La inmediatez nos ha convertido en unos mediocres

Pedro Sande García

 

Hace muchos años, en el siglo pasado, los suficientes para que estas palabras parezcan las batallitas de un abuelo, los señores se cubrían la cabeza con un sombrero. Aquellos señores, y resalto lo de señores, cuando paseaban, ahora quedan pocos señores y pocos paseantes, y se cruzaban con alguien conocido, su saludo consistía en una o dos palabras legibles y un leve gesto con el que elevaban el sombrero sobre sus cabezas. Hoy, en pleno siglo XXI, cuando los señores están extinguiéndose, en vez de sombrero se usan gorras que se ponen al revés, empiezo a creer que lo que está al revés es la cabeza, y no se quitan bajo ninguna circunstancia, ni siquiera al saludar o al comer.

También estoy empezando a creer que hay quien duerme con ellas puestas, en el caso dedormir boca arriba no les quedará otro remedio que poner la cabeza al revés.

Se preguntaran ustedes que tiene que ver el exterior de nuestra cabeza, y la forma de vestirla, con el título de este artículo. Es el interior el que si tiene una relación directa, aunque la forma de vestir nuestro cráneo también tiene mucho que ver. Si hacen ustedes un repaso a muchos de los estilismos que hoy en día atormentan nuestra vista descubrirán la relación con el título de este artículo. He utilizado el caso de los sombreros y de las gorras ya que me ha parecido que es un ejemplo representativo de la pendiente por la que el ser humano va rodando hacia un mundo donde lo vulgar es lo predominante.

Termino el apartado de sombreros y gorras haciéndoles una recomendación, vean una escena de los Soprano donde su protagonista, Toni Soprano, se encuentra en un restaurante y le pide educadamente a un «facchino«, calificativo que el utiliza de forma peyorativa, que se quite la gorra mientras come.

Es difícil datar en qué momento lo inmediato comenzó a sustituir a lo reflexivo, cuando la impaciencia destruyó a la paciencia, cuando dejamos de alimentarnos y empezamos solo a ingerir y cuando el corto plazo y la cultura de la inmediatez eliminaron de nuestras vidas el verbo raciocinar. Creo que ha ido ocurriendo de la misma manera que lo hacen las especies invasoras, como el alga caulerpa que con sigilo va conquistando el suelo marino y eliminando todo rastro de cordura.

Poco a poco la racionalidad ha ido desapareciendo y abriendo paso a lo mediocre y a los mediocres.
¿Qué ocurre en estas circunstancias con el pensamiento y con las ideas? no ocurre nada, los cerebros han dejado de funcionar y se comportan como la sala de máquinas de un autómata. El tiempo ha sido el aliado de esta evolución, un día tras otro, las neuronas se van secando hasta convertir al cerebro en una masa inerte y es cuando los individuos dejan de pensar y empiezan a adorar a los parlanchines, a los populistas, a los trileros y a los mentirosos. Es cuando la discrepancia deja de ser una fuente de enriquecimiento y se convierte en la disculpa que tienen los mediocres para insultar. Los mediocres son como una plaga bíblica que van ocupando los puestos más destacables en la política, en la economía, en los medios de comunicación y hasta en el deporte. Sus discursos vacíos de contenido y vacíos de reflexión inundan las redes sociales. Lo irreflexivo y lo grotesco van conquistando nuestra forma de vida. Lo inmediato se convierte en una droga que destruye el pensamiento. Es algo que no ocurre solo en los momentos en los que es necesario un ejercicio de reflexión, se ha convertido en parte de los actos cotidianos de nuestras vidas.

Les voy a poner algunos ejemplos. Empezaré por los aeropuertos, un lugar donde dedico mucho tiempo a la observación, allí la ansiedad siempre recorre el rostro de los pasajeros antes de entrar en el avión o en el momento de desembarcar. Y no ocurre porque se esté produciendo un incendio o un grupo de secuestradores tenga retenido al avión. La única explicación que encuentro es la de un comportamiento irracional por llegar el primero. En algunos casos este comportamiento está motivado por el objetivo de la compañía aérea de reducir los tiempos. He cronometrado 40 segundos con todo el pasaje apelotonado
entrando en el avión, durante los cuales el sobrecargo, sin respirar, recita en varios idiomas una serie de instrucciones a las que nadie atiende.

Otro ejemplo cotidiano ocurre en las cajas de los supermercados, momento en el parece que todo el mundo va a perder el tren más importante de su vida, que locura, que estrés. En muchos casos he observado, aquí también ejercito esta actividad, como se acaba poniendo el bote de detergente encima de los huevos y la bolsa de naranjas apechugando a las frambuesas. Les propongo un ejercicio, realicen el embolsado a una velocidad de crucero adecuada pero sin mostrar cara de angustia. Lo practico siempre que voy a la compra, he decidido no mirar a los clientes que me acompañan, si lo hiciera acabarían con mis nervios y con los huevos batidos y mezclados con puré de frambuesa.

Un último ejemplo, estoy seguro que a ustedes se les ocurren muchos más, es el de la comida, mejor dicho el de la forma de alimentarnos. Todo empezó con esas dos horribles palabras del «fast food», creo que la razón de no decir «comida rápida» también tiene que ver con lo mediocre, continuó con la lamentable comida industrializada y ahora nos encontramos en el momento de los que se comen un chuletón bañado en oro, que es igual de hortera que si lo hicieran con unas judías verdes. Desde aquí un grito de libertad defendiendo que cada uno se coma lo que quiera, donde quiera y como quiera.

Les parecerá que los ejemplos que les he citado son anécdotas y no son reflejo del mundo en el que vivimos, es posible que el pesimismo sea parte de mi existencia, pero cuando observo lo que me rodea veo como lo inmediato nos ha conquistado siendo lo único que parece válido. La inmediatez, enemiga de lo racional y de lo reflexivo, conduce sin remedio a la mediocridad. Solo recuperando el sosiego impediremos que tengamos que poner nuestras cabezas al revés.

Cuídense mucho.

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