Del salvaje oeste al salvaje modelo económico (I): la deuda estudiantil en los EE.UU.

Pedro Sande García

 

En un principio, el objetivo exclusivo de este artículo era hablarles de la deuda estudiantil en los Estados Unidos de América, pero cuando comienzo el viaje de escribir desconozco como será el resto del trayecto, el itinerario va surgiendo al mismo tiempo que las palabras se posan sobre la cuartilla. Así ha ocurrido en este caso donde centraré la mayoría de mí escritura en la otra parte del título: el salvaje modelo económico.
Antes de continuar me gustaría indicarles que utilizaré, para citar a los Estados Unidos de América, otras denominaciones: Norteamérica, EE.UU. o simple-mente los Estados Unidos.

Fue entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX cuando los Estados Unidos iniciaron su expansión hacia la costa oeste. Un hecho histórico que originó e inspiró un género cinematográfico, el western, que se acuño con diversos términos, entre ellos uno de los más usados fue el de La conquista del salvaje oeste. Un adjetivo, salvaje, que nunca he tenido claro si fue debido al entorno natural o a los mal llamados indios salvajes, primitivos moradores de los territorios invadidos y poseedores de una cultura ancestral que fue destruida por los auténticos salvajes de esta historia, los colonizadores. Que nadie piense que se encuentra ante un alegato contra los Estados Unidos, el comportamiento de estos colonos no es exclusivo de la memoria de este país, la historia nos muestra innumerables ejemplos en los que el ser humano, en su faceta de conquistador o invasor, ha tenido un comportamiento brutal y salvaje.

A lo largo de su corta historia, Estados Unidos ha demostrado ser un país de grandes contrastes, para lo bueno y para lo malo, y la economía es un ejemplo de esos contrastes. La primera potencia económica mundial es también el país, del grupo de países denominados ricos o desarrollados, de las grandes oportuni-dades pero también de los grandes fracasos, y eso convierte a muchos de sus ciudadanos en auténticos héroes o unos simples parias. El país de las libertades es el máximo exponente del liberalismo económico llevado a su máximo extremo, el ultra liberalismo económico. Como primer ejemplo del entusiasmo por este modelo económico citaré el caso de la sanidad.

Cualquier ciudadano Norteamericano puede escoger con total libertad su seguro médico y el servicio que desee que se le preste, eso sí, siempre en función de sus capacidades económicas. Estados Unidos es el país con el mayor gasto sanitario por habitante del mundo pero también es el país que lleva a millones de sus ciudadanos a la ruina en el caso de estar afectados por una enfermedad grave o, en muchas ocasiones, a la tragedia de no poder ser tratado del padeci-miento. Su modelo sanitario es uno de los ejemplos más contundentes de lo que el modelo liberal propugna y quiere implantar en muchos países donde la sanidad pública es un ejemplo de servicio y justicia social. Este modelo basa su gestión, en aras de hacerla, según dicen, más eficaz y eficiente, en la
externalización, palabra clave usada para maquillar lo que es una auténtica privatización de los servicios y cuyo único objetivo es maximizar los beneficios económicos de los grandes grupos empresariales. Esta eficacia y eficiencia es un argumento, por lo dicho anteriormente, que queda invalidado en el caso de los Estados Unidos, pero además es un modelo que acrecienta la injusticia social siendo solo válido para aquellos que poseen  la suficiente capacidad económica.

Otro ejemplo de este modelo económico, al que hace referencia el título de este artículo, es la deuda estudiantil. Estados Unidos es el país del mundo con más premios Nobel, el país de los grandes descubrimientos científicos, de los grandes avances tecnológicos, el país que lidera el progreso en ciencia y medicina y también el país en el que cualquier ciudadano tiene la oportunidad de estudiar una carrera universitaria. A los estudios universitarios les ocurre lo mismo que a los servicios sanitarios, se podrá acceder a ellos siempre que se tengan los recursos económicos suficientes, en caso contrario se deberá desistir o pasar a engordar la deuda estudiantil, una deuda que en la actualidad está cifrada en cerca de 1.700 millones de dólares y que supera a la deuda automovilística o la de las tarjetas de crédito. A este dato hay que añadir que aunque la gran mayoría de los estudiantes se acogen a un plan para devolver la deuda en un plazo de 10 años, la realidad dice que los estudiantes gastan, de media, casi 20 años en devolverla. En la actualidad, el 30% de toda esa deuda está en riesgo de impago.

Para no abrumarles con más cifras, dos últimos ejemplos que describen este salvaje modelo: 7 de cada 10 estudiantes, el 70% de los universitarios, de último año se gradúan en números rojos. En las últimas cuatro décadas el precio de los estudios universitarios aumento cuatro veces más que la inflación, lo que está llevando a una situación en la que los estudios universitarios son cada vez más inasequibles para muchos ciudadanos norteamericanos.

Me van a permitir que por un momento salga de los Estados Unidos de América y les hable de nuestro país. Recuerdan ustedes cuando hasta hace pocos años en España un estudiante terminaba sus estudios universitarios y con su título debajo del brazo estaba en disposición de acceder al mercado laboral. Fue a partir de los años 80 y 90, con la descentralización de las universidades y el incremento de las becas y ayudas públicas, cuando aumentó, de manera exponen-cial, la posibilidad de acceder a esos estudios universitarios. Ya dentro del siglo XXI con la Declaración de Bolonia (año 1999) y la creación del Espacio Europeo de Educación Superior ( EEES ), cuyo objetivo es adoptar en los países de la unión Europea un sistema comparable de titulaciones, nos encontramos
con un nuevo modelo universitario donde en paralelo a la reducción de los años de estudio se produce un considerable aumento de las tasas universitarias, es decir, menos años de estudio más coste. Este nuevo modelo viene acompañado de la obligatoriedad, en algunas carreras universitarias, de realizar un master post grado para poder acceder al mercado laboral. En aquellos casos en los que el master no es obligatorio, la realidad confirma que, sin él, acceder al mercado laboral es mucho más complejo. En realidad el master, que supone un importante desembolso económico, ha supuesto la privatización
de una parte de los estudios universitarios. Permítanme que me carcajee con el tema de los master, creo que se han convertido en motivo para la chanza, tanto por la facilidad con la que algunos políticos lo realizan como por la proliferación, sin control, de todo tipo de master, a modo de ejemplo les citó uno: Master online en cata de vinos. El tema de los master daría para otro artículo y mi objetivo es llamar su atención sobre la amenaza que esta inicial privatización de los estudios universitarios puede traer en el futuro.

Lo mismo ocurre con nuestra excelente sanidad pública que se ve amenazada por el afán privatizador de los defensores del modelo liberal, que lo único que
garantiza son los grandes beneficios empresariales. No podemos permitir una deriva que nos lleve al modelo de los Estados Unidos. Dejemos el modelo más salvaje de la economía para el país que ya está acostumbrado a los excesos, para lo bueno y para lo
malo.

Como les decía al principio de este artículo en el viaje de escribir desconozco el trayecto y este va surgiendo según las palabras se posan sobre la cuartilla, ocurre lo mismo que cuando los vientos y las corrientes manejan una embarcación a la deriva. En este caso, cuando el artículo estaba casi terminado, a la espera de las correcciones finales, los vientos me llevaron por un nuevo rumbo cuando comencé a ver la serie Dopesick, un retrato demoledor sobre la crisis de los opioides en los Estados Unidos de América, lo que se convirtió en la segunda parte de esta crónica y que en unos días podrán leer en este diario.

Cuídense mucho.

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