La decadencia de las artes

Enrique Barrera Beitia

Adelanto que escribo un artículo políticamente incorrecto, pero me vence la sensación de que nos dejamos tomar el pelo por el mundo del arte (o por los marchantes que lo comercializan), porque no queremos ser el niño que gritó ante todos que el Rey estaba desnudo. Mientras el desarrollo científico y tecnológico progresa espectacularmente, las artes recorren el camino inverso; se puede aceptar cierta renovación conceptual en todas ellas, pero la regresión técnica es evidente en algunas.

Históricamente, los artistas eran unos artesanos que pulían sus defectos hasta alcanzar la plenitud artística en la segunda mitad de su existencia; ahora nos invade un efebismo, y se considera poco menos que fracasado al que no es famoso a los treinta años.

Creo que es un hecho indiscutible, que la escultura alcanzó su apogeo en la Grecia clásica y helenística, y que la pintura hizo lo mismo durante el barroco de los siglos XVII y XVIII, salvo que se entienda que la volumetría, la tactilidad, la profundidad del cuadro y el movimiento de sus personajes no conforman el cuerpo técnico de una obra. No caeré en la crítica fácil de descalificar las posteriores escuelas; es obvio
que aunque el impresionismo es una pintura sin dibujos, mezcla admirablemente los colores, y encuentra en la volatilidad de la sociedad la razón alegórica para desvanecer sus figuras. El expresionismo, cubismo, la pintura abstracta, el dadaismo, el surrealismo, etc, fueron vanguardias rupturistas que murieron rápidamente, incapaces de consolidarse. Es demostrativo de esto que en la mente del público, no haya ninguna obra digna producida después del Guernica de Picasso.

¿Cuantas óperas se han escrito en los últimos cincuenta años? ¿Cuantas sinfonías? Se salva el teatro y la literatura, aunque el mundo de la poesía es para mí de una notable mediocridad. El relato de renunciar a la rima y la métrica “para escapar de los corsés del academicismo”, es simplemente una mala excusa para ocultar las deficiencias técnicas.

Aunque menguante, es verdad que hay producción en el teatro, y en ocasiones con apuestas muy vanguardistas; en el Pazo de la Cultura de Narón, por ejemplo, se puede ver muy buen teatro. Donde sí se ha producido un progreso general es en el cine, aunque curiosamente, nos encontramos a toda una pléyade de críticos empeñados en negar lo evidente.

Dejo aparte la arquitectura, donde a un lento encadenamiento histórico de estilos (románico, gótico, renacentista, neoclásico, etc) sucedió una notable amalgama en el pasado siglo (modernismo, la Bauhaus de Gropius, el constructivismo ruso, Le Corbusier, etc), y un eclecticismo actual que sobrevive por la demanda de las grandes ciudades de tener una arquitectura de referencia. La funcionalidad de parte de
estas construcciones (que cumplen el papel de las antiguas catedrales) ha sido sacrificada por la necesidad de impactar en el espectador, como es el caso de la inservible Ciudad de la Cultura de Peter Einsenman en el monte Gaias, o de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Calatrava en Valencia, mientras que otras
construcciones, como el Guggenhein de Frank Gehry en Bilbao, o el Reichstag de Norman Foster en Berlín, han logrado combinar ambas demandas.

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