la campaña parece inspirada por el ejemplo de Carme Forcadell calificando, en sede judicial, como simbólica toda la legislación separatista aprobada por la Cámara de su presidencia. Puigdemont se muestra proclive a seguir su conducta, diciendo en Bruselas que es posible solucionar el supuesto conflicto con fórmulas distintas a la independencia. Otros grupos se limitan a decir que apoyaron algo para lo que no estaban preparados. Se ha abierto una llamada “vía Forcadell” que es una muestra perfecta del “donde dije digo, digo diego” que es una vía muerta para el independentismo.

 Ella renegó la primera para evitar las incomodidades de la prisión preventiva y poder inaugurar el inédito protocolo de entrar y salir de prisión en coche oficial. Así abrió el camino del simbolismo político para todo aquel que quiera seguirlo. Puigdemont, con la ayuda de Matamala mantiene, desde Bruselas, una vía que solo llega a Gerona y ha buscado una nueva marca para su viejo y despoblado partido antes convergente. Los “hackers” rusos y venezolanos han perdido el tiempo intentando ayudar a trayectos tan cortos e impotentes para agrietar la Unión Europea desde sus raíces hispánicas, góticas, cristianas y liberales. Las naciones no nacen ni mueren con un referéndum ni con “falsas noticias” porque son productos existenciales de la historia. No son símbolos sino edificios cimentados sólidamente a través de los siglos y de las contiendas.

El simbolismo nació a finales del siglo XIX como una tendencia artística y literaria de sustitución de la objetividad por la expresión imaginativa. Decían los pintores en el Café Volpini de París que había que pintar “de memoria” y no “frente al objeto” para justificar una independencia inconsistente y simplemente decorativa. Los escritores, como Rimbaud, buscaban “l’alchimie du verbe” la alquimia de la palabra contra el reflejo de la realidad. Pero hasta hoy no se hablaba del simbolismo político, aunque nació simultáneamente al simbolismo cultural bajo el nombre de nacionalismo. En España el simbolismo nacionalista cuajó en minorías catalanistas, como el “art decó” siempre distante de la realidad social. Por ello sus manifestaciones siempre fueron efímeras, en 1873, 1931, 1934 y 2017, por carecer del sustento popular efectivo más allá de las agitaciones promovidas desde la propaganda y la mistificación.

Lo que no había sucedido hasta la fecha es que el simbolismo político se proclamase como tal para encubrir la indignidad. Esto ha sucedido no se sabe si gracias a la sinceridad o a la claustrofobia de Carme Forcadell o por gracia del Artículo 155 de la Constitución, acatado y aceptado, y en el caso mencionado mediante pago de una fianza de 150.000 euros con cargo a la Asamblea Nacional Catalana. Ese simbolismo puramente retórico pretende presentar el proceso debatido y aprobado en la Cámara que presidía Carme Forcadell como unos Juegos Florales, aunque el magistrado del caso sigue considerando que aquellas actividades reúnen “todos los elementos que precisa la calificación de rebelión”. Líbrenos Dios de buscar una componenda jurídica entre las acusaciones de la fiscalía y las excusas de la defensa de tan sonado caso que será sentenciado, en su día, con la parsimonia implacable de la justicia. Pero lo que no podemos dejar de tener en cuenta en estos días es el desencanto de los estafados que se movilizaron y hasta acudieron a votar en condiciones precarias en sucesivos eventos organizados por los señores Puigdemont, Junqueras, Forcadell y compañía. Esas gentes que colaboraron como extras cinematográficos gratuitos para esta simbólica ficción. Habrá entre ellos quien tiene callos en las manos de portar los palos con las simbólicas banderas esteladas y quien se avergüence de haberse definido como públicamente iluso exponiendo en el balcón de su domicilio el frontal con la enseña simbólica que pretendía desplazar a la auténtica señera cuatribarrada. Habrá sesudos maestros arrepentidos de enseñar a sus alumnos lo que solo era una fantasía simbolista. Habrá analistas concienzudos preguntándose cómo han podido desaparecer las “estructuras de Estado” que decían tener preparadas. Habrá centenares de encuestadores buscando por teléfono la respuesta de las grandes masas que decían representar los del “Juntos por el Sí” que no aparecen ahora ni juntos ni acumulados más que en los cálculos risibles de la Guardia Urbana de Barcelona. Sólo se ven los náufragos de cada buque asaltando los botes salvavidas de las listas electorales de cada partido al que se le pronostica un cierto número de escaños, siempre y cuando se encarrilen en el objetivo legal y real de unas elecciones autonómicas nada plebiscitarias sino convertidas en un sálvese quien pueda del hundimiento del separatismo simbólico.

Este es el repliegue indigno y vergonzante que han provocado los comecocos de la política simbolista. Una broma pesada de niños perversos. Pero una broma que no ha sido tomada como tal por las empresas que se han apresurado a cambiar de domicilio social, por los que sufren la disminución de sus ventas o la rebaja de las ocupaciones de sus hoteles, por el índice de paro que crece mientras disminuye en el resto de la nación, por los inversionistas y para desprestigiar la imagen de una región que era tenida por la más europeísta de España y ahora la han disfrazado con la compañía de los exponentes del aislacionismo más cavernícola. Esto no se puede perdonar con la disculpa del simbolismo decorativo. No hay simbolismo que excuse a unas personas con ínfulas de estadistas de no saber que una nación es una realidad histórica construida sobre suelo firme, con lazos geográficos y humanos seculares tejidos a través de sucesivas generaciones, que no está sujeta a revisión ni con esta Constitución ni con ninguna. España no es un invento constitucional sino que la Constitución es una emanación de la realidad de España. Hispania no es la creación de ningún simbolismo sino una realidad existencial en la que los sueños simbolistas son solo una anécdota en los anales de la Historia. Con este indigno simbolismo político a las espaldas podrán presentarse a las elecciones divididos y mendaces, como siempre, los independentistas vergonzantes para competir por los cargos remunerados de un autogobierno legal, pero nunca podrán enfrentarse con éxito y a cara descubierta contra la unidad esencial de España.
 

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