Pangea

Julia Mª Dopico Vale

Todos los pueblos, un solo pueblo; todas las tierras, una única tierra; como la que ocupaba hace más de trescientos millones de años el supercontinente bañado por el mar Panthalassa y que agrupaba la mayor parte de las tierras emergidas del planeta, “toda la tierra”, Pangea, un término que se convierte hoy y ahora además en el sugerente título del último trabajo discográfico del artista da “Terra Chá”, Abraham Cupeiro, intérprete junto a la Royal Philharmonic Orchestra dirigida por Dimas Ruiz.

Un disco que es un canto a la diversidad cultural de las etnias y un intento de unir pueblos a través de la música, algo para lo que Cupeiro se sirve utilizando instrumentos de viento adquiridos en sus viajes por el mundo o reconstruidos en su taller, como es el caso del antiguo dord, una trompa irlandesa de la Edad de Bronce cuya serie armónica condicionará las sonoridades de las posteriores gaitas.

Melodías creadas por el propio intérprete partiendo de los ancestrales instrumentos y creadas también por la magnífica compositora María Ruiz Santos evocando las sonoridades de Oceanía, en donde las caracolas se convierten en mensajeras de los misterios de las profundidades marinas; China, con sus legendarios xiao y hulusi, construidos con el bambú que simboliza integridad, elegancia, pureza y modestia pronunciándose en dulces, sedosos y sutiles colores; Norteamérica, con las flautas que descriptivamente retoman la leyenda de los hopi, el pueblo más antiguo del continente y el dios Kokopelli, capaz de derretir la nieve y hacer llegar la ansiada primavera; Sudamérica con el kuisi como un pájaro volando sobre las cumbres escarpadas próximas al Caribe colombiano y sus hermosos cantos sobre ecos orquestales de fuentes y ríos, las tormentas o el viento; África, en donde todo es movimiento,
todo ritmo fugaz, como el alma de los nómadas que con las fulas acompañan su incansable itinerancia; Arabia, con sus misterios cromáticos en el schofar y la zurna, oasis en medio de mares de arenas invitando al baile alrededor del fuego; Armenia, crisol de culturas entre Oriente y Occidente, éxodo evocador hacia tierras prometidas reflejado en el duduk; Bulgaria con sus canciones de pastores habitando las montañas de Rodopia, melodías errantes que despiertan los ecos del pasado; y finalmente nuestra Costa Atlántica, la que une a Galicia, Escocia, Irlanda y Bretaña, en donde mares de brumas orquestales, como niebla, dan paso a las fuertes y vitales gaitas y bombardas, a los antiguos cuernos de pastor y al prehistórico dord.

Un disco que refleja los diferentes modos de expresarse musicalmente los pueblos del planeta manteniendo un latido común, un pulso inquebrantable que va “in crescendo” y aumentando el interés permanente en el oyente. El lanzamiento de Pangea al mercado internacional será el próximo día 4 de septiembre, si bien podremos escuchar esta música en directo con Cupeiro y las bandas de Galicia para las que fue concebido este “sueño hecho realidad” en el que intervienen además los arreglistas Carlos Vázquez y Adrián Saavedra. Un libreto con magníficas fotografías de Víctor Formoselle con el propio Abraham caracterizado artísticamente por María Reboredo acompañan al cd.

Esperemos que también en Ferrol podamos disfrutar en vivo de este singular canto a la Madre Tierra.

Lea también

Paradojas

Gabriel Elorriaga F. La actual política española es más paradójica cada día. Los enemigos de …

Un comentario

  1. fracisco lopez santos

    CORO DE G A I T AS

    Ante el vuelo de los pájaros
    ritmo y energía de olas,
    vivencias de arena en el médano
    vida y muerte en el destino
    de lúcida ceguera
    ciega lucidez.

    Sonido sagrado
    de parajes druidas,
    efluvio ancestral
    que brota de la tierra.

    Canto original
    en el cauce onírico del viento
    visto al pasar ululando
    fabulas no escritas.
    Espíritu de aire ,
    agua , tierra, fuego.

    Y entre montes y ríos,
    rumor de manantiales
    que en la entraña ritual
    emite la matriz
    fecunda del mundo,
    para ordenar el caos
    y borrar la tristeza