Sabores ártabros-Ana, Ana y Ana

José Perales Garat

En mi casa se comió bien hasta cuando no había un duro, seguramente gracias a un ingenio agudizado por la carestía que tantos años arrastró España; recuerdo bastante bien lo que comíamos porque yo empecé a ir a la plaza muy pequeño, y he de decir que, gracias a que no estaba excesivamente lejos, no tenía que caminar demasiado las muchísimas veces que tuve que regresar a corregir mis errores gracias a la manifiesta maldad de alguna placera que me timaba vilmente ofreciéndome productos que sabían que no eran lo que les pedía. Eso me hizo espabilar y preguntar todo muy bien antes de acercarme a unos puestos en los que me acabaron conociendo y, hasta cierto punto, respetando.

¿Qué por qué cuento esto? Pues primero porque sí, y segundo para reflejar que todavía quedamos por aquí muchos comensales que vivimos tiempos en los que las meigas sólo se compraban para los enfermos y la mayoría de los pescados sólo para ciertas ocasiones muy especiales en las que los niños no participábamos.

Mis padres y su generación, al menos en mi entorno social, no solían salir a cenar ni a comer fuera, sino que compraban, preparaban y servían en casa aquellos alimentos con los que convidaban a sus allegados en ciertas ocasiones, porque en Ferrol no se invitaba, sino que se convidaba, que significa exactamente lo mismo y tiene el mismo origen latino: vivir. ¿Cómo se os queda el cuerpo? ¿Habíais pensado alguna vez que ambas palabras significan poner en común vuestra vida con otro? Pues así se era de hospitalario antes, al menos cuando se podía.

Pero dejémonos de latinajos por un momento, luego seguimos: mi madre era famosa por sus convites, ya que con relativamente poca cosa era capaz de complacer los paladares más exquisitos gracias a las artes aprendidas de su madre. Su fama traspasó nuestras puertas, y hubo una época de su vida en que impartió clases de cocina en las que enseñaba a amas de casa las muy poco secretas recetas de su familia. Siempre tuvo un punto innovador, y todavía guarda por casa sus libretas de cocina hechas con recortes de revistas como el Burda (una revista de costura alemana cuyos viejos ejemplares se apilaban en casa) u otras que ocasionalmente aparecían, por lo que el menú de las navidades se componía de recetas que no eran frecuentes en ese Ferrol que se iba empobreciendo entre huelgas, cierres y traslados de unidades militares.

De la mezcla entre esa cocina y la de Carmen (la muchacha que contrató mi abuela y a la que enseñó a cocinar en los años treinta, de la que ya os contaré muchas más cosas), mi hermana Ana desarrolló su propia cocina, que lleva recogiendo en su blog http://recetasdeanaperales.blogspot.com/ desde 2013. Su blog es una especie de recetario personal francamente útil y original en el que va contando casi cualquier cosa que se le ocurra cocinar, además de anécdotas o viajes. Mi hermana Ana bebe de la cocina de nuestra madre como ésta bebió de la de la suya, pero sin duda con su propio estilo gastronómico, sus innovaciones y su manera de entender la cocina, que siempre es parte de un bagaje cultural propio.

Mi sobrina Ana sin duda ha probado las recetas de su abuela y probablemente muchas de las de su tía, además de la de su madre y su otra abuela… pero se diferencia de las otras Anas de mi familia en que ella se graduó en la Escuela Superior de Hostelería de Galicia y actualmente pasa su vida entre los fogones del Teatro Real, después de haber dado vueltas en un periplo que la ha llevado desde México hasta Florencia. Sus raíces y tradiciones están plantadas en el mismo sitio que las mías, e incluso diría que compartimos el mismo tronco, pero sus ramas y floración apenas se reconocen como de la misma especie, como si los esquejes injertados por un jardinero loco hubieran dado un fruto completamente distinto al del árbol original.

En mi casa se sigue comiendo bien en este mundo acomodado en el que muchos vivimos por ahora. Los ingredientes a nuestra disposición son más ricos y variados, con orígenes completamente distintos y con un exotismo que ya ha llegado incluso a nuestros agricultores o ganaderos. Que mi madre hiciera una quiche lorraine o roast-beef con budding de yorkshire hace décadas con los ingredientes que se encontraban en nuestras plazas, mi hermana Ana sea capaz de fusionar las cocinas mexicana, italiana u oriental con la ferrolana o mi sobrina Ana haga piedras comestibles son un reflejo de la historia de España, de su educación, del respeto al legado recibido y del propio esfuerzo, pero las caras visibles de un mismo poliedro del que todas las caras forman un todo y en el que tres mujeres inquietas y curiosas han querido transmitir su arte en una de las más sublimes actividades que un ser humano puede desarrollar, evidenciando así que en la cocina, como en la música o la pintura, los tiempos cambian que es una barbaridad, pero también que sin una base a la que agarrarse, es casi seguro que más tarde o más temprano nos daremos un tortazo.

Y por eso os invito, o convido, a mirar atrás y a sorprenderos con nuestra evolución a la hora de comer, con los ingredientes ahora habituales de cuya existencia apenas sabíamos hasta hace poco o con la evidencia de que el ser humano es capaz de lo más sublime cuando trasciende de las meras enseñanzas recibidas y decide tomar su propio camino para mejorar, pero sin olvidarse de todo lo que nuestros mayores nos han enseñado y seguirán haciendo mientras tengamos ojos para ver y oídos para escuchar, porque estoy seguro de que en vuestras casas ha pasado exactamente lo mismo, o una historia parecida.

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