Lecciones de un debate sobre el estado del Estado

Amando de MiguelAmando de Miguel

Se anuncia pomposamente todos los años como el gran debate sobre el estado de la nación, pero no es tal cosa. La nación no aparece por casi ningún lado. En el mejor de los casos se trata de un debate sobre el estado del Estado, o mejor, sobre el estado de los que mandan. En su día fue una copia del Debate sobre el Estado de la Unión que se hace todos los años en los Estados Unidos. Pero allí se basa en un informe que el presidente presenta en el Congreso y que es discutido por los representantes del pueblo. Aquí no hay tal informe ni cosa que se le parezca. Es más, basta que haya una preocupación general en la opinión para que no aparezca en los discursos. Por ejemplo, el desprestigio que experimenta ahora la Monarquía.

Pero el tal debate y sus consiguientes comentarios nos pueden servir para deleitarnos con las excelencias del politiqués y del tertulianés. Aduzco solo unas pocas ilustraciones por razones de espacio. Valga la alegría con la que los hombres públicos utilizan la palabra exponencial. No se atiene a su definición técnica (= multiplicación constante por un esponente) sino que equivale a grande, expresivo, sorprendente. Otro cientifismo mal empleado es parámetros, que gusta mucho a nuestros padres de la Patria. No se sabe qué quiere decir: niveles, variables, criterios y otras muchas cosas. Esa indefinición es su mayor valor.

Resultaría cansino el comentario sobre esa muletilla de «todos y todas, ciudadanos y ciudadanas», etc. Es un signo de la verdadera izquierda. Lo que pasa es que no suele ser coherente. Es raro que se aplique a todos los casos. Por ejemplo, no se dice nunca «parados y paradas».

Es manifiesta la influencia de la jerga economicista en el lenguaje de los políticos y comentaristas. Por ejemplo, «a largo». Supongo que es una apócope de «a largo plazo», pero eso no resuelve la comprensión. No hay forma de saber cuánto mide un plazo largo, o corto o medio.

En el debate que digo y en los comentarios que siguieron se oyó mucho lo de «ciudadanos españoles». Me pregunto quiénes serán los ciudadanos no españoles cuando nos referimos a España.

Como era de esperar, avanza mucho el esfuerzo para emitir vocablos largos, los que aquí hemos llamado, con ironía, sesquipedalismos. Por ejemplo, indublitablemente, reforzamiento, aseguramiento.

No quisiera reducir mi croniquilla a casos particulares, pero no puedo resistir la tentación de dejar constancia de la muletilla de Rubalcaba: «Le voy a decir», «le diré, le digo», «déjeme que le diga». Son expresiones comunes en inglés, pero que chirrían en español. Por su parte, Rajoy, también se contagió del inglés y nos clavó por dos veces lo de eslogans. Habría quedado mejor eslóganes.

Anoto una palabra comodín: potente. Su función es parecida a la de contundente.

 

 

 

 

 

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