Convulsiones primaverales

Gabriel Elorriaga F. (*)
  Hubo un tiempo en que los partidos gobernantes en España se debilitaron por la falta de nervio de sus dirigentes. La apatía de Rajoy y la estolidez de Zapatero crearon espacios vacíos que automáticamente fueron rellenos por partidos volátiles de creación rápida. Pablo Iglesias creó Podemos, más izquierda que el PSOE y Albert Rivera creó Ciudadanos, menos derecha que el PP. Sus grupos parlamentarios se abultaron con votos aburridos o asqueados del PSOE y PP y ambos partidos necesitaron negociar con ellos para completar mayorías suficientes y poder legislar y gobernar. Pero aquellos partidos oportunistas, apoyados por electores disgustados, no supieron legislar ni gobernar. Sus limitaciones comenzaron a asomar en las elecciones autonómicas y municipales y su decadencia a augurarse en los sondeos demoscópicos solventes. Faltos de futuro electoral ascendente, decidieron actuar como sabandijas y chupar la sangre de sus aliados ocasionales. Podemos la sangre del PSOE y Ciudadanos la sangre del PP. Esta primavera su tiempo había pasado y ya no volverán a ser lo que parecían ser. Iglesias lucha desesperadamente con fracciones de sus asambleas para evitar el riesgo de quedar por bajo del 5% que se exige en Madrid para obtener representación parlamentaria. Arrimadas, abandonada de sus elementos más valiosos, intenta jugar con gentes pertinaces de la traición. Isabel Díaz Ayuso y Ángel Gabilondo son gigantes frente a los dos. El bipartidismo ha resucitado esta primavera a la vez que aquellos partidos fallidos entran en convulsiones fatídicas.

Estas convulsiones han sido estimuladas por el vicio original de Pedro Sánchez de conquistar el poder con una moción de censura y prorrogarlo con unos resultados mínimos y la asociación con una izquierda comunista y el apoyo externo de los partidos separatistas antiespañoles. Ahora ha intentado romper las presidencias autonómicas del PP con mociones de censura basadas en traiciones contagiosas, no logrando más que el gatillazo de Murcia seguido por el gatillazo de Castilla y León y evitada la maniobra en Madrid gracias al adelantamiento electoral de Díaz Ayuso. El error consistió en creer a aventureros de la política, como Iglesias y Arrimadas, y desconocer la verdad de unas bases desengañadas de sus piruetas. Nadie ha tenido que comprar a nadie porque la resistencia a las maquinaciones de Sánchez no eran cuestión de intereses sino la evidencia de que quienes han traicionado sus ideas son sus dirigentes, pues las bases sabían que estaban donde estaban para evitar la deriva sociocomunista del centrismo o para provocarla. Estaban hartos, como la mayoría de los españoles, de la inestabilidad, incompetencia y arrogancia de Pedro Sánchez y sus adláteres. Por eso las maquinaciones han fracasado y seguirán fracasando y las convulsiones del poder anuncian un cambio de tendencia que probablemente se fortalecerá con los resultados madrileños.

Las madrileñas

¿Están los grandes partidos nacionales en condiciones de aprovechar esta resurrección del bipartidismo en beneficio de cada uno y, sobre todo, de la estabilidad y el prestigio de España? Actualmente no, por el déficit de liderazgo de sus dirigentes y la dificultad en difundir programas creíbles y atractivos con sus actuales equipos de confianza. Pero, actualmente, no quiere decir ahora mismo ni para siempre. Lo que hace poco parecía imposible en los barómetros cocinados del CIS de Tezanos puede suceder pasado mañana: que el PP duplique sus escaños, como ahora los va a duplicar, según todos los pronósticos, Isabel Díaz Ayuso a nivel madrileño, en unas elecciones con repercusiones nacionales, como todo lo que sucede en la capital del Reino. Estas elecciones “madrileñas” no son singulares por el hecho de que los habitantes de la Comunidad vayan a votar en un día laborable y, por tanto, más propicio a la movilización de los trabajadores. Ni porque vayan a votar sin que lo hagan el mismo día las otras autonomías o los ocho mil municipios españoles. Esta vez no se distingue a las elecciones por su nombre común de elecciones autonómicas sino como “las madrileñas”, observadas con especial atención por los demás españoles que viven fuera de los límites de esta provincia convertida en la región de más atractivo económico y dinamismo social de España. Estas “madrileñas”, por su singularidad, van a provocar una onda expansiva que se va a detectar hasta en niveles internacionales. Un vicepresidente segundo del Gobierno, utilizando su cargo como megáfono para seguir braceando desde el banco azul por conseguir un rango menor en un parlamento regional. Un presidente del Gobierno aprovechando la coyuntura para sobreponer a una vicepresidenta económica europeísta sobre una vicepresidenta social-comunista, sin que sus camaradas se atrevan a levantar la voz. Son síntomas de que en la coalición de Gobierno se está rompiendo algo. Mientras, espera ver qué rumbo toman los independentismos catalán y vasco que, hasta ahora, y a través de Iglesias, le prestaban un apoyo colateral esperando pacientemente “amnistía y referéndum”. El bloque Frankenstein se está derritiendo mientras el bipartidismo se está reanimando y hasta Ángel Gabilondo se adelanta a desprenderse en su hipótesis de gobierno de Pablo Iglesias al que, sin embargo, había asumido como vicepresidente del Gobierno de su partido nacional.

De reunificaciones

Pablo Casado proclamó en Murcia, tras el fracaso de la moción de censura contra Fernando López Miras que: “Empieza en Murcia la reunificación del centro-derecha en torno al PP por la base, para ser una alternativa ganadora frente a Sánchez y sus socios”. Esta afirmación encierra un matiz aclaratorio. Se trata de una reunificación “por la base” no por las cabezas. Por ahora no hay una reunificación en las cumbres pero el instinto de las bases electorales y los cuadros intermedios demanda un esfuerzo en este sentido para desplazar del poder a unos gobernantes incompetentes y mentirosos y anteponer los intereses de España a las piruetas de los partidos fallidos que han condicionado la gestión pública. No existe en las alturas la lucidez que en los valles. El propio Casado debería preguntarse si se ha realizado la reunificación interna de su propio partido antes de pretender integrar en el mismo a los trasladados de los demás.

Capítulo aparte merece VOX, la asignatura pendiente que probablemente será importante en las “madrileñas” y quizás también en futuras generales. No se puede caer en la trampa de la izquierda de considerar a este partido como una peligrosa extrema derecha, casi nazifascista, que debe ser desterrada de un sistema constitucional al que nunca ha mostrado enemistad, como en cambio sucede con Podemos y con sus amigos separatistas. VOX solo es una disidencia encorajinada del PP, dibujada con los trazos gruesos de quienes nunca han necesitado hacer equilibrios y establecer compromisos realistas desde la gestión ejecutiva. Con el voto fugado de VOX habrá que contar si se habla de reunificación, cuando menos “por las bases”, para hablar en términos casadistas. Pero, a la postre, no bastará con los instintos básicos sino que será necesario un sentido del Estado de los dirigentes y comenzar a hablar seriamente y no solo contentarse con manejos apresurados para salvar unas autonomías o unos ayuntamientos. Está bien que en las “madrileñas” PP y VOX no se ataquen unos a otros pero la reunificación del centro-derecha, cara a unas futuras elecciones generales donde la regla D’Hondt marca su sello, tendrá que ir más allá de una relativa recuperación de votantes. Será preciso un acuerdo dirigente. La reunificación exigirá diálogo y negociación con todos, hacia el centro y hacia la derecha, del mismo modo que con todos hizo sus cuentas la izquierda.

(*)-Ferrolano, Ex diputado y ex senador.

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