La gracia y desgracia de poner nombres a las cosas

Amando de Miguel

Imploraba Juan Ramón Jiménez: «Naturaleza, dame el nombre exacto de las cosas». Por pedir que no quede, pero las cosas suelen designarse de distintas formas. Esa es la gracia del idioma.En este rinconcillo hay muestras para dar y tomar.

J. R. Iturri me dice que en Puerto Rico los pantalones tejanos se designan como mahones. Muy acertada la denominación. El mahón era una tela fuerte de color azul intenso que se utilizaba para los monos de trabajo por ser muy sufrida. Supongo que se fabricaba en la isla de Menorca. José Antonio Primo de Rivera eligió el azul mahón para el uniforme de los falangistas precisamente por su asociación con la ropa de trabajo.

José María Navia-Osorio me recuerda la constante de algunos dictadores de etiquetar su democracia para dar a entender que es la auténtica. Por ejemplo, Hugo Banzer hablaba de la «democracia generalizada» (quizá porque había un general al frente del Gobierno). Añado que Chávez se refiere a su régimen venezolano como «democracia bolivariana». Sin ir más lejos, aquí hemos tenido que soportar la larga cuarentena franquista de la «democracia orgánica». Las dictaduras comunistas gustaban de aplicarse el título de «democracias populares». Hay muchos más adjetivos que se pueden añadir a la pobre democracia: formal, representativa, asamblearia, directa, etc. Lo mejor es dejar democracia a secas, un ideal más que una realidad histórica.

Íñigo Benjumea ridiculiza esa manía de añadir «como no podía ser de otra manera» a acciones que sí podrían ser de otra manera. Ya lo hemos comentado aquí, pero la manía es ya epidemia. Añade don Íñigo otra muletilla que se oye mucho: «No hay vuelta de hoja». Es un buen ejemplo del lenguaje asertivo que se suele prodigar en las tertulias y en las conversaciones coloquiales. Quiere decir que no hay ninguna duda del hecho o el argumento que se aduce. Don Íñigo sostiene que la expresión se refiere a la letra pequeña que se escribe a la vuelta de la hoja en algunos contratos, por ejemplo, en el de las mal llamadas preferentes. Me convence esa explicación.

Un coloquialismo que me estraga es el de «poner encima de la mesa». No hay tertulia ni debate en el que esté ausente esa acción tan tonta de poner una propuesta encima de la mesa. No estaría bien visto que se deslizara debajo de la mesa. Añádase otra muletilla: «Estamos hablando». Todavía otra: «Dicho lo cual». Son los rudimentos del tertulianés.

La ventaja de aducir esas frases hechas es que dan más tiempo para pensar. Por lo mismo, un buen debate o una discusión informada suele espolvorear los argumentos con algunas palabras que son como comodines, pues valen lo que se quiera. Recuerdo algunas más manoseadas en el lenguaje semiculto: ámbito, apuesta, entorno, sinergias, contundente. Manejadas con soltura producen frases rotundas.

Cuando se quiere impresionar al interlocutor, al lector o al oyente se recurre a la metáfora. Me he referido algunas veces a la imaginación metafórica del español que gusta de discutir, convencer e impresionar. Una ilustración podría ser el recurso de acudir a metáforas que tienen que ver con el cuerpo humano; suelen aportar un tinte dramático en cualquier discusión. Algunos ejemplos: a flor de piel, respirar por la herida, el corazón en un puño, con el corazón en la boca, hacer de tripas corazón, comer el coco, ponérselos de corbata (los dídimos), no tener pelos en la lengua, sacar pecho, tener un morro que se lo pisa, tener más cara que espalda, estar mano sobre mano, no dar el brazo a torcer… Hay muchos más. La idea es que la alusión al cuerpo humano ayuda a convencer al auditorio.

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