Entre F y F

 Por Gabriel Elorriaga F.(ex diputado y ex senador)

En nuestros días se dio la circunstancia de que un presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, abandonase dicho cargo para ser elegido presidente nacional del Partido Popular y, como consecuencia, posible candidato ganador a la Presidencia del Gobierno de España si se celebran unas elecciones generales en plazo previsible. Hace años, un presidente nacional del Partido Popular -su fundador Manuel Fraga Iribarne– abandonó esta presidencia para ser elegido en sucesivas convocatorias presidente de la Xunta de Galicia. Feijóo definió su concepto de partido para clarificar unos malentendidos de aproximación a los nacionalismos para favorecer la aceptación en Cataluña y el País Vasco de sus ofertas minusvaloradas en ambas regiones. Feijóo dejó dicho en el congreso del partido que lo eligió: “El PP no es un partido confederal, el PP es un partido nacional único”. No dejó lugar a dudas.

La preocupación de ambos políticos -escribió en su día Jesús Posada, entonces presidente del Congreso de los Diputados- ha sido encontrar el adecuado equilibrio entre la unidad de España y la capacidad de autogobierno de las regiones”. Fraga, cuando miembro de la ponencia constitucional, tuvo que asumir, contra su propio criterio y contra la intransigencia de algunos miembros de su partido, el apoyo a un texto constitucional consensuado en el que se forzaba la inclusión de la ambigua disyuntiva de “nacionalidades y regiones”. Dejó bien clara su posición contraria en su discurso de defensa de su voto particular pronunciada el 18 de julio de 1978 en la que profetizó los conflictos que provocaría esta redacción del Título VIII del proyecto pero comprendió, con altura de miras, que era más útil para garantizar la unidad de España la aprobación por amplísima mayoría y ratificación popular de la Constitución y sus principios de salvaguardia de la indisoluble unidad de la nación española que una ruptura del consenso que situase a la derecha en un lugar de marginalidad ante una nueva era política. Su inteligente posición le valió críticas desde sectores intransigentes que el tiempo arrumbaría como políticamente inoperantes.

Fraga y Feijóo fueron elegidos senadores por Galicia. Fraga tuvo el privilegio, por razones de edad, de presidir la sesión constituyente del Senado en 2008. En 2010, en el último capítulo de su vida política —se sintió aludido por el senador Pérez Bouza, nacionalista gallego, por votar con los demás senadores del Partido Popular contra la ridícula propuesta para que todas las actividades del Senado se desarrollasen en cada una de las lenguas cooficiales de cada autonomía, utilizando auriculares de interpretación simultanea para hacerse entender entre unos y otros parlamentarios todos los cuales se entendían perfectamente en español sin ningún problema. “Entre ellos —dijo Pérez Bouza— me preocupa que esté don Manuel Fraga que durante dieciséis años fue presidente del gobierno Gallego. Hoy va a votar en contra, señor Fraga, de que se pueda utilizar el gallego en esta Cámara” Fraga saltó de su escaño para pedir la palabra por alusiones y dijo: “Me siento profundamente gallego que es mi forma de ser español, pero no le consiento a este señor que acaba de hablar que me dé lecciones de nada y mucho menos de galleguismo”. Fraga sabía que a efectos simbólicos y como consideración ritual hacia las lenguas regionales estas se usaban en la Comisión General de las Comunidades Autónomas. Ahora, en la época de Feijóo, se ha presentado una grotesca propuesta para reformar el reglamento del Congreso en este sentido, firmada por el partido-parásito “Podemos” y su cuadrilla de separatistas que parece una provocación anticonstitucional en el seno de la infame y declinante coalición sanchista. El objetivo sería una nación sin español que dejaría de ser España para convertirse en una babélica federación plurinacional. Sobre este tema de las lenguas, en sentido contrario, se ha intentado dudar del españolismo de Feijóo por el intenso cuidado del gallego en la lengua y cultura de esta tierra, asimilándolo a las políticas de inmersión fraudulenta de los nacionalismos en el País Vasco y Cataluña. Nada tiene que ver el uso bilingüe del gallego en Galicia con la hostilidad hacia el español de los nacionalismos separatistas ni con sus intromisiones abusivas y colonialistas para forzar su expansión en autonomías próximas, como es el caso de Navarra o Valencia. Sin necesidad de subrayar comparaciones odiosas, conviene saber que nada tiene que ver el uso del gallego, comprensible como precedente lingüístico del castellano y el portugués, con una isla idiomática prelatina como el vasco, que es un monumento arqueológico y no un sistema lingüístico extrapolable. El catalán es un idioma latino con una familia de variantes costeros, fraterno del español. Solo la contumacia de los divididos partidos separatistas contribuye, con sus farsas pseudojurídicas y sus presiones escolares a provocar anticonstitucionalidad y antipatía en torno a esas hermosas lenguas regionales.

Es lamentable que la desinformación actual sobre temas culturales no explique que el gallego es la lengua madre de los españoles. Fue la lengua poética de las cantigas medievales y siguió siendo lengua rimada para poetas de la generación del 27, como Gerardo Diego Federico García Lorca, por ejemplo, del mismo modo que lo hacía Alfonso X el Sabio quien, a la vez que pulía el creciente castellano, escribía en gallego “As cantigas de Santa María” que fue la primera obra multimedia de nuestra literatura, ya que llevaba consigo imagen y música. Desde el ángulo noroeste el gallego alimentó la evolución hacia el portugués y el castellano como dos alas de un vuelo global, el de la Iberofonía, que hace que hoy podamos sentirnos orgullosos no solo del español hablado por 600 millones de personas sino también de un halo de comprensión internacional de 900 millones si entendemos que la Iberofonía, de la que es raíz el gallego, está extendida por Europa, América, África y Asia gracias a la vocación exploradora de España y Portugal. Son lenguajes familiares que se entienden sin necesidad de estudiarlos. Esta dimensión universalista explica la atención especial al gallego por los gallegos que nada tiene que ver con las estrecheces de los nacionalismos idiomáticos. Toda forma idiomática arraigada entrañablemente en un grupo humano merece respeto y conservación, sea el bable, el aranés o el panocho. Pero el gallego se proyecta en un plano distinto, como llave de la Iberofonía. La Iberofonía es odiada por los nacionalismos de pretensión monolingüe que intentan manipular la lengua como arma de separación política. La Iberofonía como el bilingüismo son ideas demasiado grandes para sus mentes sediciosas.

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