Sabores ártabros-A Maruxaina. Una sirena varada en Curuxeiras

José Perales Garat

Cuando me enteré en la prensa de que un cocinero local estaba detrás de conseguir la concesión del antiguo Yate, me llevé una gran alegría: Volvía a abrir un local que para mí tenía mucho significado por ser parte de los primeros pasos de lo que hoy es mi familia en un entorno que para mí siempre ha sido uno de los más fabulosos paisajes urbanos de Ferrol. Sí: algunos tenemos la manía de deconstruir para volver a construir, o de derribar en nuestra mente lo que, a nuestro entender, afea un espacio humanizado, así como hacen los cocineros modernos con ciertos platos… con desigual suerte en ambos casos.

La cosa es que en el artículo se mencionaban las iniciales del empresario hostelero que
andaba detrás del asunto, un tal AGR… y entonces pensé que tenía que ser Álvaro, ese compañero de clase de toda la vida con el que aprendí lo poco que sé de fotografía, con el que crecí y con el que de tantas cosas hablamos (también de cocina) la decena larga de años en los que fuimos compañeros de colegio. Álvaro, como muchos sabéis, lleva la cocina en las venas, ya que es uno de los herederos de la tradición culinaria de ese añorado Casa Tomás que tantos opíparos banquetes ofrecía cuando sus puertas eran un continuo ir y venir.

Recordé en apenas un instante cuando me contó que cambiaba de carrera porque quería irse a Santiago a estudiar lo que siempre había sido su pasión, recordé la visita que le hice en Madrid cuando trabajaba para una empresa cervecera que no tenía la fama de la que goza ahora, recordé buscarlo en Coruña y alguna de sus reflexiones acerca de que a los ferrolanos nos costaba abandonar nuestros hábitos, y le escribí un mensaje preguntándole si era él el que andaba detrás del asunto, a lo que me contestó que fuera discreto, que las cosas tienden a torcerse más veces de las que nos gustaría.

Hoy, después de una absoluta deconstrucción, A Maruxaina es una sirena varada en
Curuxeiras que nos lleva de viaje a los lejanos mares de Japón y México y a otros en los que se fusionan sabores, texturas y olores que -seguro que él tenía razón- a los ferrolanos nos costaba reconocer como nuestros, tal vez por esa crisis que nunca acaba de irse y que nos dejó tan faltos de amor propio y de ganas de emprender. Sólo por eso, por haberse ido y haber vuelto, ya merecería que nos acercáramos a ver qué se cuece por allí, pero hay mucho más: un local cuidado, una situación excepcional en el barrio en el que nació la ciudad, una oferta totalmente diferente y una sabiduría en los fogones que sólo tienen los que han dado sus primeros pasos entre ellos.

Puede ser que Álvaro, que como todos sus hermanos hizo bastante más que sus pinitos en la natación, sea esa sirena que nos atrae con unos cantos extraños, una maruxaina gallega que ha viajado tanto que dice nigiri, maki, uramaki, sashimi, chipotle o pibil y que nos atrae a unas rocas que sólo encierran el peligro de que queramos saber más y vayamos saliendo de ese letargo que está durando demasiados años ya y que nos hizo olvidarnos de que siempre fuimos la más cosmopolita de las ciudades gallegas.

Y creedme cuando os digo (cosas de conocernos y ser amigos desde hace más de cuatro décadas), que el timonel de esta nave sabe capear las peores tempestades y cantar mientras espera la bonanza, y que sabrá renacer en forma de pez o de humano cuando haga falta, ya sea cocinando como los ángeles o apenas tratando un producto que siempre ha respetado con la misma honestidad que ha demostrado en todo lo que ha hecho, como me contó siendo chef en Baleares, cuando cambió de proveedores ante la sospecha de que le intentaban dar gato por liebre. Aunque en realidad él no ha vuelto porque nunca se había ido, y también porque en su carta nos demuestra que todavía no ha acabado el viaje, solo que ahora nos ha invitado a todos a acompañarle.

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