El escaparate de los derechos

Antonio Miguel Carmona (director Diario Progresista)

Pueden existir derechos en una sociedad y que no se ejerzan. Derechos que estén negro sobre blanco sobre un papel mojado, una ley o una constitución. Derechos que estén ahí pero que para nada sirven porque no se usan, como en una sociedad dormida.

Reunido con un grupo de mayores, antes llamados ancianos, me decían que a veces se sentían como plantas. Que pudiendo aportar a la sociedad tantas cosas, tanta ciencia y paciencia, ésta no les hacía hueco para poder dar ese valor añadido que les rebosa.

Los jóvenes, mis alumnos y los de todos, no tienen lugar donde ejercer sus derechos y la distancia con las instituciones es cada vez mayor, la sordera de los poderes públicos y la ceguera de la política no nos deja ver que la política, o son ellos, o no será.

Las mujeres son quienes ven sobre en la norma la presunta garantía de la igualdad pero, ciertamente sufren el desprecio del mercado, la precariedad laboral, el arrinconamiento social, la disminución de su renta, el obsceno desprecio del capitalismo.

Los ciudadanos y las ciudadanas sufren viendo sus derechos tras el escaparate de las instituciones. Un enorme cristal, a veces opaco, en el que nos alquilan los derechos en función de un mérito que ellos mismos miden.

Y ahora nos salen los reaccionarios, como quien no quiere la cosa, exigen limitar los derechos y canalizar su uso, como si fueran una carretera o una medicina cuya dosis puede dañar al enfermo, al paciente o al cliente.

Son graves unos hechos en los que las instituciones dan la espalda a las familias y a los sujetos, a los jóvenes y a los mayores, a las mujeres y a los hombres, a los más necesitados y a los que ignoran, que lo que está en una norma les pertenece y que lejos de ser usufructuarios son propietarios de su futuro como lo son de ellos mismos.

Y cuando los propietarios de los derechos salen a la calle a exigirlos, los conservadores tiemblan con el miedo en el cuerpo y usan a veces los poderes del Estado para poder evitar que nadie ose a rompe el escaparate.

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