Semana de oración por la unidad de los cristianos

José Carlos Enríquez Díaz

La Iglesia celebra la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos del 18 al 25 de enero de 2023 este año con el lema, «Haz el bien; busca la justicia» (cf. Is 1,17).

Los obispos de la Subcomisión para las relaciones interconfesionales y diálogo Interreligioso recuerdan en su mensaje para esta Semana que el mandato de Jesús de que “seamos uno para que el mundo crea” (cf. Jn 17, 21).

En consonancia con el texto de Isaías, orar por la unidad de los cristianos debe ir acompañado de un compromiso común para afrontar los desafíos de la injusticia y escuchar los gritos de los que sufren por cualquier causa. El trabajo común que se viene realizando entre las Iglesias es un signo de esperanza para la humanidad.

Recuerdo muy bien la grata experiencia que he tenido en donde católicos y evangélicos de la diócesis participamos en ayudas a refugiados políticos rusos y armenios. Los evangélicos aportaron un piso de acogida y algunos de los sacerdotes de la diócesis participaron con alimentos. Hoy todos los que vivieron en esa casa están reintegrados socialmente. He visto lágrimas gruesas de personas sexagenarias que llegaron enfermas y sin saber hablar nuestro idioma, pero que hoy en día, gracias a un verdadero ecumenismo, están viviendo dignamente. Recuerdo también la experiencia de que en esa casa compartíamos oración y meditación de la Palabra. No solamente se compartía alimento para el cuerpo, sino también para el Espíritu.

Es bueno que las religiones y las confesiones cristianas sean distintas, pero no para enfrentarse y condenarse, sino para iluminarse y ayudarse mutuamente, enriqueciéndose así unas a las otras.

La unidad de los cristianos es la comunión de por la palabra, el diálogo de cada iglesia con otras iglesias, buscando cada una el bien de las demás antes que el propio. Por eso, una iglesia que utilizara algún poder para imponer o expandir su pretendida verdad dejaría de ser cristiana. La verdad solo es «verdadera» allí donde no apela a su verdad, donde no toma ni impone ningún tipo de ventaja (cf. Mt 12, 18-21).Por eso, si los cristianos buscaran el triunfo de su iglesia como institución dejarían de ser evangélicos y la iglesia no sería ya cristiana. 

Jn 14,1-6. En la casa de mi Padre hay muchas moradas, esto es, muchos caminos. Todos los creyentes tendían a lo mismo  y tenían todas las cosas en común (Hech 2,44). La multitud de los creyentes tenía un corazón y un alma sola; y nadie llamaba suyo aquello que tenía, sino que todo lo tenían en común (Hech 4,32).

Hay formas distintas de vida, pero todas se vinculan en Cristo. Hay grupos diferentes, culturas, sexos… Pero ninguno por encima de los otros, pues todos pueden “comulgar” (reconocerse y ayudarse mutuamente en Cristo”)  Ya no hay más judío ni griego, ya no hay más siervo ni libre,

Ya no hay más varón ni hembra; todos vosotros sois uno en el Cristo Jesús (Gal 3,28).

Este es el milagro cristiano, esta  es la novedad del evangelio: que todos los hombres y mujeres de la tierra pueden compartir y comparten desde Dios, en Cristo, unos caminos de esperanza, una experiencia radical de amor. Unos y otros, hombres y mujeres se distinguen y separan de múltiples manera, pero todos se vinculan en lo mismo, porque el Espíritu es unión y así suscita la unidad de los creyentes separados (1 Cor 12,7-11). Como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, así también el Cristo. Porque todos nosotros hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, ya seamos judíos o griegos, siervos o libres; y todos hemos bebido un mismo Espíritu (1 Cor 12,12-14).

Ésta es la comunión en el amor, el amor que a todo vincula, por encima (a través de) las diferencias externas de las Iglesias:   Para que todos sean Uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti,

Para que también ellos sean uno y el mundo conozca que tú me has enviado.

Para que sean uno, como nosotros somos uno, yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad (Jn 17, 21-23).

“La lengua materna de Europa es el cristianismo”, dijo el gran escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe. Por el momento, la “lengua materna” de que hablaba Goethe se ha reducido, en Europa, a un susurro apenas perceptible. En su lugar, se puede oír, cada vez más poderosa, la “lengua islámica”. Mientras crece el número de mezquitas, unas iglesias cierran por falta de uso y otras son atacadas o profanadas. En el país galo hay 45.000 iglesias, de las cuales 10.000 están en peligro de ser destruidas. Numerosos templos cierran, por falta de culto, y son derruidos para construir parkings o supermercados en su lugar. El 12,4% de los habitantes de Londres es musulmán y la población islámica creció de 1,5 millones en 2001 a 2,7 en 2011.

La actual Europa se está hundiendo por las mismas causas que provocaron la caída del antiguo Imperio Romano: por la pérdida de los grandes valores, la descomposición de la familia y el descenso de la natalidad. El Imperio Romano llegó a ser una organización admirada y estable durante muchos siglos, pero, como ocurre con la Europa actual, sus políticos lo llevaron a la ruina y la pérdida de valores hizo posible su hundimiento.

El ecumenismo acontece dándose testimonio de la propia riqueza, para aprender así unos de otros. Todavía nos conocemos demasiado poco y por eso nos amamos demasiado poco.

Así también el dialogo ecuménico sirve en sentido análogo a lo que Pablo dice: “Cuando os reunáis que cada uno aporte algo” (1 Cor 14,26)

Los católicos pueden aprender de los hermanos evangélicos sobre la importancia de la Palabra de Dios, la lectura y la exégesis de la Sagrada Escritura; los evangélicos, por su parte, pueden aprender de los católicos la importancia de los símbolos y celebraciones litúrgicas.

¡Seamos una bendición unos para los otros!

 

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