Ferrolanos en el Sáhara

Enrique Barrera Beitia
En alguna ocasión he aprovechado el espacio que me brinda Galicia Ártabra, para relatar las penalidades de los vecinos de Ferrolterra, Eume y Ortegal en los campos nazis. También los hubo en mucho menor número, en una docena de campos ubicados por las autoridades francesas de Vichy en el desierto del Sáhara, para construir el ferrocarril transahariano.

Entre Djelfa (al borde del desierto) y Kenadsa (minas de carbón), pasando por Bou Arfa (minas de manganeso), unos 4.000 exiliados republicanos y 3.500 judíos franceses fueron obligados a trabajar en condiciones similares a las de los campos nazis de trabajo esclavo. El almirante Darlan, que presidía el gobierno francés, era consciente de que los españoles tenían la condición de refugiados políticos, y que
no pesaba sobre ellos ninguna condena que justificara su internamiento. Para evitar problemas legales “aconsejó” que se les abonara un ridículo salario de 2 francos diarios, cuando el de un trabajador libre en las zonas urbanas superaba ya los 100.

Han sido pocos los investigadores, como Eliane Ortega Bernabeu, Bechir Yazidi y Bernabé López García entre otros, que han estudiado este exilio en el norte de África, y a falta de datos oficiales, se calcula que murieron 400 y 800 españoles; pese a la deficiente alimentación, que provocaba un promedio de 15 kilos de pérdida corporal, la mortalidad la provocaban las epidemias de disentería, las picaduras de escorpiones
y víboras, y las torturas (como mínimo, doce en Hadjerat M´Guil y diez en Djelfa).

A mediados de noviembre de 1942, las autoridades francesas en el Magreb firmaron un armisticio con los aliados que habían desembarcado, pero tardaron meses en liberar a los presos, obligados por los anglo-estadounidenses que inicialmente se habían despreocupado de este tema, pero que reaccionaron ante una descomunal ofensiva de la prensa, destacando los artículos de “The New York Times” y “The New York Post”. La inteligencia estadounidense elaboró informes señalando que las condiciones de internamiento eran “imposibles de creer”, y también el cónsul de España en Uxda informó en idéntico sentido, pidiendo 16.000 francos para repatriar a 1.200 presos que en su opinión, podrían regresar a España con garantías de no ser fusilados o encarcelados.

En la foto de la izquierda, exiliados republicanos. Meses antes de su liberación, se les aumentó la ración alimenticia para que estuvieran más presentables. En la foto de la derecha, una tortura típica, “le tombeau”. El preso excavaba una tumba y tenía que estar metido en ella todo el día. En la foto se ve como sus compañeros les han puesto una lona encima para protegerlos del calor.

Sin embargo, los intentos del gobierno de Franco de repatriar a exiliados “recuperables”, o de lograr la deportación de otros para juzgarlos, fracasó por la precoz detección por parte del espionaje francés de la Operación Cisneros, cuyo objetivo era invadir el Oranesado. Las relaciones entre Franco y Pétain, que
habían sido muy buenas, se truncaron definitivamente.

Entre los casos que nos afectan más de cerca, destacaría el de Victoriano Barroso Fernández, condestable de la Armada y ajustador de Telémetros, nacido en Ferrol en 1914, que llegó a Orán a bordo de un buque aljibe. Cuando se les comunicó que Francia se ha rendido, cantó la Marsellesa, por lo que sufre a finales de octubre un simulacro de fusilamiento con balas de fogueo. Internado en Ain Sefra, cuando los guardas empiezan a golpearle, se revuelve, y como castigo le atan a un caballo que lo arrastra. Intentó escapar dos veces, y sufrió múltiples castigos, pero un sargento francés al que Victoriano había salvado la vida, lo recogió reducido a estado casi esquelético y lo llevó un hospital en Colom-Bechar, donde estuvo dos meses recuperándose. Tras la guerra, vivió en Francia y escribió un relato sobre sus vivencias.

Lea también

Desde la Frouxeira en estado de dolce far niente

Pedro Sande García   Son las once y media de la mañana y me encuentro …