Crisis monárquica o crisis juancarlista

Enrique Barrera Beitia
Soy un republicano que manda este artículo a Galicia Ártabra un día después de que se anunciase la salida de España del rey emérito. Sin embargo, estas líneas no nacen de un estado de ánimo puntual ni son fruto de la improvisación.

La primera etapa del reinado de Juan Carlos I abarcó la Transición. No estoy de acuerdo en que trajera la Democracia a España, porque es despreciar las masivas movilizaciones de la población, pero sería una necedad negar que ayudó mucho y fue determinante. Sólo él sabe si lo hizo por convicción democrática o por conveniencia política, pero es indudable que supo cual era el rumbo del viento de la Historia. Tuvo la opción de intentar ser un monarca autoritario con capacidad de ordeno y mando, pero apostó por una monarquía constitucional en la que el rey reina pero no gobierna.

El 23-F le legitimó en la izquierda. Sin embargo, aunque se ha escrito mucho sabemos poco sobre este intento de golpe de Estado, porque siguen sin desclasificarse documentos imprescindibles para saber cómo se gestó este movimiento militar, y qué papel jugó el rey. Hay una corriente de opinión, nada desdeñable que lo considera un auto-golpe, una versión españolizada de lo que conocemos como “la solución De
Gaulle”. No lo sé, porque esa falta de acceso a documentación clave impide hacer afirmaciones tan categóricas.

La segunda etapa es cuando liberada la política española de la tutela militar, Juan Carlos I pasa a un segundo plano, y encadena las supuestas tramas de corrupción económica y cuentas opacas en paraísos fiscales.

Y ahora, tres preguntas:

La primera es saber qué hicieron los partidos que han gobernado España para impedir esta lamentable deriva del rey emérito. La respuesta es: absolutamente nada.

La segunda es saber que hicieron los partidos que han gobernado España para consolidar la monarquía al margen del rey ahora expatriado. La respuesta es la misma, pero hay que matizar. No es descabellado pensar que la apatía socialista se deba a que vienen de una tradición republicana, y no es lo mismo el juancarlismo como excusa para aceptar temporalmente la Corona, que una conversión monárquica. Lo primero es aceptable para buena parte de sus votantes, y lo segundo es ampliamente rechazado por sus afiliados. Lo del PP es más difícil de explicar porque realmente son un partido monárquico
¿Animadversión contra un monarca que no quiso tomar partido en las disputas partidistas, como hicieron sus antepasados?

La tercera pregunta es saber si a la izquierda le merece la pena dar una batalla ahora para derribar la monarquía. Mi opinión personal, y reitero mi condición de republicano de izquierdas, es que esto es prematuro y contraproducente.

Es prematuro, porque aunque las pocas encuestas que circulan dan a una ventaja de 4-9 puntos a los partidarios de la República, no es una diferencia segura de mantener en una consulta ciudadana, y porque siendo los jóvenes muchos más favorables que los mayores a la forma republicana de gobierno, en diez años la distancia si puede ser ya insalvable.

Es contraproducente porque España tiene que abordar en los próximos años una reconstrucción peculiar de su economía. Digo peculiar porque no se trata sólo de recuperar el PIB de finales de 2019 (se alcanzará a finales de 2022 o comienzos de 2023) sino de tener una economía sostenible, un capital humano más productivo y un reparto más justo del dinero. Para cumplir esta enorme tarea, será conveniente no
enzarzarse paralelamente en otras batallas.

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