El segundo asalto al poder de Mario Conde

Federico Quevedo (El confidencial)

Mario solo piensa en una cosa: en el poder”. Así lo describió quien fuera la madre de sus hijos, Lourdes Arroyo (Q.E.P.D.), a uno de los directivos de Antibióticos. Mario Conde siempre ha vivido obsesionado con el poder, y no con cualquier poder, sino con el político y, en concreto, con el poder político que se encierra bajo las cuatro paredes del Palacio de La Moncloa. Dicho de otro modo, él cree que ha nacido para ser presidente del Gobierno de España. Lo intentó una vez, de sobra es conocido, y este post no es el lugar indicado para rememorar todos los pasos que se dieron hasta aquel 18 de diciembre de 1993, día en que se intervino Banesto y él acabó en la cárcel. Sin embargo, sí es interesante recordar que también en aquellos días Conde quiso acabar con el establishment, solo que lo intentó cuando sintió que tenía apoyos suficientes como para acometer la aventura, apoyos muy importantes, algunos incluso en el Palacio de la Zarzuela.

En esos años primeros de la década de los noventa, la España de Felipe González era una mezcla de país convertido en paraíso para los especuladores que se hacía un nombre en el mundo gracias a las Olimpiadas y la Expo de Sevilla, pero que empezaba a acumular graves deficiencias de funcionamiento del sistema y se zambullía en una importante crisis económica. Conde quiso aprovechar la circunstancia de un liderazgo acabado en el PSOE -el de Felipe González- y otro que no terminaba de aposentarse en el PP -el de José María Aznar- para intentar abrirse camino con una especie de tercera vía entre los dos y pescar en ambas orillas, convirtiéndose en una suerte de Berlusconi a la española. Su ambición de poder le hizo descuidar lo más importante, la gestión del banco que presidía, al que hundió literalmente en tres años provocando la intervención y el posterior juicio en el que fue condenado por distintos delitos societarios.

Conde pasó de ser un líder en ascenso a convertirse en un ladrón de guante blanco atrapado en su propia tela de araña, una circunstancia que fue hábilmente aprovechada por González y Aznar, que aunque casi nunca consiguieron entenderse, en esa ocasión lograron un acuerdo que supuso su propia supervivencia. A Conde lo abandonaron todos lo que le habían empujado a la aventura, empezando por el propio Monarca y terminando por el último de sus colaboradores, pero en su espíritu indomable, incluso en los peores años de prisión, siguió creyendo, como un iluminado más, que estaba, que está, llamado a grandes gestas en nombre del pueblo español. Siempre pensé, sin embargo, en los tiempos en los que coincidí con él como tertuliano, que Conde había superado esa fase y que no estaba entre sus pretensiones volver a la primera línea política, intentar de nuevo un segundo asalto al poder; así se lo dije siempre a todo aquel que me preguntó. Es obvio que me equivoqué, y este mismo fin de semana Mario Conde formalizó su candidatura a la Presidencia de la Xunta de Galicia bajo las siglas de Sociedad Civil y Democracia.

La manipulación del descontento

¿Por qué? Es evidente que esa ambición de poder a la que se refería Lourdes Arroyo nunca le ha abandonado. De hecho, Galicia es solo un peldaño de una escalera que él pretende subir hasta la Presidencia del Gobierno. Pero si la primera vez Mario Conde se arrimó a una parte del establishment que alimentó su obsesión, hoy reniega de todos ellos, y desde las siglas de SCyD -por cierto, curiosa analogía con UPyD- se enfrenta al sistema y busca su demolición. Lo cierto es que si un lector curioso se acerca a la ponencia política y al manifiesto programático del nuevo partido que nace este fin de semana, encontrará muchos puntos de coincidencia. Yo lo he hecho, y sin duda no puedo estar más de acuerdo con muchas de las cosas que ahí se proponen: son las mimas que dieron origen al Movimiento 15M y, en definitiva, lo que pretenden es una democracia mejor y una sociedad más justa, objetivos más que loables. El asunto se empieza a tambalear cuando, como ha ocurrido con el Movimiento 15M, se cuestiona el sistema y se pone en entredicho la legitimidad del mismo y de sus resultados.

En el fondo, el mensaje de Conde conecta con esos chicos que el 25S pretendían asaltar el Congreso de los Diputados, aunque él y su partido y quienes les apoyan no defiendan, en apariencia, esas formas (pero las alienten con sus discursos). Verán, me preocupa de manera muy notable la deriva que está adquiriendo todo ese movimiento social que empieza protestando por la subida de impuestos y acaba queriendo echar a patadas del Congreso a sus señorías. Me preocupa porque ese tipo de movimientos aparentemente revolucionarios acaban siempre en modelos totalitarios de organización del poder, cuando no en auténticos fascismos como ocurrió en el periodo de entreguerras. Sólo hace falta alguien con el suficiente verbo, audacia y capacidad de liderazgo como para recoger todo ese sentimiento de descontento con un discurso claramente populista que en tiempos como los actuales conecta de lleno con el sentir de la ciudadanía cuando se ataca directamente a la clase política, para que lo que hoy tiene la apariencia de una cierta anarquía acabe siendo un movimiento organizado.

¿Reúne Mario Conde esas características? Eso habrá que juzgarlo con el tiempo, pero lo cuestionable es que alguien que ha sido condenado por delitos muy graves ahora quiera darnos lecciones de ética a los demás. Claro que también es cierto que entre nuestra clase política hay muchos ejemplos de indignidad que ahí siguen chupando del mismo bote. Por eso es importante lo que una parte de la sociedad, esa parte de la sociedad que quiere mantener vivo el espíritu de la Transición, pide a sus políticos: que se pongan de acuerdo en llevar a cabo esas reformas necesarias para garantizar la limpieza, la transparencia, la eficiencia, la justicia, la equidad, la solidaridad y el buen funcionamiento de nuestro sistema y de sus instituciones. Si no, apuestas como la de Mario Conde triunfarán sin que a estas alturas seamos capaces de adivinar hacia dónde pueden conducirnos

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