Semana de oración por la Unidad-No estamos llamados a ser críticos y severos y crueles

José Carlos Enríquez Díaz

Un cristiano de fundamento deja de serlo en el momento en que se hace fundamentalista, en el sentido estrecho. Un cristiano que no ama a los “enemigos” (a los distintos), queriendo imponerles su verdad, deja de ser cristiano. Por eso, es necesario que el cristiano vaya a su fundamento, sabiendo que su religión es la verdadera en la medida en que él está dispuesto a dar su vida por los otros (para que todos tengan vida), como muestra el símbolo-dogma de Cristo.

Con cierta frecuencia, los «anti-fundamentalistas» suelen ser fundamentalistas de otro tipo (en otra línea). Lo más parecido a un fundamentalismo de derechas es uno de izquierdas (valga esa terminología), lo más parecido a un fundamentalista musulmán es uno cristiano. El fundamentalista suele fijarse en aspectos marginales de la propia religión (y de la ajena). Por el contrario, el que busca y pone de relieve lo fundamental (lo sagrado/divino, el valor trascendente de la vida humana, la comunión entre todos los seres humanos…) puede siempre dialogar y dialoga en paz con los creyentes de otras religiones.

El criterio básico del diálogo es la dignidad humana. La verdadera humanidad es el presupuesto de una verdadera religión. Una religión es verdadera y buena si sirve a la humanidad. Una religión es falsa y mala en la medida que fomente una inhumanidad.

El verdadero Espíritu de Jesús se transparenta en la teoría y en la praxis. El diálogo supone un cambio en nosotros, en nuestras preguntas, en nuestra concepción del mundo y de Dios.  El diálogo lleva a una mutua transformación, enriquecimiento y compenetración. Por eso a través del diálogo se va iluminando una especie de exposición de cada religión a la luz de las otras grandes religiones.

El diálogo lleva así una nueva profundización de lo propio y logra ( o intenta lograr) que las religiones pongan en práctica  sus programas e intenciones fundamentales siendo signos de paz y reconciliación en el mundo.

La increencia en Dios, el ateísmo, es hoy el gran problema religioso. No solo niega a Cristo sino, sobre todo, niega a Dios. Ante un adversario común tan importante como es el ateísmo, todos los cristianos de todas las confesiones cristianas debemos coincidir en la afirmación de la Fe en Dios y en Cristo.

La secularización de la cultura actual hace estragos en la Fe cristiana. De ahí la necesidad de orar por la unidad de los cristianos, que conservan la Fe.

El Espíritu Santo se dignó manifestarse en las lenguas de todos los pueblos para que el que se mantiene en la unidad de la Iglesia, que habla en todos los idiomas, comprenda que posee el Espíritu. Un solo cuerpo –dice el apóstol Pablo-; un solo cuerpo y un solo Espíritu.

Las funciones de los miembros son diferentes, pero un único espíritu unifica todo. Muchas son las órdenes, muchas las acciones, pero uno solo quien da órdenes y uno solo al que se le obedece. Lo que es nuestro espíritu, esto es, nuestra alma, respecto a nuestros miembros, eso mismo es el Espíritu Santo respecto a los miembros de Cristo, al cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Centrémonos, pues  la atención en nuestro cuerpo y lamentémonos de los que se desgajan de la Iglesia. Cada uno de nuestros miembros realiza sus funciones mientras estamos con vida, mientras nos mantenemos sanos; si uno sufre por cualquier causa, todos los miembros sufren con él. En estos tiempos que corren tan difíciles, de crisis económica y desgarro moral de la sociedad. Es cuando los creyentes tenemos la obligación de poner en práctica nuestra fe. Demostrando al mundo, que somos cristianos y que nuestro fondo espiritual, proviene de lo sobrenatural. Somos personas, cuya fe y creencias heredada de nuestros mayores, representa un todo, en nuestras vidas. Somos gente, que nos movemos entre todos los demás, pero tenemos un carácter que nos hace especiales y diferentes.

Si tan solo pudiéramos juntarnos entonces seríamos una poderosa iglesia de nuevo. El problema es que estamos tan fragmentados, estamos tan divididos, tan rotos. Desde nuestra desunión no tenemos nada que decirle al mundo, por lo tanto la iglesia vive en debilidad y es despreciada por nuestra sociedad. Nuestra necesidad, por lo tanto, sobre todas las demás necesidades, es unificarnos. Hay poder en la cantidad, y si podemos conseguir bastantes cristianos juntos podemos influenciar la sociedad.

En estos tiempos que corren tan difíciles, de crisis económica y desgarro moral de la sociedad. Es cuando los creyentes tenemos la obligación de poner en práctica nuestra fe. Demostrando al mundo, que somos cristianos y que nuestro fondo espiritual, proviene de lo sobrenatural. Somos gente, que nos movemos entre todos los demás, pero tenemos un carácter que nos hace especiales y diferentes.

Creemos en Jesús resucitado. Creemos en que la labor de apostolado, es pieza clave, para que esta sociedad de corrupciones a todos los niveles, mejore con el ejemplo y las enseñanzas de nuestro Señor. Hay muchas personas, más de las que imaginamos, cuyas creencias les están ayudando mucho, para vivir, en estos días tan duros y penosos.

No estamos llamados a ser críticos y severos y crueles, sino a evangelizar en el espíritu de amor y gracia. Y cuando encontramos esta unidad hemos de perdonar y entender, manteniendo estos grandes asuntos fundamentales por encima de todo lo demás, dándole valor a la otra persona.

 

 

 

La Semana de Oración, por tanto, nos invita a reflexionar sobre nuestro compromiso por la unidad, reconociendo que es un don de Dios al que debemos responder con acogida. Acoger su Espíritu, a través de la oración, nos preparará para ir al encuentro y abrirnos a los dones que también tienen los demás. El Evangelio nos empuja a cultivar el arte de crear unidad. “Todos nosotros ya podemos ser artesanos de la unidad, forjando lazos de escucha y amistad dondequiera que nos encontremos” (Carta de Taizé 2022).

 

 

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