El Partido partido

Gabriel Elorriaga Fernández (diario crítico)

Al PSOE se le van cayendo letras de sus siglas de forma alarmante. Primero fue la O de obrero la que se iba difuminando, en la medida que sus cuadros se rellenaban de lo que llamaríamos, en el viejo lenguaje marxista, pequeños burgueses o aspirantes a serlo. Se fue transformando en un partido de «progres», es decir más «progretario» que proletario en el que pesaban más las manías de los snobs progresistas que las reivindicaciones laborales de Pablo Iglesias. El «progretariado» ha ido sustituyendo a la clase obrera por una corte de artistas de la cultureta, profesores de poca vocación docente, economistas de tres al cuarto y comisionistas del tráfico de influencias. Fue adquiriendo las podredumbres de un partido posibilista y olvidando los ideales, más o menos utópicos, que hacían flotar al viento sus banderas revolucionarias.

Esta desnaturalización de la O se ha contagiado a la E, favoreciendo su aproximación o complicidad hacia los pequeños burgueses regionales que aspiran preferentemente al monopolio del poder político local antes que a la justicia social y las condiciones de vida de los trabajadores. Así se pudo ver al candidato socialista en Cataluña, Pere Navarro, promoviendo la abstención en el «Parlament» catalán, facilitando el paso a la loca agenda secesionista de Artur Mas y agitando una bandera federalista tan fuera de la Constitución vigente como puede estar el sueño autodeterminista de Mas. Caída la O obrera, le sigue la E española. La abstención entre dos programas de gobierno o entre dos líderes puede justificarse desde una tercera posición programática o una tercera candidatura. Pero la abstención ante un tema que afecta a la unidad nacional, es decir, a la supervivencia de España, es una forma de consentimiento tácito a la desintegración del Estado. Supone, además, el olvido de los intereses inmediatos de la clase obrera residente en Cataluña, procedente de todas las regiones de España, y el intento de desviar las preocupaciones de un electorado que pasa por tiempos difíciles hacia un artificioso federalismo que, en vez de unir a lo que estaba separado, toma el camino de dividir lo que está unido con una hipótesis problemática indefinida.

El alma del partido socialista está partida. Solo queda P.S., sin obrerismo ni españolismo. Un espantajo ideológico que fluctúa en tierra de nadie, tan lejos del patriotismo internacional del proletariado como del patriotismo ancestral de los españoles, tratando de acomodarse a las tendencias centrífugas del patrioterismo de terruño propio de separatistas y terratenientes. Hace bien poco, el PSOE tenía presidentes de su color en Cataluña y el País Vasco que, aunque producto de pactos dudosos, daban una imagen más importante y consecuente que la que pueden dar como complementos residuales de los nacionalismos. Pero el «progretariado» tiene esas contradicciones traicioneras: entremezclarse con los pequeños objetivos de los burgueses egoístas y olvidar los grandes problemas de los trabajadores y la estabilidad institucional de una España europea. De aquella vieja polémica entre europeización y casticismo, ellos han preferido el casticismo localista que les permita jugar en la cantera local sin la O ni la E. Al nivel pintoresco de los equipos de boina y barretina.

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